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Amazonía brasilera (+Video)
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Amazonía brasilera (+Video)

La Amazonía brasilera ocupa un territorio inmenso de aproximadamente cuatro millones y medio de kilómetros cuadrados, correspondientes al 64% de toda la cuenca del Río Amazonas (el 53% del Brasil).
Administrativamente, está dividida en diez estados: Amazonas, Pará, Roraima, Rondônia, Acre, Amapá, Tocantins y parte de los estados de Mato Grosso, Goiás y Maranhão. En total, allí viven unos 19 millones de personas.
La atraviesa el río más grande y largo del planeta, el colosal Río Amazonas, pero también 14 de sus grandes afluentes, todos ellos majestuosos y casi completamente incontaminados.
Este paraíso inconmensurable está en un gran peligro a causa de la creciente población, la cual busca nuevas tierras para destinar a la ganadería y agricultura, pero sobretodo a causa de la enorme avaricia de algunos inmensos grupos económicos que últimamente deforestaron vastos territorios (especialmente en el Mato Grosso), con la intención de cultivarlos de soya y utilizarlos para la ganadería de bovinos.
Mi viaje en la Amazonía brasilera comenzó en Tabatinga, en la frontera entre Colombia y Perú. Se entra en el estado brasilero del Amazonas, el cual posee una extensión de 1,5 millones de Km².
En Tabatinga, el agua del Río Amazonas ya ha recorrido 4050 kilómetros desde su fuente y le faltan todavía 2942 para llegar al océano.
Tabatinga es un pueblo de unos 50.000 habitantes. Hay una vía central llamada Avenida da amistade, a través de la cual se llega a Leticia, en Colombia.
Luego, hay muchas otras calles transversales repletas de vendedores de fruta, hortalizas y otros productos de primera necesidad.
Justo cerca al puerto se encuentra el malecón (orla en portugués), donde se puede observar el Río Amazonas mientras que se bebe una gaseosa a base de guaraná, una planta común en la Amazonía, conocida por sus efectos estimulantes y antioxidantes, o sorbiendo un jugo de arazá o copuassú, típicos frutos amazónicos.
En Tabatinga se come un exquisito piracucú y se bebe cerveza Antártica, servida helada en termos de plástico, con el fin de mantenerla fría.
Pocos días después, me embarqué en el Voyager III, un gran barco de dos pisos con exagerado sobrecupo de pasajeros.
Como ya se habían vendido todos los camarotes, tuve que adaptarme al puente 2, durmiendo en hamaca, en estrecho contacto con otros viajeros. En total, éramos 200 individuos (100 por cada puente).
Después de muchas horas de espera, hacia las 3 de la tarde, finalmente el Voyager III partió serpenteando, perdiéndose en la inmensidad del río Amazonas.
La primera parte del viaje fue una travesía de 3 días y 3 noches navegando de Tabatinga a Manaus, un recorrido de aproximadamente 1600 kilómetros. Los brasileros llaman Solimões a esta parte del Río Amazonas. Parece que este nombre proviene de los indígenas Tupí Guaraní que vivían en la zona, pero otras versiones sostienen que deriva de las palabras portuguesas só limões, sólo limones, probablemente porque los terrenos circundantes se usaron como extensas plantaciones de limones en los siglos pasados.
Después de más o menos media hora, el Voyager III pasó frente a la desembocadura del Javarí, afluente de un poco más de mil kilómetros de largo, que marca la frontera entre Brasil y Perú. A lo lejos se ve el pueblo de Benjamin Constant, de aproximadamente 25.000 habitantes y sede de universidad.
Durante la tarde del primer día, navegamos a través del área indígena Tikuna Erare y atracamos en la comunidad autóctona de Feijoal. Es una humilde aldea conformada por 20 o 25 casas de madera, aunque el territorio circundante asignado a los Tikuna es enorme, de aproximadamente 10.000 Km², donde viven otros nativos sumergidos en la naturaleza.
Los Tikuna viven de la agricultura, la pesca y la ganadería. Su sistema económico está basado en el autoconsumo.
Por la tarde, el barco vuelve a partir. Ya es de noche y casi no puedo dormir. La barcaza cruje, parece que se adaptara a las sinuosidades del río y al fuerte viento.
Durante la noche, se hace una parada en el pueblo de San Paulo de Olivensa y a las seis de la mañana, cuando la niebla esconde todavía los meandros del río, se atraca en Amaturá, otro pueblo del Solimões, de casas multicolores.
Luego, se prosigue el viaje y poco después se pasa por la desembocadura de un gran afluente, el Putumayo, llamado Içá por los brasileros.
El Putumayo nace en Colombia y tiene una longitud de 1645 kilómetros. Después de aproximadamente un kilómetro de su desembocadura, nos detuvimos en el poblado de San Antonio de Içá. Es un gran pueblo que vive de agricultura (arroz, yuca, fruta), pesca y comercio con los asentamientos situados a lo largo del Putumayo.
San Antonio do Içá es el puerto base para el viaje en Colombia hacia Puerto Asís (ciudad que no está lejana de Pasto), en unos 20 días de navegación.
Después de más o menos una hora de escala, se retoma el viaje. El Voyager III prosigue lentamente a lo largo del Solimões y los pasajeros, atónitos frente a tanta inmensidad, observan el panorama, seguros de no haber visto nunca algo tan enorme. El Solimões es cada vez más grande y mi cámara fotográfica por poco no logra abarcarlo todo.
De repente, diluvia como si el mundo se fuera a acabar. Los truenos casi rompen los tímpanos y la temperatura del aire baja a 16-18 grados Celsius.
Luego de una hora, sale el sol, el cual disipa las nubes y quema la piel. Los viajeros se agrupan en el puente 3 escuchando música y tomando cerveza Antártica.
Por la noche se llega a Jutaí, pueblo de unos 20.000 habitantes en la desembocadura del homónimo río.
 

 Navegacíon cerca de Santarem

A la mañana siguiente, se despierta alrededor de las 5.30. Diluvia impetuosamente y la niebla no permite ver las orillas, pero dura poco, porque ya a las seis el sol vence una vez más y las nubes se disuelven, evaporándose rápidamente. El cielo vuelve a ser nítido y los colores amazónicos esplenden de nuevo: el verde intenso de la jungla, el marrón del río y el azul brillante del cielo. Muy pronto, se llega a una aldea indígena a la cual le da sombra una inmensa seiva de unos 40 metros de altura.
Al mediodía, se pasa por la desembocadura del Caquetá (Japurá para los brasileros), un afluente majestuoso de casi 3000 kilómetros de largo cuya fuente está situada en Colombia y en cuya cuenca hay zonas de rara belleza como el parco Chiribiquete, donde se encuentran pictogramas que se remontan al mesolítico.
En la desembocadura del Caquetá en el Río Amazonas, se perciben grandes cantidades de residuos vegetales que flotan por varios kilómetros río abajo.
Por la tarde, se llega a Tefé, pueblo de 70.000 habitantes, situado en una curva del lago homónimo, sede de aeropuerto e importante zona comercial.
Tefé fue fundada a inicios del siglo XVIII, cuando los portugueses se enfrentaron con los españoles, intentando apropiarse de los territorios del Solimões, anteriormente de propiedad española. En 1709, la Corona portuguesa asignó al asentamiento del lago Tefé la categoría de ciudad (vila) y fue llamada Ega. Sólo en 1833 volvió a llamarse Tefé en honor a su viejo nombre.
Hoy, Tefé es un punto comercial de gran importancia. Se produce arroz, mandioca, fruta, castaña, pescado seco para exportar, como piracucú y tambaquí.
La navegación continúa. De noche se llega a Coarí, otra parte importante del Solimões. Es una ciudad de 84.000 habitantes, la cual ha estado desarrollándose mucho en los últimos años. Coarí, que fue fundada a principios del siglo XVIII por el padre Samuel Fritz, es hoy un importante núcleo de comercio. La compañía petrolífera Petrobras extrae petróleo y gas natural de esta zona, y se está construyendo un gaseoducto para Manaus, a 375 kilómetros de distancia.
La ciudad se conecta con Manaus a través de embarcaciones veloces y es sede de aeropuerto y helipuerto.
La empresa petrolífera atrajo a Coarí a muchas personas en busca de trabajo. Algunas de ellas lo hallaron, pero otras no pudieron aprovecharse del desarrollo traído por Petrobras y viven del rebusque en los márgenes de la ciudad.
Después de una hora de parada en el puerto de Coarí, el Voyager III vuelve a partir. Ya es de noche y los pasajeros se preparan para la última noche a bordo.
A las seis de la mañana del día siguiente, el Voyager III hace escala en la comunidad de Anori. Rápidamente se vuelve a salir y después de aproximadamente una hora, se pasa por la desembocadura del Purús, el más largo afluente del Río Amazonas, cuyas fuentes se encuentran en Perú, en el departamento del Ucayali.
Luego de una hora de viaje, se hace una parada en Manacapurú, ciudad de 100.000 habitantes en promedio, no muy lejos de Manaus. Ahí empieza la parte final de la navegación, la cual dura unas dos horas hasta la confluencia con el Río Negro.
Cuando el Río Negro, cuya fuente es el Guainía, en Colombia, desemboca en el Río Amazonas, las aguas de los dos ríos no se mezclan. La azul del Río Negro y la marrón del Río Amazonas permanecen separadas por varios kilómetros hasta que las aguas marrones del Río Amazonas ganan el duelo titánico.
En la confluencia entre el Río Negro y el Río Amazonas, el nivel del río se encuentra a sólo 15 metros sobre el nivel del mar. Este desnivel se supera en los siguientes 1600 kilómetros de río hasta el océano: eso explica por qué la corriente del Río Amazonas es tan débil, exceptuando algunas partes.
Es de notar que el Río Negro, en algunos puntos cerca de la ciudad de Manaus, tiene aproximadamente 80 metros de profundidad. Por consiguiente, su fondo está bajo el nivel del mar.
El Voyager III navega contracorriente en el Río Negro y cuando menos se piensa, las industrias de la ciudad de Manaus dominan el panorama: refinería, cemento y varias bodegas. Grandes naves mercantiles están ancladas frente al puerto industrial y los helicópteros despegan del aeropuerto militar construido cerca al río.
A lo lejos se ven los pilares en construcción de lo que será un novedoso puente que, una vez terminado en el 2015, unirá las dos orillas del Río Negro. Poco tiempo después, surge Manaus, la capital del estado de Amazonas. Se ve en el puerto a los pasajeros con sus botes, el trajín de los viajeros y algunos lujosos yates a lo lejos.
En pocos segundos, se atraca y se entra en las intricadas vías del mercado, repletas de personas.
Manaus, hoy una importante ciudad de aproximadamente 1,8 millones de habitantes, sede de tres aeropuertos y de un concurrido puerto comercial, tiene una historia centenaria. Fue fundada en 1669 por el capitán Francisco de Mota Falcao, con el nombre de Forte de San José da Barra do Rio Negro. No obstante, sólo en 1807, una vez obtenida la sede de la Capitanía, la ciudad adquirió importancia y atrajo, además del gobernador y de sus burócratas, a emprendedores y mercaderes. En 1856, cuando fue oficialmente rebautizada Manaus, contaba con 35.000 habitantes. En 1879, empezó a explotarse industrialmente el árbol llamado hevea brasiliensis, cuyo caucho era muy demandado en Norteamérica y en Europa para la fabricación de neumáticos y de otros componentes para la industria.
En poco tiempo, Manaus se convirtió en una importantísima ciudad. Enormes inversiones hicieron posible la explotación de vastas áreas amazónicas, especialmente en la cuenca del Río Madeira. La ciudad se benefició de este flujo de dinero y se construyeron acueductos, alcantarillados y plantas eléctricas. En 1896, se inauguró el grandioso Teatro Amazonas, que atrajo a músicos y a artistas de todo el mundo. En aquellos años, se edificaron otros suntuosos palacios y se inauguró un tren eléctrico. En 1900, la población contaba ya con 73.000 habitantes.
El monopolio amazónico del caucho duró poco: algunas semillas de su árbol fueron transportadas ilegalmente a Malasia y algunas empresas extranjeras lograron producirlo a precios más competitivos que los amazónicos.
En pocos años, muchas empresas cerraron y los trabajadores se quedaron sin empleo. Muchos de ellos se transfirieron de las zonas rurales a Manaus en busca de un mejor nivel de vida. En 1950, su población alcanzó los 280.000 habitantes, pero los ingresos y el nivel de vida eran muy bajos. Sólo en 1967, cuando el estado brasilero decidió crear la zona franca de Manaus, libre de impuestos, muchas fábricas se establecieron allí, creando nuevos empleos y un nuevo flujo de capital.
Hoy se tiene la impresión de que Manaus está creciendo demasiado.
Es un polo industrial, donde se halla una refinería de petróleo y varias fábricas de electrodomésticos y de material electrónico. Al mismo tiempo, es un centro turístico, donde numerosos cruceros atracan durante todo el año. Además, es una importante zona comercial: en los últimos años se edificaron enormes shopping centers al estilo estadounidense. Su inauguración creó muchos empleos, pero en mi opinión, cambió el panorama de una ciudad que se caracterizaba por sus antiguos mercados locales.
No muy lejos de Manaus está el barrio de Ponta Negra, donde se construyeron edificios residenciales de hasta veinte pisos de altura. En Ponta Negra hay una playa sobre el Río Negro. En el malecón se puede comer el exquisito pescado tambaquí y beber cerveza Skull.
En Manaus permanecí cinco días. Luego, decidí continuar el viaje y me embarqué en el barco Golfinho Azul (delfín azul) hacia Santarém.
Pocos minutos después de partir, la embarcación pasó por el famoso encontro das aguas, donde el Río Negro desemboca en el Río Amazonas. Por muchos kilómetros, las aguas de los dos ríos no se mezclan, ya que tienen diferente densidad y composición.
Se navega durante toda la tarde, sumergiéndose cada vez más en la inmensidad de un río que parece ser un colosal lago circular, ilusión óptica causada por su anchura, hasta llegar a Itacotiara, ciudad de aproximadamente 100.000 habitantes, conectada con Manaus por una buena carretera. Ya es de noche y mientras las luces de Itacotiara se debilitan en el horizonte, los pasajeros se preparan para pasar otra noche durmiendo, en hamaca, en el puente de cubierta.
A la mañana siguiente, al despertar, se está atracando en el puerto de Parintins, una ciudad famosa por las fiestas de junio, llamadas Boi-Bumbá, festival folclórico dedicado a los bovinos, muy numerosos en la zona.
La navegación continúa. Hacia las diez de la mañana, se atraca en Jurutí, pueblo de unos 35.000 habitantes, situado en la orilla derecha del Río Amazonas. Por la tarde, se hace escala en Obidos, el cual tiene en promedio 50.000 habitantes y el cual se encuentra en el punto más estrecho del Río Amazonas, de sólo 1900 metros. En esta zona la corriente es muy fuerte y la profundidad es de récord: de aproximadamente 100 metros.
Por la noche, se llega a Santarém, ciudad de 300.000 habitantes, construida en la confluencia del Río Tapajós con el Río Amazonas.
En Santarém permanecí dos día e hice una interesante excursión a una playa maravillosa, llamada Alter do Chao, situada en el Río Tapajós. Es una lengua de arena rodeada de palmas, por lo que se le llama caribe amazonense.
Santarém es una ciudad tranquila, de la cual me fui después de haber recuperado las fuerzas, embarcándome en una nave más pequeña llamada “Tio Nezinho”, con destino a Monte Alegre, ciudad situada a 120 kilómetros río abajo de Santarém, al interior de una laguna paradisíaca.
Se necesitan seis horas de navegación para llegar a Monte Alegre. Por la noche, a lo lejos, se ven luces que con el pasar de los minutos se hacen cada vez más grandes, hasta poder reconocer el contorno de las casas y del muelle.
Monte Alegre está ubicada en una colina de 150 metros de altura respecto al Río Amazonas y es conocida porque en los alrededores hay pinturas rupestres que se remontan a la era mesolítica.
Al otro día, visité el yacimiento arqueológico de Monte Alegre, situado en la “Sierra da Lua” (montañas de la luna). Se pueden apreciar pictogramas de figuras antropomorfas y zoomorfas y algunas representaciones del sol y de la luna. No muy lejos está la caverna de Piedra Pintada, lugar que fue estudiado por un grupo de arqueólogos a fines del siglo XX. Algunas pruebas de carbono 14 hechas a varios restos óseos humanos comprobaron que la zona estaba habitada hace 10 milenios antes de Cristo. De esta manera, Monte Alegre resulta ser uno de los asentamientos más antiguos de todo el continente americano.
A las cinco de la mañana del día siguiente, me embarqué en el “Comandante Joao Quirino” con destino a Macapá.
Después de unas cuatro horas de navegación, se llega a Prainha, un pequeño centro de pescadores en la orilla del Río Amazonas.
Navegando en este río colosal, el cual en Prainha tiene una anchura de siete kilómetros, se tiene consciencia de la inmensidad de la cuenca amazónica. Entre un pueblo y otro hay en promedio 80-100 kilómetros. Solamente el estado de Pará, por ejemplo, tiene 1.2 millones de Km² y el territorio municipal de Altamira, ciudad de unos 100.000 habitantes en las orillas del Xingú (afluente del Río Amazonas), tiene 160.000 Km², más que Inglaterra. Este último dato da una idea no sólo de la grandeza, sino de la baja densidad de población de toda la cuenca amazónica.
Se continúa navegando.
Hacia las tres de la tarde, se llega a la aldea de Almerim, donde nuestro barco hace una parada de dos horas. Se cargan bultos de maíz y de harina de mandioca, los cuales serán posteriormente vendidos en el mercado de Macapá.
Al anochecer, se navega en la desembocadura del Jarí, en la orilla izquierda del Río Amazonas. Ya es de noche. La embarcación navega en el río iluminado por la luna. A nuestra derecha está la Ilha grande de Gurupá, cuyo nombre deriva del homónimo pueblo situado en el brazo opuesto del río, que llega al estrecho de Breves, en dirección a Belém.
A la mañana siguiente, al despertar, se está en el puerto de Santana, a media hora de Macapá en carro, la capital del estado de Amapá.
Macapá es una ciudad caracterizada por amplias calles y tiene un pequeño puerto donde se embarca hacia la Isla de Marajó (a los pueblos de Afuá y Chaves). Caminando en el malecón se ven algunas islas lejanísimas al horizonte.
Aquí, el río es muchísimo más agitado, tanto que parece un mar de agua dulce y hay una fuerte marea que deja a los barcos en tierra por la noche. Esta es la razón por la que las embarcaciones más grandes que navegan hasta Belém o Santarém atracan en Santana, a unos 30 minutos en carro de Macapá.
De noche, caminando por el puerto, me detengo a observar los barcos pesqueros y los botes en tierra. Me como un exquisito pescado a las brasas llamado tucunaré, mientras que sorbo guaraná en un quiosco ubicado en el muelle.
Permanecí dos días en Macapá, durante los cuales visité el fuerte Sao Josè do Macapá, construido por los portugueses en 1758 para defender la ciudad y vigilar el estuario del Río Amazonas, donde a menudo hacían incursiones piratas franceses e ingleses.
La última parte de mi viaje a través del Río Amazonas fue el trayecto Santana-Belem do Pará.
Me embarqué en la nave “Coronel Joao Julio”, cuyas condiciones eran precarias y la cual tenía exagerado sobrecupo de pasajeros. Por desgracia, en la Amazonia hay que resignarse a viajar en condiciones no siempre ideales, puesto que los barcos viajan demasiado cargados de pasajeros y mercancías, y las condiciones ambientales (calor húmedo durante el día y frío punzante por la noche) no facilitan el recorrido. Durante la primera parte del viaje, navegamos a través de las decenas de islas que forman el intricado estuario del Río Amazonas. Luego, a las siete de la noche, nos metimos en el estrecho de Breves, el brazo del Río Amazonas que más adelante desemboca en el océano, en la bahía de Guajará.
A las tres de la mañana, nos detuvimos en Breves, donde los trabajos de carga y descarga de mercancía duraron hasta el alba. Luego, retomamos la navegación, costeando la isla de Marajó a nuestra izquierda. Ya era de día y el río, que en esta parte se le llama Pará, se había ensanchado muchísimo otra vez.
La isla de Marajó tiene una extensión de 47.000 Km². En su interior hay enormes pastizales y en el pasado fue la cuna de la importante cultura del pueblo Marajoara, famoso por sus creaciones en cerámica.
Hacia las diez de la mañana pasamos de largo por el poblado de Couralliño y posteriormente el barco se encauzó por un canal entre la isla de Marajó y otras islas menores. La zona está habitada por colonos que viven de la pesca y de agricultura de subsistencia. Algunos de ellos se acercaron en piraguas a nuestra embarcación pidiendo, de lejos, ropa, lapiceros y otros objetos. Uno que otro pasajero lanzó bolsas de plástico con camisas y otra ropa usada.
Poco después, sucedió algo extraño: una piragua conducida por un hombre acompañado de esposa e hija se acercó peligrosamente a nuestro barco. El hombre logró enganchar su bote al nuestro y abordar. Es una maniobra difícil y arriesgada, pero se efectuó con éxito. Luego, el hombre subió a cubierta con el propósito de vender fruta y camarones a los pasajeros. Este es otro ejemplo de lo difícil que es sobrevivir en estas islas contiguas a Marajó, puesto que esta gente está dispuesta a arriesgarse abordando un barco que viaja velozmente sólo para poder ganar algo de dinero.
Después de mediodía, navegamos en el brazo principal, llamado Pará, y a lo lejos puede verse la desembocadura del último gran afluente del Río Amazonas, el Tocantins.
Luego, cuando se ve de lejos un puerto industrial, señal de que la ciudad de Belém no está lejos, sucede lo imprevisto: el comandante de nuestro barco se entera vía radio de que a otra embarcación de la misma naviera, el “José Neto”, que estaba navegando en dirección Macapá, se le rompió la hélice y que se encuentra a la deriva. El transbordador en apuros está a 30 minutos de camino detrás de nosotros.
El comandante decide regresar para socorrer al “José Neto”, arrastrándolo hasta Belém.
En efecto, en más o menos media hora, se alcanza la embarcación averiada y después de haberla conectada a la nuestra con gruesas cuerdas, se retoma la ruta hacia Belém, esta vez con velocidad reducida.
Pocos minutos después, se encauza en algunos canales estrechos donde la vegetación es exuberante: palmas, manglares y árboles de fruta, un verdadero paraíso.
Luego, a las seis de la tarde, se entra en un ancho canal que conduce a Belém. Empieza a llover y a ventear muy fuerte.
Llegando a Belém, se perciben de lejos numerosos edificios altos, construidos recientemente.
A continuación se atraca en el puerto y, bajo una densa lluvia, comienza el proceso de desembarque, mientras los maleteros se encargan de transportar el equipaje de los pasajeros y los taxistas esperan clientes para llevarlos fuera del área portuaria.
Después de una noche en un hotel del centro, decidí embarcarme hacia la isla de Marajó, prometiéndome visitar Belém algún día después.
De esta manera, al día siguiente viajé en un barco en dirección a Camará, lugar donde se atraca en la isla de Marajó.
Allí visité los asentamientos de Salvaterra y Soure. Ambos son pueblos que viven de la pesca, agricultura y ganadería de búfalos. La isla de Marajó es un ecosistema único en el mundo. Está rodeada casi completamente por agua dulce del Río Amazonas, sobretodo en la parte norte, que está frente al litoral de Macapá.
En la parte sureste, donde está la bahía de Guajará, el agua es dulce durante la estación de lluvias (de enero a junio) y salobre durante la estación seca (de julio a diciembre), en la cual, efectivamente, el río descarga menos agua en el océano y a causa de las mareas, el agua salada del mar entra con más fuerza en el estuario.
En el poblado de Soure, el Río Amazonas desemboca en el Océano Atlántico. Es emocionante ver el enfrentamiento de las plácidas aguas del río con las violentas del océano. En la inmensa isla Marajó hay varios asentamientos (el más grande es Breves), pero a duras penas están conectados entre ellos.
La isla y sus habitantes no están abandonados a su suerte, ya que el gobierno federal de Brasil dicta cursos de agricultura familiar, con el propósito de incentivar a la población a quedarse en la isla. De esta manera, se intenta disminuir el flujo de personas que abandonan Marajó para ir a vivir a la ciudad de Belém, en busca de un futuro mejor.
Al volver a Belém, me alojé en un hotel del centro. Es una ciudad enorme, mucho más grande que Manaus e incluyendo su área metropolitana, supera los dos millones de habitantes.
Fue fundada en 1616, cuando Francisco de Caldeira do Castelo Branco construyó el fuerte Presepio, con el fin de defender la entrada sur del Río Amazonas de incursiones de franceses y holandeses. En el siglo siguiente, Belém fue la capital del inmenso estado llamado Grão Pará y asumió gran importancia como puerto fluvial.
Hoy, Belém es una enorme ciudad conectada con el noreste y con el sur del Brasil por medio de vías pavimentadas. En las cercanías hay varias zonas industriales y comerciales. Desde que se inauguró la gran diga de Tucuruí, en el Río Tocantins, en 1984, la ciudad de Belém puede contar con un continuo flujo de energía eléctrica, la cual se genera sin contaminar el ambiente.
El centro histórico de Belém es fascinante, con el típico mercado Ver-o-peso, donde se puede comprar cualquier tipo de planta medicinal, fruta y pescados amazónicos. Luego, se puede caminar en el área portuaria llamada Docas, la cual fue recientemente restaurada y donde hay restaurantes y almacenes elegantes.
Belém es una ciudad encantadora y en continua transformación, pero por desgracia, hay persistentes problemas de desocupación, criminalidad y suciedad.
En Belém finalizó mi viaje a través de la Amazonía brasilera.
La impresión general es que la explotación de esta área del planeta, de enorme importancia para el equilibrio climático de la Tierra, no se ha planificado racionalmente.
La destrucción de la selva tropical con el fin de vender leña, es aún hoy una de las fuentes económicas más importantes de toda la Amazonía. Sin embargo, quien deforesta no tiene los suficientes conocimientos de agronomía para poder utilizar adecuadamente el suelo y para poder volver a sembrar árboles. Además de la pérdida de la biodiversidad, el territorio se empobrece y se vuelve improductivo.
Otro problema, relacionado en parte con el anterior, es el bajo nivel cultural de la población amazónica. Los niños no tienen acceso a colegios de buen nivel, sustancialmente porque los recursos económicos son escasos. En toda la Amazonía se percibe un bajo índice de educación cívica y lamentablemente, esto repercute en el ambiente.
Pocos días después, cuando abordo el avión que me regresará a Colombia, experimento algo de nostalgia pensando en los maravillosos paisajes y en las personas conocidas durante este viaje.

YURI LEVERATTO
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