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La ciudad perdida de Ingrejil, herencia de la cultura megalítica americana
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La ciudad perdida de Ingrejil, herencia de la cultura megalítica americana

Mi viaje a Ingrejil comenzó en Feira de Santana, una mediana ciudad comercial al interior del Estado de Bahía, en Brasil.
Para hacerse una idea de las distancias, debe tenerse en cuenta que el Estado de Bahía es más grande que Francia. Las calles internas, sobre todo las que conectan el sur del Estado con la capital federal, Brasilia, están en pésimas condiciones. A veces, hay que hacer 3 horas de viaje, en incómodos buses polvorientos sin aire acondicionado, para recorrer 90 kilómetros.
De Feira de Santana llegué a Brumado, después de un viaje de aproximadamente 600 kilómetros en 10 horas. Luego, en un pullman destartalado de estilo años setenta, llegué a Livramento de Nossa Senhora, un hermoso pueblo situado en una inmensa llanura a los pies de la imponente Serra das Almas, una vasta formación montañosa de unos 100 kilómetros de extensión, perteneciente a la Chapada Diamantina.
Dormí en una agradable posada, y al día siguiente me desperté temprano, a las 6 en punto. El cielo estaba terso, si bien después de una media hora el sol ya abrasaba la piel. En esta zona, la temperatura puede superar fácilmente los 40 grados en la sombra al mediodía. A lo lejos percibía una magnífica cascada, agua fresca y pura que proviene del altiplano de la Serra das Almas.
El viaje continuó en moto: recorriendo un carretera destapada de aproximadamente 10 kilómetros se llega al pueblo agreste de Itaguassú. En esta zona se produce principalmente mango y maracuyá, pero también una gran cantidad de jaca, un gran fruto muy similar al del árbol del pan, parecido a la guanábana de Colombia, pero con una dulce y jugosa pulpa amarilla.
En Itaguassú conocí a mi guía, Cosme, un muchacho robusto que conoce muy bien la Serra das Almas.
Partimos de inmediato en su Honda todoterreno, recorriendo un sendero difícil y estrecho. Después de aproximadamente media hora llegamos a un lugar desde donde era imposible continuar en ese vehículo.
Luego seguimos caminando durante unas dos horas a través de una densa selva, y a continuación empezamos a trepar la Sierra das Almas. Eran ya las 11 y el sol ardiente complicaba más la subida.
Hacia el mediodía llegamos a una meseta circundada por una espectacular “selva de piedras” llamada Ingrejil.
Tuve de repente la extraña sensación de encontrarme en un lugar sagrado y mágico, donde vivieron pueblos megalíticos en épocas arcaicas. Ingrejil me recordó súbitamente a Marcahuasi, aunque es más pequeño.
Este sitio arqueológico fue descubierto en 1984 por el estudioso italobrasilero Gabriele D’Annunzio Baraldi, en cooperación con los arqueólogos Aurelio Abreu y Luis G. Moreira Junior. 
Al caminar en la explanada de Ingrejil se ven muchas alineaciones de piedra, como si tuvieran el fin de delimitar zonas (quizá por razones espirituales o astronómicas), y varios menhires, además de áreas donde el terreno fue aplanado.
En la antigüedad, varias etnias de Suramérica preferían, para vivir, los lugares altos, en las montañas, en vez de las ardientes llanuras, por varias razones.
Antes que nada, porque cerca a las montañas están las fuentes de agua, aunque también por motivos de defensa, ya que se podía controlar fácilmente el acceso al altiplano, puesto que el sendero para llegar allí era angosto y empinado (también en Marcahuasi, en Perú, la geomorfología es del todo parecida, salvo la altitud). Otra de las razones era espiritual, pues la mayoría de los antiguos pueblos suramericanos veneraba al Sol como a un Dios y por tanto, amaba estar cerca de él, con el fin de poder celebrar ceremonias diariamente.
El pueblo que vivió en Ingrejil vivía probablemente de la agricultura, pero también de la cacería efectuada en el valle donde hoy surge Itaguassú, el cual, en un tiempo, tuvo abundancia de animales.
Según el investigador Baraldi, quien en algunas campañas de excavación descubrió los fundamentos de un muro (hecho que fue documentado por la red de televisión Globo), los antiguos megalíticos vivieron en Ingrejil alrededor del 2000 a.C.
Sin embargo, hasta hoy no se ha llevado a cabo un trabajo completo de excavación con el método estratigráfico, gracias al cual podrían descubrirse cerámica y piedras pulidas.
En mi opinión, el sitio de Ingrejil es mucho más antiguo de lo que afirma la datación de Baraldi.
Pudo haber sido habitado durante los últimos años de la era glacial, cuando el clima era más frío y seco en todo el continente. En aquel lejano período (aproximadamente 10 milenios antes de Cristo), los animales de la megafauna como el megaterio, el gliptodonte y el mastodonte pastaban sin ser molestados en los prados que circundan la Serra das Almas.
Pudo haber sido el cambio climático posterior al fin de la era glacial el que indujo a los megalíticos a abandonar Ingrejil y a dirigirse tal vez hacia el oeste, uniéndose a otros grupos humanos y dando inicio a la cultura andina.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

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Fotos: derechos reservados de Yuri Leveratto

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