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Expedición en la selva de Rondonia: el descubrimiento de la Fortaleza del Río Madeira (+ Videos)
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Expedición en la selva de Rondonia: el descubrimiento de la Fortaleza del Río Madeira (+ Videos)

Son varios los escritores españoles de los siglos XVI y XVII que describieron la expansión de los Incas hacia la Amazonía, hacia un poderoso reino o quizás una confederación de tribus denominada “Paititi”.
Esta tierra legendaria, cuya etnia dominante estaba aleada con los Moxos, se situaba al noroeste del Río Guaporé, hoy territorio brasilero.
El primer texto que describe las conquistas de Pachacútec en la selva baja amazónica es la Relación de los Quipucamayos a Vaca de Castro (1544), donde se menciona la construcción de dos fortalezas en las llanuras amazónicas con el fin de delimitar el imperio y controlar a los pueblos que vivían más allá de la frontera.
El obispo español de La Paz, Nicolás de Armentia (1845-1909) describió la edificación de dos fortalezas en su libro “Descripción del territorio de las misiones franciscanas de Apolobamba”. He aquí un pasaje:

...(El Inca) terminó comunicarse com el Gran Senor del Paititi y por via de presentes, y mando el Inga que lê hiciesen junto al Rio de Paititi dos fortalezas de su nombre por su memória de que habia llegado allí su gente...

Cuando murió Pachacútec, como los pueblos de la selva se negaban a pagar tributo a Cusco, el nuevo inca Túpac Yupanqui decidió organizar una expedición militar para someter a los pueblos amazónicos y poder así acceder a sus recursos (coca, oro, etc.). El escritor español Sarmiento de Gamboa transmitió esta segunda campaña militar en su Historia de los Incas (1572). A continuación, un fragmento de su libro:

Y por el camino que ahora es llamado Camata, (Túpac Inca Yupanqui) envió a otro gran capitán llamado Apo Curimache, quien fue hasta donde nace el Sol y caminó hasta el Río del cual ahora se ha tenido otra vez noticia, llamado “Paititi”, donde están los Moxos del Inca Topa.

En el libro de Sarmiento Gamboa se especifica que el general Otorongo Achachi fue el encargado de custodiar las dos fortalezas que habían sido erigidas por Pachacútec.
Hay, además, otros documentos antiguos (Felipe de Alcaya y Francisco Sánchez Gregorio en las Crónicas de Lizarazu de 1635) que narran sobre la presencia permanente de algunos descendientes de la familia real inca en el Río Guaporé (ver mi artículo: La fuga del inca Guaynaapoc a la misteriosa tierra del Paititi).
 

 

 

Luego de estudios de varios arqueólogos, entre los cuales el finlandés Parsinnen, se identificó la primera fortaleza incaica en la selva baja amazónica. Se trata de la fortaleza de Las Piedras, ubicada cerca a las orillas del Río Beni, casi en la confluencia de este río con el Río Madre de Dios, en territorio boliviano. Al interior de ella fueron hallados muchos restos de cerámica de clara procedencia inca.
Efectuado el descubrimiento de Las Piedras permanecía entonces un interrogante: ¿dónde estaba situada la segunda fortaleza inca que es mencionada en las crónicas antiguas?
En mi reciente viaje a Rondonia pude llevar a cabo dos expediciones en las cuales profundicé en la posibilidad de que estas viejas crónicas concuerden con la realidad arqueológica.
Junto con algunos investigadores brasileros avancé en la investigación de la ciudad perdida de Laberinto, lugar enigmático que pudo haber sido utilizado por algunos descendientes de la familia real incaica con fines ceremoniales.
Luego supe de la posibilidad de encontrar ciertas extrañas ruinas en la selva situada en la vertiente norte del Río Madeira, aún en el estado de Rondonia. Por consiguiente, decidí organizar una segunda expedición en tierra brasilera.
Primero viajé a Abuná, un pueblito ubicado en las orillas del Río Madeira, donde tuve contacto con varios ancianos que me confirmaron la presencia de ruinas poco identificadas en un sitio localizado a aproximadamente un día de camino de la orilla opuesta del Río.
Enseguida conocí al guía local Francisco Chogo dos Santos, quien consintió en acompañarme junto con el ayudante Saviano Bebizao.
A la mañana siguiente llegamos la orilla del Río Madeira y, con la colaboración de un barquero, navegamos hasta un punto situado más allá del río, a más o menos una hora de navegación de Abuná. De aquel punto comenzamos a caminar en dirección noreste, en la selva adyacente al Río Madeira.
Es una zona de selva densa e inundada; en efecto, en muchos tramos nos llegaba el agua a las rodillas. Después de aproximadamente una hora de caminata, avanzando a golpes de machete, nos encontramos frente a un río bastante hondo llamado Simauzinho. Su travesía fue muy complicada no sólo porque la profundidad alcanzaba un metro y sesenta centímetros, sino también porque el agua era turbia y el fondo fangoso.
Lo crucé con el agua hasta el pecho, alzando mi mochila de manera que no se mojase, temiendo un ataque de serpientes, caimanes o rayas de río, numerosísimas en aquella región.
Continuamos caminando durante toda la jornada hasta llegar a un lugar donde había varios peñascos gigantescos en pleno corazón de la selva.
La imposibilidad de lograr nuestro objetivo del día nos convenció de la necesidad de preparar un campo base en las proximidades de aquellos riscos, sobre todo porque en la zona había un arroyo donde corría agua fresca y pura.
Mientras mis guías encendían el fuego para cocinar, procedí a explorar el área, percatándome de estar caminando encima de la denominada terra preta amazónica, un suelo rico en restos antrópicos tales como huesos triturados de animales de corral (gallinas y patos) y pedazos de cerámica utilitaria, signos de antigua presencia humana allí.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la mañana siguiente proseguimos avanzando hacia nuestra meta: una alta colina de origen volcánico situada a unos 15 kilómetros del Río Madeira.
En dos horas de caminata llegamos a las faldas del alto cerro rocoso. Me di cuenta de inmediato de que me hallaba en un lugar particular donde antiguos pueblos vivieron en el pasado, aprovechando la posición elevada sobre la selva baja amazónica.
En la cima de las colinas pedregosas avistamos una alta muralla de hasta un metro de espesor y, en algunos puntos, de hasta dos metros de altura.
Después de haber entrado a la antigua construcción pude darme cuenta de su grandeza y extensión. Se trata de una muralla defensiva que circunda toda la colina rocosa. Su diámetro es de aproximadamente 200 metros,  mientras que su longitud total, o bien, su circunferencia, alcanza los 600 metros.
Desde el interior de la obra se puede observar la selva baja amazónica de una posición elevada y privilegiada. Además, se logra divisar una parte del lejano Río Madeira, ubicado a unos 12 kilómetros en línea recta.
Esta edificación, que denominé “Fortaleza del Río Madeira” (algunos habitantes de Abuná la conocen como Serra da Muralla, reconociendo así la colina, no el sitio arqueológico), es, en mi opinión, precolombina, por varias razones.
Antes que nada hay que especificar que los portugueses llegaron a establecerse en el actual territorio del Río Madeira sólo alrededor de 1750. En 1776 iniciaron la construcción del Fuerte Príncipe da Beira, en las orillas del Río Guaporé. Si la fortaleza del Madeira hubiera sido construida por los portugueses, el acto de fundación hubiera sido registrado en alguna crónica del siglo XVIII, pero no hay rastro alguno de tal documento.
De otra parte, descarto que haya sido edificada por españoles, ya que encontraríamos el acta de fundación en algún informe del imperio español.
Además, el tipo de construcción no es europeo y los portugueses no habrían tenido necesidad de cimentar una fortaleza defensiva tan distante del Río Madeira.
Queda, por lo tanto, el supuesto de que la fortaleza fuera construida por pueblos indígenas amazónicos. Nuestra experiencia, sin embargo, señala que éstos no solían erigir edificaciones en piedra, salvo en raras ocasiones.
Por consiguiente, la sospecha de que la fortaleza del Madeira sea una construcción inca se refuerza, también considerando a las crónicas antiguas que cité al inicio de este artículo.
Si ulteriores estudios arqueológicos comprobasen mi teoría, habríamos hallado la segunda fortaleza construida por Pachacútec, una prueba más de que la tierra legendaria del Paititi se situaba en el actual territorio brasilero de Rondonia.
Asimismo, la fortaleza del Madeira amplía hacia occidente la zona de influencia inca, que hasta hoy se creía que llegaba sólo hasta la fortaleza de Las Piedras, en la actual ciudad de Riberalta, en Bolivia.
Después de haber explorado el área, retornamos al campo base. Al día siguiente caminamos hacia el Río Madeira, donde en la primera tarde nos encontramos con nuestro barquero, quien nos estaba esperando para conducirnos de regreso a Abuná. 

YURI LEVERATTO
Copyright 2011

Se puede reproducir la totalidad de este artículo indicando claramente el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com

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