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La etnia Tikuna
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La etnia Tikuna

El primer europeo que tuvo contacto con la etnia Tikuna fue Francisco de Orellana, en su mítico viaje de 1542. Cuando, navegando en el bergantín San Pedro, se alejó del campamento de su comandante Gonzalo Pizarro, en las orillas del Río Coca (hoy perteneciente al Ecuador), Orellana no tenía la más mínima idea de que iba a enfrentarse con una de las más grandes exploraciones de todos los tiempos, una aventura que puede ser comparada con la épica empresa de Alejandro Magno, con el legendario viaje de Marco Polo en China o con la travesía atlántica de Cristóbal Colón.
El 3 de enero de 1542, ya en las orillas del Río Napo, uno de los grandes afluentes del Río Amazonas, los españoles de Orellana tuvieron contacto con algunos indígenas amigables, cuyo cacique era Aparia el joven.
Inicialmente, los autóctonos escaparon aterrorizados, pues quizá la visión de los occidentales que vestían ropas rasgadas y que tenían el rostro carcomido por el hambre fue demasiado impresionante para ellos.
Después de algunas horas, los indígenas volvieron, cautos, al pueblo. Se acercaron sonriendo, intentando comprender de dónde podían venir aquellos extraños viajeros. Orellana ordenó bajar las armas. Luego, se les aproximó y, hablando en quechua, les dijo que no se preocuparan, ya que ellos no representarían una amenaza. Además, se excusó por haber consumido sus alimentos. Los nativos se mostraron tímidos y pacíficos, y el capitán Orellana trató de obtener de ellos información valiosa.
De este modo, los españoles supieron que se encontraban en el reino de Aparia el joven, a un día de navegación del río Curacay (actual departamento de Loreto, Perú). Los extranjeros fueron acogidos con amabilidad y les fue permitido dormir en la aldea.
Probablemente, los nativos de Aparia eran de etnia Tikuna y hablaban un idioma amazónico que Orellana intentó aprender de inmediato.
Orellana decidió detenerse algún tiempo en el pueblo, tanto para recuperar fuerzas, como para organizarse otra vez y comenzar la construcción de los componentes para formar después un nuevo navío.
Los hombres de Orellana, mientras tanto, continuaban con el arduo trabajo de fabricar las piezas que servirían para construir posteriormente un barco nuevo y más grande. Inicialmente produjeron los clavos, con hornos cavados en la tierra. Luego, talaron la leña y empezaron a dar forma a la quilla, más robusta y larga que la del San Pedro.
Entretanto, llegaron otros jefes indígenas al pueblo de Aparia: Hirimara, Parayta, Guaricota, Macuyana. Enseñaron a los españoles a reconocer muchas hierbas de la selva, para distinguir las venenosas de las saludables. Además, les explicaron cómo reconocer las siluetas de los animales selváticos: armadillos, osos hormigueros y perezosos, jaguares y tapires.
Si bien los nativos tenían consigo joyas de oro finamente elaboradas, Orellana ordenó a sus hombres no intentar apropiarse de aquellas alhajas, ni cambiarlas por espejos u otros cachivaches. Mantuvo siempre una actitud de respeto hacia los pueblos tribales y advirtió a Aparia el joven que otros extranjeros, por el contrario, podrían llegar a ese pueblo con intenciones no tan amigables.
La selva dejaba de ser un ambiente hostil y desconocido para convertirse en un lugar riquísimo en alimento y lleno de misterios por descubrir.
Cuando los componentes del nuevo navío estuvieron listos, decidieron proseguir la navegación.
Una vez que levaron anclas, el San Pedro se perdió en los meandros del Napo, descendiendo por la corriente. En las tierras de Aparia el joven, habían muerto siete de sus compañeros y eran sólo cincuenta los que estaban al descubrimiento de nuevos territorios.
El primer día de navegación transcurrió en silencio. Eran conscientes de que no podrían regresar nunca más contra la corriente. Podían avanzar sólo hacia el este, en la dirección del alba.
Pensaron en detenerse en el pueblo de Hirimara, uno de los caciques amigos de Aparia el joven, pero se vieron obligados a alejarse de las orillas del Río de la Canela, viéndose atrapados en remolinos de agua ocasionados por la confluencia con otro río, el Curacay.
Pocos días después, se encontraron con algunos indígenas Yagua, quienes los invitaron a su aldea y los acogieron con mucha generosidad, ofreciéndoles alimento y hospedaje. Orellana estudiaba su lengua y ya era capaz de expresarse en los idiomas más difundidos entre los nativos amazónicos. Los Yagua informaron a Orellana que el río principal estaba muy cerca.
La navegación continuaba y el Río de la Canela parecía alargarse excesivamente. Había varias islas a lo largo de su curso, algunas de ellas flotantes, formadas por troncos enmarañados y masas de vegetación en descomposición. En los bordes del río había grandes palmerales y árboles robustos. Desde hacía varios días el horizonte se había vuelto plano, verde, irreal.
El 12 de febrero, el San Pedro llegó a la confluencia del Napo con el Río Amazonas. Era la primera vez que ojos occidentales veían la unión de dos ríos tan grandes.
El Napo, que también era enorme, no era nada en comparación con el gran río que venía de la derecha. Los españoles, confundidos, agradecieron al Señor por haberlos protegido hasta entonces, y empezaron a pensar en cómo llamar a esa gran cantidad de agua. ¿Era aquel el Santa María de la Mar Dulce, como lo había bautizado Pinzón o el Marañón, como lo había nombrado Diego de Lepe? Inicialmente, aquel río fue llamado Río de San Francisco de Quito y también Río de Orellana.
Sin embargo, posteriormente el mismo capitán lo llamó Río de las Amazonas, acordándose del cuento indígena que hablaba de las mujeres guerreras.
Orellana pensó que una masa de agua tan enorme no podía ser más que el río principal y tenía razón. No obstante, lo que no sabía era la distancia que lo separaba del océano, unas 750 leguas (3.700 kilómetros).
Cuando el San Pedro empezó a navegar en aquel curso de agua colosal, los navegantes se sintieron pequeños frente a tanta inmensidad. Además, las condiciones ambientales eran difíciles: el sol ardiente, con temperaturas de 35 grados celsius bajo la sombra, fuertes tormentas que duraban un par de horas, durante las cuales la temperatura bajaba a 18 grados celsius. El agua entraba en la cubierta por las fisuras de la quilla, y los hombres de Orellana se veían obligados a removerla constantemente, utilizando improvisados baldes de madera.
Era necesario detenerse lo antes posible, para reparar el San Pedro y comenzar con los trabajos de construcción de un barco nuevo y más robusto, pero los navegantes tenían dificultades para encontrar una zona apta para la parada.
Se necesitaron unas dos semanas de navegación para llegar a un pequeño afluente llamado Amacayacu. En aquel lugar tuvieron contacto con algunas canoas conducidas por indígenas amigables, que les ofrecieron carne de simios, huangana (un tipo de cerdo de la selva), tortuga y pescado asado.
Se encontraban en la tierra de Aparia el grande, que había sido informado por Aparia el joven, con el sonido de tambores, de la llegada de los forasteros.
Al día siguiente, los condujeron al pueblo de Aparia el grande, a unas 18 leguas más abajo. Probablemente, este asentamiento tribal se encontraba en la confluencia del Javarí con el Río Amazonas, cerca de la actual Leticia, ciudad situada en la frontera entre Colombia y Brasil. Este grupo tribal pertenecía a los Tikuna.
Los españoles fueron invitados a entrar en una enorme maloca, típica construcción de madera, usada por varias etnias amazónicas como unidad residencial, comercial y espiritual.
Usualmente, estas casas, sostenidas por cuatro grandes postes, podían hospedar a dos o más familias unidas por vínculos parentales. En su centro había un fuego constantemente encendido. Durante la noche, la maloca se transformaba en un centro de conocimiento, donde se transmitían oralmente mitos, leyendas y tradiciones.
A los extranjeros les ofrecieron pescado, carne de tortuga a las brasas, frutos jugosos como el copuassú y suculentas tortas de miel.
Aparia el grande explicó a Orellana que la navegación a lo largo del río podría traer algunos peligros y describió la tierra de los temibles Machiparo. Le habló del pueblo de los Omagua, que vivían aun más abajo, y de las mujeres guerreras, cuya reina era Conorí. Según Aparia, estas mujeres, llamadas Coniapuyaras, eran numerosas y valientes. El cacique agregó que adentrarse en su tierra podría ser sumamente peligroso, porque estaban acostumbradas a luchar y no tenían escrúpulos. Además, le explicó cuál era el camino exacto para llegar al océano sin perderse entre las miles de islas que había al paso.
El capitán le respondió que no podía elegir otra ruta: estaba obligado a descender por el río. Uno de los caciques presentes pidió más información sobre los extranjeros: de dónde venían y por qué viajaban. Orellana les respondió, hablándoles de la fe en Cristo y de la fidelidad al rey emperador Carlos V.
El capellán del viaje, Gaspar Carvajal, relató este encuentro en un curioso pasaje de su libro de 1542, Relación del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande que descubrió por muy gran ventura el Capitán Francisco de Orellana:

El Capitán Francisco Orellana, viendo que los Aparia eran dóciles y pacíficos, les explicó que nosotros éramos cristianos y que adorábamos y creíamos en el Dios solo y verdadero, que crió el cielo y la tierra, y que somos vasallos del Emperador de los Cristianos, el gran y poderoso Rey de España, llamado Don Carlos. Cuando el Capitán terminó de hablar, los nativos, que parecían felices, nos miraban sonriendo. Su Cacique nos preguntó quién éramos en realidad y hacia dónde nos dirigíamos. Entonces el Capitán respondió que nosotros éramos hijos del Sol y que seguíamos el curso del río, y que éste era nuestro destino. Los indígenas demostraron un gran júbilo y nos consideraron santos y seres celestiales, puesto que toda esa gente adoraba al Sol, al que llamaban “Chisse”. Luego nos trajeron comida en abundancia y nos indicaron el camino correcto para continuar el viaje.

Orellana empezó a pensar que quizás toda la navegación del río hasta el mar tomaría mucho más tiempo del previsto.
Aparia el grande le había mencionado los posibles peligros, pero no había especificado qué tan lejos quedaba el mar, si a semanas o a meses de navegación. Sin embargo, no había ninguna otra alternativa para los exploradores, los cuales, si querían salir vivos de aquel océano verde, debían armarse de coraje y paciencia, y continuar el viaje.
El sueño de Orellana se estaba realizando finalmente. Nadie como él había descubierto territorios tan extensos, desconocidos por los europeos.
Del relato de Gaspar de Carvajal se deduce que los Tikuna vivían en una total simbiosis con la naturaleza y que conocían a fondo los secretos de las plantas y animales de la selva, que respetaban y adoraban en clave chamánico-tótemica.
Hoy en día, los Tikuna, que son en total aproximadamente 30.000 individuos, viven en una extensa zona de la selva amazónica, tanto en el llamado “triángulo amazónico”, perteneciente a Colombia, como en Brasil y en Perú.
En Colombia viven en las comunidades de Santa Lucía, Buenos Aires, San Antonio de los Lagos, San Sebastián, Macedonia, Nazareth, Mocagua y en el Río Cotuhé (afluente del Putumayo). En Brasil viven en las grandes zonas indígenas denominadas Evare I, II, III, San Leopoldo, Feijoal y Betania (cerca a la desembocadura del río Ica, o Putumayo, en el Río Amazonas).
Según algunos investigadores de la historia de los Tikuna, se piensa que antiguamente ellos vivieron en las cercanías de los ríos Loreto-Yacu, Marinacu y Atacuarí (actual frontera Perú-Colombia). Tanto la guerra colombo-peruana como la insensata explotación intensiva del caucho hicieron declinar la población.
En la visión cosmogónica Tikuna, el símbolo del bien es Yoi, que transformó el pez en hombre al inicio de los tiempos. En efecto, también según la teoría de la evolución, los peces fueron transformándose, en el transcurso de millones de años, hasta convertirse en anfibios, reptiles, mamíferos y humanos. El símbolo del mal es, en cambio, Ipi, emblema del caos, de la desobediencia y de las tinieblas.
La leyenda narra que Yoi e Ipi se originaron de Nutapa. Cuando algunas abejas picaron las piernas de Nutapa, las heridas, pudriéndose, generaron nueva vida. De la rodilla derecha nació Yoi, con su hermana Mowacha, mientras que de la rodilla izquierda nació Ipi, con su hermana Aikia.
Actualmente, muchos Tikuna siguen las enseñanzas de Jesucristo, pero muchos lo asocian con Yoi, demostrando, de esta manera, haber sincretizado tradiciones viejas y nuevas.
El concepto del nacimiento de Yoi e Ipi es maravilloso. El hecho que de heridas descompuestas nazca la vida significa que la concepción espiritual de los Tikuna contempla el panteísmo, o bien, la idea de que la vida es espontánea y que se desarrolla de cualquier cosa, incluso de lo que a primera vista parece inerte, como las piedras.
Los Tikuna hablan una lengua aislada que no pertenece ni al grupo Arawak ni al Tupi-Guaraní, muy difundido en la Amazonía.
El estudio de la cultura Tikuna, de su modo de vivir y de sus hábitos alimenticios nos pueden enseñar mucho.
La desconsiderada destrucción de la selva con el objetivo de vender leña apreciada en los países ricos no es un proceso sostenible, ya que se enriquecen unos pocos a costa de un daño ambiental enorme. Primero que todo, la mayoría de las tierras deforestadas se utilizan para la ganadería bovina, pero, como el suelo que en un tiempo fue selva es pobre en sustancias nutritivas, los pastos se deterioran rápidamente y el ciclo económico se detiene, dejando tribus enteras, las cuales antes vivían de los recursos forestales, a la deriva.
La alternativa podría ser una explotación moderada y equilibrada de la selva, justamente como hicieron los Tikuna durante siglos. Puede usarse la madera, a condición de sembrar de inmediato un árbol de la misma especie; se obtienen frutos, semillas y plantas medicinales por lo general desconocidas en occidente, de manera que se pueda iniciar un desarrollo económico que no enriquezca a pocos en breve tiempo, sino que, al contrario, pueda ofrecer un apoyo constante e indefinido a millones de personas, con el fin de que se mantenga en el tiempo un uso equilibrado y balanceado de los inmensos recursos amazónicos.

YURI LEVERATTO
Copyright 2009

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1542 Los primeros navegantes del Río Amazonas

 

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