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Crónicas de Tefé, la capital del Solimões
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Crónicas de Tefé, la capital del Solimões

También este año decidí viajar otra vez a la Amazonía, inmensa área periférica del mundo, de vital importancia para el futuro de toda la humanidad. Navegando en el Río Amazonas y en sus afluentes se vive una particular experiencia: no solamente se recorre una de las zonas más incontaminadas del planeta, sino que, en mi opinión, también se hace un viaje en el tiempo, puesto que se conocen realidades tan alejadas de nuestra manera de vivir, que nos transportan a una dimensión diferente, lejana.
Mi itinerario fluvial comenzó en Tabatinga, el gran pueblo brasilero situado en la frontera con Colombia, donde surge Leticia, una ciudad más animada, la cual está cambiando rápidamente, ya que en los últimos años se abrieron nuevos hoteles y las calles se atestaron de ruidosas motocicletas de fabricación china.
En Leticia y en Tabatinga, que están unidas por una avenida que se puede atravesar sin tener que mostrar el pasaporte, se respira una atmósfera multicultural. En ocasiones, el español que se habla en Leticia tiene alguna inflexión de portugués y otras veces se percibe el acento peruano, dado que hay mucha gente de Santa Rosa (situada en la otra orilla del Río Amazonas) o de Iquitos (a nueve horas de lancha rápida de Leticia, remontando el río).
Después de algunos días en Leticia, me trasladé a Tabatinga con el fin de prepararme para el viaje a lo largo del Río Amazonas hasta Manaus. Ya es la segunda vez que hago este recorrido, de unos 1650 kilómetros.
También Tabatinga ha crecido mucho últimamente. Caminando por las avenidas se ven muchos vendedores ambulantes. En el mercado se venden muchos tipos de pescado: piracucú, tambaquí, tucunaré, gamitama, y también suculentas larvas llamadas jojoi, las cuales son tragadas vivas por algunos viandantes. A veces se puede encontrar también el cuy, un gran roedor parecido al capibara, cuyas carnes son muy apetecidas.
Además, hay muchísima fruta, sobre todo arazá, copuassú, zapote, maracuyá, mango y papaya.
Al día siguiente me embarqué en Itaberaba I, una gran embarcación con tres puentes, que los brasileros llaman recreo.
En los primeros dos puentes, los viandantes ponen las hamacas para poder dormir relativamente cómodos; también hay algunos camarotes muy austeros pero confortables, que sin embargo son carísimos, mucho más que el viaje en avión.
Hacia las dos de la tarde, el Itaberaba I levó anclas y, serpenteando, se dirigió al este, siguiendo el curso del Río Amazonas, que los brasileros llaman Solimões en el trayecto hasta Manaus.
Después de aproximadamente una hora, hicimos una parada en el puerto de Benjamín Constant, una pequeña ciudad situada en la desembocadura del Río Javarí en el Río Amazonas. Por lo general, cuando el recreo atraca no es sólo para desembarcar y embarcar pasajeros y mercancía, sino que es también una oportunidad para comerciar, cerrar negocios y saludar viejos amigos. El tiempo en el Río Amazonas no tiene la misma dimensión que en las frenéticas ciudades de Suramérica como Bogotá, Lima o São Paulo. Para viajar en el recreo Itaberaba I, hay que acostumbrarse a este ritmo, tal vez disfrutando del panorama del río más grande del mundo desde el puente 3, sorbiendo cerveza Antártica y escuchando forró, típica melodía amada por los brasileros.
Por la noche se continúa el viaje, sumergiéndose en la oscuridad del Solimões. Después de una cena frugal, me acomodé en mi inestable hamaca y después de pocos minutos caí en un profundo sueño.
Al alba del día siguiente, atracamos en el puerto de San Paulo de Olivença y hacia las nueve de la noche, llegamos a Amaturá. Decenas de vendedores de fruta, dulces de coco, gaseosas y queso subieron al barco.
Luego de aproximadamente media hora se retoma el viaje y después de dos horas se hace escala en San Antonio de Iça, un pueblito localizado en la desembocadura del Río Putumayo (llamado Isá en Brasil) en el Río Amazonas.
Durante el día se hace escala en Tonantins y hacia las tres de la tarde, nubes amenazantes se adensan en el horizonte. Súbitamente diluvia con fuerza explosiva. La temperatura desciende de los normales 27-28 grados a los 20-21. Silba el viento y nuestra embarcación cruje, adaptándose a las sinuosidades del río.
Por la noche atracamos en Jutaí, mientras que a la una de la madrugada de Nochebuena, atracamos en el pueblito de Fonte Boa, situado en una curva del Solimões. Justamente en la embarcación vecina se festejaba la Navidad, convertida ya en una especie de discoteca flotante. Los brasileros aman la música y la cerveza, y cualquier festividad se agranda hasta transformarse en un fantasmagórico jolgorio.
Hacia las dos de la mañana, Itaberaba I levó anclas y, lentamente, se dirigió de nuevo hacia el Solimões. A la mañana siguiente me desperté a eso de las seis. El barco avanzaba a lo largo del río en un escenario de absoluta majestuosidad. Después de aproximadamente una hora, vi que un poderoso afluente desemboca a la izquierda en el Río Amazonas: es el Caquetá (llamado Japurá por los Brasileros), que nace en los Andes colombianos.
Por la mañana decidí abandonar la embarcación con la intención de dirigirme a Tefé, una pequeña ciudad situada en una curva interna del Solimões, a donde el Itaberaba I no entra. Hacia las 11, la nave disminuyó su marcha hasta detenerse del todo. Se aproximaron a los muros de la embarcación algunas canoas a motor. Junto con otros pocos viajeros me monté en una de las canoas. Es una operación más bien riesgosa, sobre todo porque las canoas a motor que abordan los barcos son viejas y en imperfecto estado de mantenimiento. Por fortuna, todo salió bien.
Mientras me despedía de algunos amigos que se quedaron en Itaberaba I, dirigiéndose a Manaos, la canoa donde me encontraba navegaba lentamente hacia un brazo secundario del Solimões, entrando en un afluente. Después de aproximadamente media hora de navegación llegamos al lago de Tefé y después de pocos minutos arribamos al puerto de la ciudad de Tefé, un pueblo de aproximadamente 70.000 habitantes a unos 570 kilómetros de distancia de Manaos.
Desembarqué en la playa, cerca a donde atracan embarcaciones que zarpan para Manaos al alba de cada mañana.
Luego me sumergí de inmediato en las estrechas calles del mercado repleto de personas, hasta llegar a la plaza principal, donde está la iglesia, además de varios hoteles y restaurantes. En algunos edificios cercanos al puerto se percibe la arquitectura colonial portuguesa, pero muchos están en estado de abandono y ruina.
Caminando por las calles de Tefé se cae en cuenta de que el nivel económico de sus habitantes es más bien bajo. La población, sin embargo, es muy alegre, ruidosa y sonriente.
Tefé fue fundada en los últimos años del siglo XVII por el religioso jesuita Samuel Fritz.
A fines del siglo XVII, los jesuitas estaban creando nuevas misiones, especialmente en la confluencia del Putumayo y Jurúa con el Solimões. El padre Samuel Fritz, nacido en Bohemia en 1650, llegó a Quito en 1682 y luego viajó a la Amazonía. En la zona vivían indígenas de etnias Nuruaques, Cauixanas, Jumanas, Passés, Catuquinas, Jamamadis, Pamanas, Jurimaguas, Uainumas y Tupebas.
Al comienzo del siglo XVIII, los lusitanos se enfrentaron con los españoles, en el intento de apropiarse de los territorios del Solimões, anteriormente de influencia castellana. Después del 1709, cuando las tropas portuguesas salieron victoriosas, comenzó la colonización portuguesa.
En 1759, el gobernador del Grao Pará asignó al pueblo de Tefé la categoría de ciudad (vila), que fue llamada Ega. Sólo en 1833, Ega volvió a llamarse Tefé, en honor al viejo nombre.
Hoy, el área de Tefé tiene una creciente importancia comercial. Se produce arroz, mandioca, fruta, castaña y pescado seco para la exportación, como piracucú y tambaquí.
212 kilómetros más abajo, aún sobre el Río Solimões, surge la ciudad de Coarí, la cual hasta hace algunos años no era otra cosa que un soñoliento pueblo del bajo Solimões.
A partir del descubrimiento de sobresalientes yacimientos de petróleo y gas natural en el río Urucú (afluente del Coarí, que a su vez desemboca en el Río Amazonas), la economía de Coarí cambió notablemente. Grandes inversiones de la empresa Petrobras atrajeron a muchos trabajadores en la zona. Petrobras invirtió en los últimos 3 años 40 millones de reales (aproximadamente 12 millones de euros) en los bancos del municipio de Coarí (derechos de explotación), que sirvieron para mejorar las infraestructuras básicas como hospitales, escuelas y la movilidad vial. El tumultuoso desarrollo de Coarí trajo, no obstante, otros problemas. No todos se beneficiaron con el descubrimiento de nuevos pozos petrolíferos. Muchos desesperados en búsqueda de trabajo y atraídos por el nuevo El Dorado amazónico, se agruparon en los barrios pobres de Coarí y la prostitución y delincuencia aumentaron.
No hay duda, de todos modos, de que Coarí es la ciudad más rica de todo el Solimões y hay algunos rumores de que Tefé también podría pronto beneficiarse de nuevos descubrimientos petroleros en la zona de las fuentes del Río Urucú.
Las fuentes del Urucú, en efecto, no están muy lejos de las del Río Tefé, que desemboca en el lago homónimo. Algunas empresas efectuaron ya análisis en el suelo que dieron resultados positivos. Por ahora se piensa que se transportará el petróleo a Tefé en grandes barcazas, en espera de un oleoducto que podría conectar en el futuro a Tefé con Coarí.
Si la explotación petrolera se establece en Tefé, probablemente la ciudad se beneficiará de esto y el rédito promedio de sus habitantes aumentará. Con seguridad, todo eso causará nuevas deforestaciones, un ulterior desastre ambiental que podría ser en parte evitado poniendo en práctica adecuados programas de reforestación y respeto ambiental. Se espera que no se den vergonzosos fenómenos de corrupción, como ya se ha visto en América del Sur, los cuales enriquecerían a unos pocos, perjudicando a la mayoría. Además, se desea que una eventual explotación petrolera en la zona de Tefé se administre de manera más inteligente que en Coarí, es decir, sin dar inútiles ilusiones de riqueza a miles de pobres que inevitablemente llegarán desde las áreas rurales, pero sí invirtiendo en la educación, en el civismo y en la salvaguardia del ambiente.

YURI LEVERATTO
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