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El oro de La Rinconada, el pueblo más alto del mundo (+ Video)
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El oro de La Rinconada, el pueblo más alto del mundo (+ Video)

Mi viaje a La Rinconada comenzó en Puno, la folclórica ciudad del altiplano andino situada a 3825 metros sobre el nivel del mar, en las orillas del lago Titicaca, donde me encontré con mi amigo, el arqueólogo Ricardo Conde Villavicencio.
Partimos a las ocho de la mañana siguiente. Llegamos, en una hora de viaje en buseta, a la ciudad de Juliaca, de unos 250.000 habitantes. Juliaca ha crecido demasiado últimamente. Es un centro comercial donde se vende de todo, en especial en el gran mercado Tupac Amaru. Con un inestable coche de pedales llegamos hasta el lugar de donde salen los autobuses para el pueblo minero llamado La Rinconada.
Desde hacía algún tiempo, tenía curiosidad de conocer cómo funciona una mina de oro y cuáles son los procedimientos para extraerlo de la roca. Como La Rinconada no estaba muy lejos del itinerario que seguiríamos de todos modos para nuestra exploración arqueológica en el valle del Río Quiaca, decidimos pasar allí dos días, con el fin de conocer una realidad tan extraña y fascinante.
Ya Juliaca, con sus 3850 metros de altura, es una particular ciudad. De día hace más frío que en Puno, cuyo clima es mitigado por el lago Titicaca, mientras que de noche, el termómetro desciende a -5 grados Celsius.
Los vendedores de maíz tostado se amontonaban alrededor del bus que nos conduciría a la sierra, mientras nosotros intentábamos acomodarnos, rodeados de jaulas de gallinas y paquetes voluminosos.
Hacia las once partimos y después de una media hora, dejamos atrás el asfalto para recorrer una carretera destapada llena de huecos y riachuelos transversales. El autobús iba muy rápido y las vibraciones eran tan fuertes que los viajeros saltaban constantemente en sus asientos y los paquetes, colocados en los portaequipajes superiores, caían con frecuencia al suelo. En poco tiempo, el interior del bus se llenó de polvo y la temperatura bajó. Brillaba el sol, pero lentamente se ascendía y el aire se enfriaba y enrarecía cada vez más.
Hicimos una breve parada en el pueblo de Putina para almorzar un plato hecho de camote relleno, una verdura típica de Perú. Luego, volvimos a partir. El autobús tambaleaba en la pista polvorienta y serpenteando, se trepaba por el borde de la montaña.
Hacia las tres de la tarde nos encontrábamos ya en el altiplano, a aproximadamente 4600 metros sobre el nivel del mar. El paisaje era lunar y a lo lejos, ya se entreveía el Nevado Ananea de 5850 metros sobre el nivel del mar, cuya cima sobresalía indiscutiblemente.
En todos los alrededores se podían observar grandes huecos, como si la Tierra fuera un enorme gruyer. De estas fosas se extrae el mineral del cual se saca oro después de un procedimiento especial.
Un poco después nos detuvimos en Ananea, capital del municipio que comprende también a La Rinconada. Ananea se encuentra a aproximadamente 4800 metros sobre el nivel del mar. Se ven inmensos Caterpillar, excavadoras y perforadoras, que sirven para transportar grandes cantidades de mineral.
Después de pocos minutos proseguimos el viaje. A nuestra derecha observamos un lago, lamentablemente contaminado. Algunos pasajeros me comentaron que en un tiempo sus aguas eran limpias y abundantes de peces. Ahora, por el contrario, el mercurio y el antimonio, necesarios para la extracción del oro, hicieron sus aguas impotables.
Se continúa subiendo, la mirada recae en el enorme glaciar Ananea, preciosísima fuente de agua pura. Justo bajo el glaciar está La Rinconada, la cual, estando situada a 5200 metros sobre el nivel del mar, es el pueblo más alto del mundo.
Poco tiempo después, el bus llegó finalmente a la explanada principal. La primera impresión de La Rinconada causa extrañeza, pues parece que se estuviera en un lugar fantasmagórico, irreal.
La dificultad de respirar debido a la altura y al frío punzante me dio la bienvenida a este pueblo minero. 
 

 

Surge la pregunta de por qué una aldea fue construida al lado de un glaciar. La razón es simple: la mayoría de los 27.000 habitantes eran pobres campesinos del altiplano que se transfirieron a La Rinconada con la ilusión de enriquecerse. Ocuparon un pedazo de montaña y allí construyeron su propia casa, hecha de láminas de zinc, ladrillos y totora. Sacan el mineral de profundos túneles en las proximidades de su hogar y luego lo procesan para extraer oro del mismo. La mayoría de ellos no está al día con los permisos ni con los impuestos peruanos y por tanto, vende el codiciado metal a comerciantes informales que, a su vez, lo revenden en los mercados de Juliaca.
Casi ninguno se enriquece, y los mineros sobreviven en un extraño universo paralelo y gélido. En efecto, la temperatura, a causa de la elevada altitud, desciende a -23 grados Celsius de noche, mientras que de día no supera los 10 grados.
Las condiciones de vida son espantosas, ya que aún estando a menos de 600 metros en línea recta del enorme glaciar, en el pueblo no hay agua corriente. Para lavarse, utilizan recipientes de agua helada, la cual de noche se congela. El agua proviene de Ananea, pero no está canalizada en tuberías, sino que se vende en cubos. Algunos la acumulan en los techos de sus cabañas, pero el zinc del que están fabricados la contaminan y quien la bebe, evidentemente se arriesga.
Además, increíblemente, en La Rinconada no hay alcantarillado. Hay baños públicos, que en realidad son ‘pozos negros’, los cuales deben ser vaciados con frecuencia. No se entiende como es posible, para un pueblo construido literalmente en una mina de oro, no tener agua corriente ni alcantarillas, aunque me dijeron que la gente es individualista, es decir que cada uno piensa en sí mismo y ninguno se ha reunido nunca para formar un comité que se dedique a mejorar el poblado.
Otro aspecto desconcertante de la vida de este centro minero es la falta total de algún tipo de calefacción. A decir verdad, también en Juliaca o en Puno (ciudades bien frías), ninguno utiliza calefacción central ni simples estufas de leña. Esto sucede, en parte, porque la leña no abunda, pero también porque los peruanos están acostumbrados a dormir con muchas cobijas y extrañamente, no sienten la necesidad de una estufa. A Ricardo y a mí, en cambio, nos fue difícil acomodarnos en uno de los “hoteles” que, por 7 soles (2 euros), ofrecen una cama con 5 o 6 cobijas en una habitación de 2 x 1,5 metros. Para orinar se debe salir (de mucha ayuda es la clásica bacinilla de noche), pero teóricamente, para otras necesidades, se tendría que ir al baño público, ubicado en la calle, a unos 200 metros del hotel.
Los problemas de vivir en el pueblo de la mina de oro más alto del mundo no se han acabado: la mayoría de la gente construyó su propia casa precariamente, sin los fundamentos apropiados y por tanto, el peligro de que se desmoronen o se derrumben es constante. En el poblado no existe un servicio para deshacerse de los residuos, pero parece que a ninguno le importara, puesto que cerca a la escuela hay un gran basurero donde los niños juegan junto a perros, llamas y alpacas.
Incluso la situación sanitaria es precaria, dado que muchos mineros sufren de cólicos, fuertes dolores de cabeza y náuseas a causa del mercurio utilizado en el proceso de extracción del oro. Muchos niños tienen diarrea crónica por falta de agua corriente y servicios higiénicos básicos.
Por la tarde dimos una vuelta por el pueblo, tratando de encontrar una forma de continuar el viaje. En efecto, no había servicio público de transporte para viajar a nuestra meta siguiente, o bien el valle de Quiaca, y entonces tuvimos que buscar un pasaje donde algunos camioneros.
Andando por el poblado, a eso de las diez de la noche, nos dimos cuenta de que la mayoría de los oscuros antros iluminados por lúgubres luces rojas son sórdidos prostíbulos donde a menudo trabajan jóvenes menores de edad que provienen de varias ciudades de Perú. Caminar de noche en La Rinconada no es muy seguro porque hay pocos policías y mucho alcoholismo. Hay constantes peleas que a veces terminan en cuchilladas.
Ricardo y yo preferimos meternos en nuestros respectivos ‘cubículos congelados’, esperando dormirnos lo más rápido posible. Por desgracia, la falta de oxígeno, el frío punzante y los persistentes pregones de los vendedores de tiquetes de autobús hacia Juliaca, no nos permitieron conciliar el sueño.
Al día siguiente, visitamos uno de los laboratorios donde se obtiene el preciado metal amarillo. En La Rinconada hay varias cooperativas cuyos socios son los concesionarios de las diferentes galerías subterráneas. La vida laboral de los mineros se rige por el llamado sistema de cachorreo, que consiste en trabajar para los jefes por un número de días, a cambio de poder hacerlo por su cuenta durante un día entero, logrando, de este modo, quedarse con el mineral arrancado de la montaña para procesarlo después.
El mineral obtenido luego de horas enteras de pico y pala es sometido a un particular procedimiento. Inicialmente, es machacado en morteros especiales para separarlo de las piedras. A continuación se le agrega el mercurio, que se adhiere al oro formando una amalgama. Recalentándola, se obtiene finalmente el oro, puesto que éste se separa del mercurio cuando se le somete a elevadas temperaturas. Por lo general, después de este proceso, se obtiene un gramo de oro de aproximadamente 50 kilos de material.
Por la tarde, dimos una vuelta por el mercado de La Rinconada, donde se vende carne de gallina, cerveza, patatas, quinua, pero también camisetas, edredones, cobijas, botas e instrumentos para cavar: palas, picos, cascos, cuerdas, lámparas, etc. Con frecuencia, estos negocios son propiedad de los mismos comerciantes que compran oro a precios sumamente bajos, con el fin de lucrarse posteriormente de las reventas en las ciudades.
La Rinconada parece ser un círculo vicioso, donde nadie logra enriquecerse pero todos sobreviven, un grotesco círculo dantesco donde cada uno sueña con su El Dorado resplandeciente, para después encontrarse, en cambio, con la dura realidad de una vida de privaciones, en la total carencia de seguridad laboral, social y sanitaria.

YURI LEVERATTO
Copyright 2009

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Fotos: derechos reservados de Yuri Leveratto

 

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