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El Parque Nacional de Pilón Lajas es una de las últimas áreas protegidas de Bolivia. Junto a los parques del Madidi, Noel Kempff Mercado y Tipnis (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Secure), es una de las cuatro joyas de inconmensurable valor naturalista de Bolivia.
De una extensión de aproximadamente 4000 kilómetros cuadrados, lo ocupa en gran parte el valle del Río Quiquibey, un afluente del Río Beni. El valle está delimitado por dos largas cordilleras que corren en dirección sureste/noroeste: Pilón Lajas y Muchanes.
En lo que concierne a lo antrópico, en el Parque Nacional Pilón Lajas viven dos etnias de indígenas: los tímidos Tsimane y los más afables Mosetenes, que además de algunos pueblos a lo largo de las orillas del Río Quiquibey, viven también en el Río Beni, en las faldas de la cordillera Muchanes.
Estos pueblos en general viven en aldeas de 10-12 cabañas, practican la agricultura de subsistencia y aman cazar y pescar.
El Río Quiquibey es riquísimo en peces: pacú, pintado, yatorana, surubí, bagre, velea. En las selvas del parque pululan animales que los indígenas cazan (sólo para el consumo y no para el comercio); principalmente capibara, cervatillos y tapires.
Mi exploración en el Parque comenzó en Rurrenabaque, una pequeña ciudad ubicada en las orillas del Río Beni, de donde el año anterior había emprendido la expedición para identificar y estudiar la imponente fortaleza megalítica de Ixiamas y luego la expedición al Río Alto Madidi y al Río Hondo. Sin embargo, en esta ocasión, después de haber contactado a un guía, me dirigí en una gran camioneta hacia el pueblo de El Palmar, de donde empezamos a caminar hacia la cordillera de Pilón Lajas. Teníamos víveres suficientes para diez días de exploración.
Después de alrededor de dos horas de caminata, cuando estábamos acercándonos a la cordillera, nos cruzamos en el camino con algunos indígenas Tsimane muy introvertidos y tímidos. Nos dijeron que su comportamiento de extrema desconfianza hacia los forasteros se debe al hecho de que, meses atrás, grupos de bolivianos provenientes de las zonas altas del país intentaron establecerse en sus tierras. En todo caso, nos señalaron el camino correcto hacia la cordillera, a través de una densa selva al lado del torrente Baltazar, en cuyas orillas acampamos hacia las 5 de la tarde. Un fuerte croar de ranas me impidió conciliar el sueño inmediatamente.
Al otro día, después de un abundante desayuno, comenzamos a caminar en dirección de la cordillera. A un cierto punto el sendero se distanció del Río Baltazar y se dirigió hacia la montaña. Durante la caminata entrevimos extrañas formaciones pétreas naturales, que de lejos parecían castillos encantados. Alcanzamos la cima (de aproximadamente 950 msnm) a las dos de la tarde.
Estábamos muy preocupados porque no encontrábamos riachuelos. La única solución era resistir a la sed esperando encontrar un curso de agua en la vertiente del Río Quiquibey. Después de unas dos horas de difícil descenso nos detuvimos a escuchar. En efecto, se podía distinguir un lejanísimo chapoteo, indicio de que el riachuelo no estaba lejos. De hecho, después de media hora llegamos a un torrente impetuoso en cuyo lecho había inmensos peñascos. Cerca de allí acampamos. Nos encontrábamos a una altura de 520 msnm, en pleno bioma de selva alta.
Después de cenar, me acerqué al torrente para lavarme los dientes. Mi linterna iluminó una enorme araña. Alumbrando las rocas contiguas al curso de agua, me di cuenta de que el torrente estaba infestado de tarántulas. Temblé con la idea de ser picado por aquellos arácnidos, de manera que me metí rápidamente en la carpa.
Al día siguiente continuamos nuestra exploración descendiendo con dificultad por el lecho de aquel impetuoso torrente. Después de unas seis horas de caminata a lo largo de un sendero que íbamos abriendo con el machete, llegamos por fin a las orillas del Río Quiquibey.
En aquel lugar acampamos y mi guía pescó un gran pez llamado coloquialmente velea, el cual cocinamos a las brasas.
Al otro día caminamos a lo largo de las orillas del Río Quiquibey siguiendo la dirección de la corriente. No obstante, sus viscosas y fangosas orillas dificultaban nuestro paso. Decidimos así entrar de nuevo a la selva, bordeando el río, con el fin de avanzar gastando menos energías. Durante la caminata escuchamos gritos estridentes de simios que nos observaban espantados desde lo alto de frondosos árboles. Sólo hacia las cinco de la tarde llegamos por fin a una amplia playa donde acampamos. En las cercanías había árboles de corcho, ya secos, y entonces decidimos que al día siguiente construiríamos una balsa. El quinto día de nuestra exploración lo ocupamos en la construcción de la misma, formada por seis robustos troncos de corcho de unos seis metros de largo. Al otro día empezamos a fluctuar a lo largo del curso de la corriente, pero el lento flujo de ésta no nos permitió avanzar mucho. Nos hallábamos a más o menos cien kilómetros de río de la desembocadura del Río Quiquibey en el Río Beni y, por tanto, el propósito de llegar a Rurrenabaque en balsa parecía muy arduo y complicado, además de extremadamente largo.
Durante la navegación vimos un gran tapir que atravesaba el río cerca a nuestra balsa, en un tramo donde el agua no era profunda. Más adelante pude observar un rápido escurrir de peces, algunos muy gordos, aunque veloces.
Durante un difícil pasaje, donde la balsa se atoró entre gruesas rocas, noté que una insidiosa raya de río estaba a pocos centímetros de mi pie, con el riesgo de que su potente aguijón me perforara la pantorrilla.
Hacia las cinco de la tarde encontramos a un grupo de Tsimane dispuestos a pescar. Nos invitaron a dormir en su comunidad, llamada Bolzon.
Al otro día por la mañana proseguí a pie junto a un indígena hasta el pueblo siguiente, ubicado a dos horas de camino. Fue una caminata difícil ya que el sendero estaba obstruido por la vegetación. Al fin llegamos al Río San Luis (afluente del Río Quiquibey), que tiene sus fuentes en la cordillera de Muchanes. Después de haberlo atravesado con el agua hasta la cintura, llegamos a la comunidad de San Luis, habitada por Mosetenes, en total dieciocho familias. Acampé en las cercanías del pueblo y pasé el día descansando. Hacia las cinco de la tarde bandadas de papagayos amarillos graznaban insistentemente pasando de un árbol a otro.
El otro día lo pasé en la comunidad. En general, los Mosetenes son gentiles, aunque muy introvertidos. Por desgracia constaté que los niños son completamente analfabetas y que algunos de ellos sufren de ciertas enfermedades a causa de picaduras de insectos y garrapatas, muy numerosas en la zona.
Al día siguiente inicié el viaje de regreso a Rurrenabaque en una embarcación tipo peque-peque (motor de 16 caballos, muy manejable y con poco calado). Durante el viaje, el conductor me mostró otras comunidades, algunas de Mosetenes y otras de Tsimane.
Nos detuvimos en la comunidad de San Luis Chico, donde comimos frugalmente. El sol era fortísimo y los insectos no daban tregua. Sólo a las cinco de la tarde llegamos por fin a la desembocadura del Río Quiquibey en el gran Río Beni. A continuación navegamos en el Río Beni por otras dos horas hasta llegar, después de una jornada entera de viaje, a Rurrenabaque.
YURI LEVERATTO
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