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Mi viaje hacia La Paz comenzó en Foz de Iguazú, en Brasil. Después de haber visitado las maravillosas cascadas del Río Iguazú (afluente del Paraná), tanto en la parte brasilera como en la argentina, decidí irme de Brasil para entrar en Paraguay.
Después de haber efectuado los trámites de salida de Brasil, caminé a lo largo del alto puente del Río Paraná. Frente a mí estaba la Ciudad del Este, mientras que a mis espaldas se encontraba Brasil, el gigante.
Me emocioné un poco dejando a Brasil, país que se me metió en la sangre, en los huesos, a partir de mi primer viaje a la Amazonía, en el lejano 1989.
Entrando a Paraguay me di cuenta de inmediato de que la economía de Ciudad del Este está basada en varios centros comerciales donde se vende de todo a bajo precio, especialmente artículos electrónicos provenientes de China. Además, hay muchas casas de juego donde los turistas brasileros tientan a la fortuna.
Apenas entré en un mini mercado, me di cuenta de la diferencia de precios respecto a Brasil. Ya el coloso de Suramérica se convirtió en un país caro, casi como Europa, mientras que en Paraguay, cuya moneda es el guaraní, los precios son todavía bajos, como en Perú o Colombia (exceptuando los taxis, costosos como en Brasil).
Al día siguiente proseguí el viaje hacia la capital de Paraguay, Asunción. Es un viaje en autobús cuya duración no es particularmente larga (unas 6 horas), pero la desesperante música paraguaya, que suena siempre a todo volumen dentro del bus, no hizo del trayecto algo especialmente agradable.
Llegué a Asunción en una tórrida tarde dominical. El centro de la ciudad estaba completamente desierto y no había un alma viva alrededor. Anduve en vano durante una hora bajo el sol ardiente, pero al fin logré encontrar un hotel cercano al viejo puerto del Río Paraguay. El termómetro fijaba 44 grados y la humedad estaba próxima al 100%.
El hotel donde me alojé tenía un estilo colonial decadente, con grandes lámparas polvorientas y pesados tapetes persas. En el atrio, al lado de un gran espejo, había una fotografía gigante de Alfredo Stroessner, el dictador que tuvo sometido al país durante unos 35 años, hasta 1989.
Al otro día, un lunes, el centro de la ciudad estaba animado, con cientos de vendedores de fruta y gaseosa, maní y caramelos, además de limpiabotas, infaltables pregoneros, vendedores de periódicos, cambistas y llamadores de buses y rebuscadores, es decir, oficios propios de Suramérica con los cuales se gana el jornal de todas las formas posibles.
En varias partes vi indígenas guaraní, algunos mendigando, pero la mayoría vendiendo sus interesantes artesanías.
En las calles, además de los bullosos autobuses urbanos, destartalados, destrozados y herrumbrados, se ven lujosos y deslumbrantes vehículos deportivos japoneses, pero también Porsches y Mercedes. ¿De dónde proviene esta descarada riqueza que contrasta con la impresionante pobreza de la mayoría de la gente?
En realidad, Paraguay, que tiene la antepenúltima renta per cápita más baja del continente (delante de Bolivia y Guayana, al extremo de la fila), es un país de fuertes contrastes. Si bien alcanzó la autosuficiencia energética con la construcción de la enorme diga de Itaipú en el Río Paraná, es un país dominado por pocas familias que controlan enormes territorios, destinados a la ganadería o a la agricultura. No tiene hidrocarburos y es por esta razón que la gasolina es cara, lo que repercute, por ejemplo, en el exagerado costo de los taxis.
Paraguay es, por otro lado, el único país suramericano donde incluso la población no indígena habla una lengua indígena (el guaraní). La mayoría de la población es, en efecto, bilingüe, ya que habla guaraní y español.
Al día siguiente decidí continuar el viaje hacia Bolivia. A las 8 de la noche me monté en un destartalado autobús que hace la conexión internacional Asunción-Santa Cruz de la Sierra.
Después de una noche a medio dormir, el autobús (de asientos de cuero artificial y ventanas ajustables) se detuvo al alba, en medio de un inmenso y desolado desierto, para un control de la policía.
Luego, continuamos toda la mañana andando por el Chaco paraguayo, un particular ecosistema que se extiende, además de Paraguay, en Bolivia y en Argentina.
Después de haber atravesado la frontera con Bolivia, continuamos durante 6 horas a lo largo del Chaco boliviano, para llegar finalmente, por la noche, a Santa Cruz.
Santa Cruz es la ciudad más poblada y rica de Bolivia, y es un centro importante tanto en lo que concierne a los hidrocarburos, como en lo que respecta a la ganadería. El centro de la ciudad es agradable, con edificios blancos de estilo colonial y amplios pórticos por donde caminar, comprar e intercambiar unas cuantas palabras con la gente.
En Bolivia, muchos de los habitantes de los tres enormes departamentos amazónicos (Santa Cruz, Beni y Pando) están en desacuerdo con el gobierno central de La Paz, que se está inclinando rápidamente hacia una especie de socialismo andino (o bien, con miras a la vida comunitaria, típica de los antiguos pueblos quechuas y aymaras). Los propietarios de tierras amazónicas no ven con buenos ojos las reformas que podrían aplicarse pronto, como si fueran espadas de Damocles suspendidas sobre sus cabezas.
Pasé un día en Santa Cruz, para descansar después de la larga travesía del Chaco. Al día siguiente viajé a Cochabamba, en un trayecto de aproximadamente nueve horas, recorriendo gran parte de la cuenca amazónica boliviana para llegar, después de pasar por la llamada “ceja de selva”, a los flancos de los Andes.
Cuando el autobús comenzó a subir, trepándose por la cadena montañosa más larga del mundo, me sentí feliz, porque sabía que volvería a ver pronto al altiplano andino, uno de los lugares más hermosos del mundo, con su lago, el Titicaca.
En Cochabamba permanecí sólo una noche, en las cercanías de la estación de autobuses.
Por lo que vi, es una gran ciudad, situada a 2570 metros de altura, lugar de paso de la mayoría de los recorridos a través de las carreteras del país.
Al otro día, continué hacia La Paz. Durante el viaje, de unas ocho horas, se entrevén paisajes estupendos. El autobús avanza lentamente, pasando de los 2570 a los 4000 metros en el altiplano andino. Cuando llegué a las cercanías de El Alto, la periferia de La Paz donde se encuentra también el aeropuerto internacional, vi a lo lejos la poderosa montaña Illimani, de unos 6452 metros de altura sobre el nivel del mar.
Después de una breve parada en El Alto, el autobús prosiguió hacia La Paz, que está situada a 350 metros más abajo, en una cuenca no muy grande.
Descendiendo hacia La Paz, se ven grandes barrios de casitas de fango seco, sin servicios básicos ni agua corriente. Por desgracia, esta situación de degradación urbana se mantiene ya desde hace muchos años y hasta ahora no se ha logrado resolver este problema.
La Paz, que es sede del gobierno y del poder legislativo (el poder judicial tiene sede en la otra capital, Sucre), está situada a 3650 metros de altura, y es, por consiguiente, la capital más alta del mundo.
Después de haberme establecido en un pequeño hotel del centro, inmediatamente di una vuelta por la ciudad, sumergiéndome en los pequeños mercados donde se vende de todo y respirando el aire andino, lleno de música, olores y sabores, como se siente en otras ciudades también, como por ejemplo en Puno y en Cusco. La Paz es realmente el centro de la cultura andina, el ombligo de toda Suramérica.
Bolivia es un país plurinacional, es decir, conformado por varias etnias. La más numerosa es la Colla, pero también hay indígenas de idioma quechua y guaraní.
En La Paz, la etnia dominante es la Colla, grupo indígena de lengua aimara. Las mujeres se reconocen por el típico bombín de estilo inglés y los hombres por el difundido bolo de coca que mantienen en la boca, usado para combatir el malestar causado por la altura y para dar más fuerza.
Caminé por las estrechas calles de la vieja ciudad, en la zona contigua a la Plaza Murillo, donde está el palacio del Gobierno y de la Asamblea Legislativa. Muy bella y característica es la Calle Jaen, con un estilo típico colonial español.
Hablando con la gente, me di cuenta de que hoy Bolivia está experimentando un nuevo rumbo. Después de años de sumisión a los Estados Unidos de América, en el país hoy se trata de encontrar una vía política y económica autónoma. En mi opinión, en Bolivia hay potencialidad para establecer una formación técnica e industrial y para incentivar las producciones agrícolas locales como la quinua, la maca y el maíz, pero si el país entra en la órbita de otro Estado, como lo está haciendo ya, comete el mismo error.
Debe encontrar su camino con sus propias fuerzas, valorando las inmensas riquezas que tiene en cuanto a paisajes, historia y naturaleza, e invirtiendo en su educación, además de promulgar la cultura local que debe ser vista como algo positivo y no como algo perteneciente al pasado.
YURI LEVERATTO
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