Entrevista de Simone Barcelli a Yuri Leveratto
Revista mensual Hera (Italia), de noviembre 2009
Hace algunos meses, Yuri Leveratto, en el número 109 de Hera, nos había ilustrado acerca de la misteriosa cultura Guane, una población precolombina de piel blanca que quizás hablaba una lengua desconocida y cuyos orígenes, al igual que el de otros pueblos, es aún hoy objeto de fuertes debates. Entre tanto, Yuri se interesó en otros lugares, llevando a cabo increíbles exploraciones. Por esta razón, contactamos al ecléctico genovés, quien vive en Colombia, para saber más de todo eso.
Yuri, aquí en Italia nos mantenemos informados de lo que haces gracias a las valiosas actualizaciones que efectúas regularmente en tu sitio web . De alguna manera, tu figura nos recuerda la de los primeros aventureros, cuando aún la arqueología no podía definirse como tal, en completo contraste con la de muchos estudiosos de hoy, acostumbrados a “investigar” quedándose cómodamente sentados. ¿No crees estar algo así como por fuera del tiempo? ¿Qué te impulsa, esencialmente, a emprender estas expediciones a los confines del mundo?
Aquí en Suramérica hay todavía mucho por descubrir. Los territorios son muy extensos y por lo general inexplorados (arqueológicamente hablando). Estoy seguro de que la verdadera Historia del Nuevo Mundo tiene mucho aún por escribirse: no se sabe con certeza cuándo fue edificada Tiwanacu y tampoco cuándo y cómo exactamente se construyó Sacsayhuaman. Las zonas “vírgenes” son demasiadas y todas muy interesantes, sólo se necesita ir a descubrirlas, respetando siempre a las poblaciones nativas, a los animales y al ambiente. En mi opinión, sólo con la experiencia en el campo se logra acercarse a la verdad, o al menos abrir nuevos caminos en los que posteriormente puedan profundizar estudiosos especializados. Como sostuvo el arqueólogo J.C. Tello, creo que el origen de las culturas andinas tiene que buscarse también en la Amazonía. De otra parte, las conclusiones de Betty Meggers y Michael Heckenberger comprobaron que la cerámica más antigua de América (junto a la de Valdivia, Ecuador) proviene justamente de la Amazonía (sitio de Mina) y que se remonta a más de 3000 años antes de Cristo.
Entre tus notables expediciones, se encuentran, si no estoy mal, la de la jungla del Madre de Dios, con las pirámides de Pantiacolla y la del valle de Quiaca, con los petroglifos de una antigua civilización preincaica. Quisiera que les contaras brevemente sobre ellas a los lectores de Hera.
Las pirámides de Pantiacolla son lugares míticos sobre los cuales se ha fantaseado mucho, quizá demasiado. Se ha dicho de todo, hasta que fueron construidas por los habitantes de Atlántida. Mi acercamiento es probabilístico, o bien, no descarto ninguna hipótesis sino que las considero todas, analizándolas sin dejarme llevar por el entusiasmo. El viaje hasta la cima de una pirámide (la Cumbre del Cóndor, como la bautizamos), sirvió para arrojar luz sobre un mito que se había formado desde 1975, cuando se fotografiaron las pirámides desde un satélite de los Estados Unidos. Verifiqué, al menos refiriéndome a la pirámide que escalé, que se trata de una extraña formación natural. En efecto, bajo una capa vegetal de aproximadamente 40 cm hay un núcleo de arena dura, aunque desmenuzable. En la zona no hay ningún signo de presencia humana arcaica ni evidencias arqueológicas como piedras elaboradas o restos de construcciones. En el río Inchipato hallamos (a aproximadamente un día de camino de las pirámides), algunos petroglifos de cultura amazónica, pero ningún signo que pueda remontarse a las civilizaciones andinas o antediluvianas.
En cuanto a los petroglifos de Quiaca, opino que son muy importantes, aunque, por desgracia, desvalorados, y se puede decir que son signos atribuibles a culturas amazónicas. En particular hay dos “rostros” muy similares a los de Pusharo (petroglifos situados al interior de la zona intangible, o sea cerrada, del Parque Nacional del Manu, a 8 kilómetros en línea recta de las pirámides de Pantiacolla).
Formulé la hipótesis de que fue la misma cultura amazónica, que algunos investigadores llaman Mojos, la que los grabó en la roca justamente para “marcar el territorio”, como símbolo de su largo viaje hacia la sierra.
En el camino de regreso de la expedición a las pirámides, te topaste con un extraordinario animal cuyas características estaban entre las de un reptil y un ave.
En realidad, era un hoazín (en Perú se le llama chancho, exactamente como se le dice al marrano, porque esta extraña ave tiene un olor desagradable). Es muy arcaica, puesto que de cierta manera es una de las aves más antiguas que existen actualmente.
Es la única ave “rumiante”, es decir, que vomita y luego traga nuevamente el alimento, lo cual es el motivo de su repugnante olor. Además, tiene extrañas garras en las alas con las que se trepa a los árboles. En el Parque del Manu hay muchísimos fósiles vivientes, como armadillos, osos hormigueros, perezosos, tortugas arcaicas, los cuales, no obstante, lograron sobrevivir a la presión de los más modernos jaguares, osos, cóndores y harpías.
En cuanto a los petroglifos de Quiaca, desarrollaste la hipótesis de que sus autores pueden ser los mismos que grabaron los rostros de Pusharo, a unos 300 km de distancia. Por tanto, se trata de gente de la selva amazónica que, en un lejano pasado, se desplazó para llegar a las llanuras. ¿Estaba huyendo tal vez de algo o de alguien?
No creo, pues pienso que la Amazonía, justo después del diluvio, o bien, del fin de la era glacial (hace 11500 años), no tenía un clima tan húmedo y los nativos podían moverse con más facilidad que ahora, dado que la vegetación no era tan densa e intricada.
Creo que viajaron hacia la sierra con el fin de intercambiar productos como coca, ayahuasca, oro, plumas de ave, con otros para ellos desconocidos, como quinua y quihuicha (cereales), maca (poderoso nutriente que todavía hoy se usa) y camélidos andinos. Algunos de ellos se quedaron en el altiplano andino, ya que se comprobó que los Uros del lago Titicaca hablan Arawak, es decir, una lengua amazónica.
Eres un espíritu inquieto y esto lo hemos comprendido bien. Apuesto a que ya programaste una próxima expedición…
Sí. De hecho, estamos organizando una expedición a gran escala en la zona protegida del Manu para agosto del 2010. Digo “estamos” porque somos un grupo de 5 personas (dos italianos, un arqueólogo estadounidense y dos peruanos), todas interesadas en la posibilidad de encontrar otros restos de antiguas culturas (amazónicas o andinas) en una de las regiones más remotas e inaccesibles de Suramérica, el Parque Nacional del Manu, precisamente.
“1542. Los primeros navegantes del Río Amazonas” es el título de tu último libro, el cual se encuentra ya disponible en lulu.com y que salió con poca distancia de aquel del año pasado, “En busca de El Dorado” (Infinito Edizioni): es evidente que un hilo conductor te está conduciendo desde hace rato tras las huellas de uno de los mitos más fascinantes. ¿Estás buscando tal vez la ciudad subterránea de Paititi?
En el libro “1542. Los primeros navegantes del Río Amazonas” quise narrar la gesta del primer europeo que recorrió el gran río, Francisco de Orellana, e intenté arrojar luz sobre la leyenda de las Amazonas, que en mi opinión fue verdadera. Además, en la segunda parte describí mi viaje a lo largo del Río Amazonas, intentando comprender y analizar las condiciones de vida de los pueblos amazónicos por desgracia amenazados por una persistente carrera hacia el llamado “progreso”. Efectivamente, todavía se sigue deforestando y amenazando el ecosistema ambiental.
En cuanto a Paititi, no niego que me fascina la posibilidad de revelar uno de los más grandes misterios de todos los tiempos. Que haya existido como lugar donde los Incas escondieron oro y antiguos conocimientos es casi una certeza: incluso el descubrimiento del arqueólogo Mario Polia lo confirma. La pregunta es dónde se construyó y sobre todo, cuándo y por quién fue saqueado.
Sin embargo, no es para nada cierto que el lugar donde se ocultan las ruinas de Paititi esté en la zona del Parque Nacional del Manu. Algunos investigadores peruanos que basaron sus investigaciones en algunos textos escritos después de la conquista española, piensan que Paititi tiene que estar localizado más al sudeste del Manu, en el valle del Río Huari Huari (cuya fuente es justamente el Río Quiaca y que luego se llama Río Iñabari).
En todo caso, la posibilidad de encontrar restos de antiguas culturas, sean ellas amazónicas o andinas, es muy interesante, tanto para arrojar luz sobre la verdadera historia del Nuevo Mundo, como también para valorar zonas maravillosas que pronto podrían ser destruidas por la ciega avanzada “civilizadora” de nuestra época. |