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Después de haber pasado dos días en La Rinconada, el pueblo-mina de oro, el cual, situado a 5200 metros de altura, es el poblado más alto del mundo, mi amigo arqueólogo Ricardo Conde Villavicencio y yo decidimos continuar nuestro viaje para iniciar la exploración arqueológica del valle de Quiaca.
En base a varios conocimientos que teníamos en común, sospechábamos que en el distrito de Quiaca encontraríamos importantes restos de culturas pre-incaicas tanto de la sierra como de la selva, o bien provenientes de la Amazonía. Entonces, montamos nuestro equipaje en un camión y partimos hacia Untuca, el primer pueblo del valle de Quiaca.
Untuca está justo detrás del glaciar Ananea (5829 m.s.n.m.), el cual rodea a La Rinconada, pero para llegar hasta allí en vehículo se tiene que dar una vuelta muy larga, pasando por Ananea y atravesando desolados altiplanos. Después de costear un maravilloso lago incrustado entre rocas, se entra en el estrecho valle que conduce a Untuca. Durante el trayecto se ven muchas llamas y alpacas pastar tranquilas, y también muchas liebres que corretean temerosas entre las piedras.
No éramos los únicos que iban a Untuca, había también grandes camiones de marca Mercedes y enormes Caterpillar que se dirigían a sus alrededores, donde hay otra mina de oro, la cual, según lo que me contó el conductor, le fue dada en concesión a una empresa chilena y yo me pregunto si se tomarán las precauciones necesarias para no contaminar los ríos y lagos con el mercurio, puesto que de no ser así, se trataría de otro gigantesco desastre ambiental.
Hacia las 11 llegamos a Untuca, donde tomamos una ligera comida a base de huevos y camote. Untuca se encuentra a aproximadamente 4000 metros sobre el nivel del mar y aunque no hace tanto frío como en La Rinconada, sopla un viento más bien helado. Poco después conocimos a dos muchachos fuertes y ágiles, llamados Eloy y Henry, quienes nos guiaron en nuestra caminata de los días siguientes.
A eso de la una partimos y comenzamos a caminar en dirección al pueblo de Poquera Grande. Se anda por el estrecho valle bordeando la impetuosa quebrada, acercándose a menudo a las llamas y alpacas que pastan serenamente. Después de unas dos horas, se llega a Poquera Grande, una aldea de más o menos 200 familias incrustada en una fría curva de la montaña.
Nos contactamos de inmediato con las autoridades del pueblo, las cuales nos permitieron acampar en la plaza principal. Algunos de estos oficiales nos acompañaron, a la mañana siguiente, a un lugar cercano al pueblo donde queríamos ver un extraño petroglifo, muy similar a un mapa antiguo.
La primera impresión que tuvimos fue la de encontrarnos frente a incisiones hechas por antiguos pueblos amazónicos que tal vez viajaban hacia la sierra, pero, no estando aún seguros de esta tesis, decidimos proseguir el viaje para buscar otros indicios que pudieran apoyarla.
Caminando hacia el poblado de Poquera Chico, situado a aproximadamente una hora más abajo, pudimos observar de cerca una chullpa (urna funeraria) típica de culturas pre-incaicas de la sierra, probablemente Lupaca o Pukara. En el interior de una de estas urnas hallamos intacta todavía la mandíbula de un ser humano, probablemente del que fue allí sepultado hace unos 1200 años atrás. En efecto, éstas servían como mausoleos de los jefes tribales o caciques de las culturas pre-incaicas, en las cuales, por lo general, se colocaban los huesos de los dirigentes del pueblo después de haber sido exhumados en una ceremonia sagrada donde se les hacía ofrendas a los Dioses. Junto a los huesos del difunto se ponían hojas de coca, de chicha, maíz y quinua, además de piezas de jade, piedras semipreciosas y otros objetos rituales.
Luego de tomar algunas fotos decidimos continuar el recorrido. Caminamos durante dos horas aproximadamente hasta llegar al río, donde nos detuvimos a almorzar. Poco después resolvimos explorar estos alrededores, dado que algunos campesinos nos habían dicho que justo en la parte derecha de la quebrada encontraríamos el petroglifo más importante. Efectivamente, después de una hora de búsqueda, abriéndonos camino con los machetes a través de la intricada vegetación, hallamos el petroglifo de Quiaca, enigmático indicio de antiguas culturas amazónicas.
Es una pared de unos tres metros tanto de ancho como de alto donde hay varios signos abstractos y antropomorfos, pero lo que más me interesó fueron dos rostros estilizados, los clásicos semblantes amazónicos, muy similares a los que se pueden apreciar en Pusharo, en el Río Shinkibeni (brazo del Palotoa, afluente del Río Madre de Dios).
El arqueólogo Ricardo Conde Villavicencio y yo llegamos a la conclusión de que los artífices del petroglifo de Quiaca pertenecieron a la misma etnia de los que grabaron magistralmente el petroglifo de Pusharo, situado a aproximadamente trescientos kilómetros de distancia.
La incisión de los famosos rostros de Pusharo y de los no tan conocidos semblantes de Quiaca simboliza, en nuestra opinión, la pertenencia a la misma etnia amazónica que en un lejano pasado estaba desplazándose de la selva a la sierra.
De hecho, nos parece que cuando todavía estaba en curso la glaciación hace unos 11.5 milenios, mucha agua estaba concentrada en los glaciares andinos, siendo los ríos amazónicos menos voluminosos. La vegetación no era tan densa y los pueblos tribales podían moverse con mucha más facilidad. Algunas de estas etnias buscaban intercambiar sus productos típicos de la selva (coca, fruta, oro, pescado) por otros que se hallaban sólo en la sierra (quinua, quihuicha, maca, patatas y también animales como llamas y alpacas). Esta fue la razón de aquellas antiguas migraciones y esta es la clave para comprender esos viajes, los cuales fueron descritos en los petroglifos de la zona donde se tallaron antiguos mapas en piedra, varios de ellos marcados con el símbolo de la etnia, “el rostro amazónico”.
Pero, ¿quiénes eran aquellos antiguos viajeros amazónicos? Y sobre todo, ¿quiénes son sus descendientes?
Hay dos teorías al respecto. La primera teoría afirma que ellos se mezclaron con pueblos de lengua Aimara y Quechua, dando inicio a la cultura Pukara (antecedente de Tiwanaku). En efecto, los términos Pusharo, Poquera y Pukara son extrañamente similares.
En cambio, la segunda teoría sostiene que los descendientes de los pueblos amazónicos que atravesaron el valle de Quiaca en épocas remotas no son otros que los Uros del lago Titicaca, pueblos de lengua Arawak, cuyo origen amazónico está comprobado lingüísticamente.
El hecho de el valle del Río Quiaca esté prácticamente inexplorado incluso en la parte más baja, donde el río asume la denominación de Río Huari Huari (llamado luego Río Iñabari), hace pensar que es posible que existan otros importantes indicios de esta antigua etnia amazónica. Sin embargo, la expedición al Río Huari Huari requeriría de muchos días y de considerables recursos económicos.
Toda la tarde continuamos nuestro camino hacia el pueblo de Quiaca. En el trayecto observamos otras urnas funerarias, hasta que llegamos al poblado por la noche, donde dormimos.
En Quiaca, pueblito de aproximadamente 500 personas, situado a unos tres mil metros de altura, termina el sendero. Para ir más allá se necesitaría organizar una expedición en grande, con víveres suficientes para al menos siete días. El amigo Conde Villavicencio y yo nos propusimos regresar el próximo año, si el tiempo y los recursos nos lo permiten, con el fin de explorar el Río Huari Huari.
Nuestro viaje de regreso se llevó a cabo en dos etapas: primero, caminamos hasta Sandía, la capital de la provincia, y al día siguiente regresamos a Juliaca en bus de línea.
YURI LEVERATTO
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Fotos: derechos reservados de Yuri Leveratto
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