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El concepto de liberalismo económico, basado en el exceso de capitalismo (y muchas veces en especulaciones bursátiles), que ve en el desarrollo económico y en el crecimiento forzado del producto interno bruto (pib), la única solución para aumentar la riqueza material y, por lo tanto, el bienestar y la felicidad de los seres humanos, ha sido criticado desde 1970 por estudiosos como Nicolás Georgescu-Roegen o Serge Latouche.
En los últimos años han tomado fuerza nuevas teorías económicas que tienen el propósito de brindar bienestar, considerado no solamente como riqueza disponible sino sobre todo como calidad de vida, que incluya el acceso a la instrucción, a servicios de salud de calidad gratuitos y el derecho a un trabajo realmente útil para la sociedad.
Estas nuevas teorías sociales basadas en los conceptos de decrecimiento, autoconsumo, puesta en valor de las producciones locales y, por consiguiente, en rechazo a la globalización, abren nuevas perspectivas, pero también pueden generar nuevas preocupaciones. ¿Podrá el concepto de decrecimiento ser aplicado en los países donde la renta per cápita es baja?
En los países de Suramérica, por ejemplo, donde hay un nuevo colonialismo camuflado en el que las empresas transnacionales se instalan en los cimientos de los Estados y absorben la riqueza, sea petróleo, minerales, biodiversidad o agua, ¿se podrán aplicar estas nuevas teorías sobre el decrecimiento o estas tendencias, si se emplearan, causarían un aumento del desempleo y, por lo tanto, crisis económicas y sociales?
Hoy en día, en Suramérica, hay un gran aumento de las inversiones extranjeras, en países como Brasil, Chile, Perú y Colombia. La mayoría de estas inversiones billonarias se ha hecho en el sector de la minería, causando problemas a las poblaciones indígenas, como por ejemplo en Camisea (Perú) con la explotación del gas o en el Cerrejón (Colombia), con la explotación del carbón.
Recientemente he intercambiado opiniones con el reconocido sociólogo e historiador colombiano Emilio Arenas, autor de varios libros sobre la Historia de Colombia, país estratégico en Suramérica, el cual tiene salida a dos océanos (el Atlántico y el Pacífico). Le hice algunas preguntas para tratar de entender en qué dirección va Colombia y, sobre todo, Suramérica, en la era de la globalización extrema y del acaparamiento de los recursos por parte de poderosos grupos económicos.
Yuri Leveratto: Colombia es uno de los países más importantes de Suramérica estratégicamente hablando: tiene salida al mar por el Atlántico y por el Pacífico, es el segundo país más rico en biodiversidad después de Brasil, hay abundancia de petróleo y minerales; además, es el cuarto país en todo el mundo en cuanto a riqueza hídrica (después de Brasil, Rusia y Canadá), y tiene un potencial inmenso en lo que respecta a la producción alimenticia. Conocemos los problemas de violencia que han sacudido al país en los últimos 40 años pero, ¿por qué hay tanto retraso en la calidad de vida y en el acceso a los servicios básicos (salud, instrucción)?
Y, ¿por qué Colombia sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo?
Emilio Arenas: En el proceso histórico colombiano aparece un error temprano. En el año de 1863, cuarenta y cuatro años después de la independencia de España, los liberales radicales y la masonería plasmaron en la Constitución de Rionegro una ley, que llamaron “Desamortización de bienes de manos muertas”. Buscaban desmantelar el aparato administrativo heredado del régimen colonial español, que había producido, en un país netamente agrario, una concentración de la propiedad de la tierra en una elite, por añadidura blanca, que era precisamente lo contrario a lo buscado por la generación anterior, cuando hizo la guerra de independencia.
Lamentablemente esa ley tuvo efecto únicamente sobre los bienes de la Iglesia Católica, el mayor terrateniente de ese momento. Dejó intacto el resto de la estructura de la gran tenencia, y para colmo de males las tierras recuperadas no fueron entregadas a los campesinos sin tierra: el Estado las vendió en remates a los terratenientes liberales. Veintitrés años después, en 1886, con el acceso de elementos conservadores al poder, la llamada Regeneración indemnizó a la Iglesia y aumentó el poder de los terratenientes.
En 1934, con el regreso del liberalismo y la masonería al poder, volvió a plantearse el problema de la tenencia de tierra. Durante el gobierno de Alfonso López Pumarejo distribuyeron algunas de las antiguas haciendas cafeteras, entonces en decadencia, pero la “solución” del problema quedó para los campesinos solo en su capacidad para ampliar la frontera agrícola en las zonas selváticas. En 1966, durante el gobierno del liberal Carlos Lleras Restrepo y ante las expectativas creadas por la reforma agraria que desarrollaba la revolución cubana, el Estado intentó de nuevo una reforma comprando a los terratenientes predios improductivos. El siguiente gobierno, el del conservador Misael Pastrana, condenó el intento y redujo su accionar básicamente a la titulación de tierras baldías.
La “Violencia”, (guerra civil no declarada que azotó el país desde 1948), y la aparición del narcotráfico tuvieron también su efecto en la concentración de la propiedad agraria. Al desplazamiento forzado de los campesinos se unió la compra de tierras que los paramilitares hicieron para los narcotraficantes, expresiones que produjeron finalmente la mayor concentración de tierra conocida en el planeta. El movimiento guerrillero, y dentro de él una de expresiones las FARC, es en su origen un movimiento agrario que en sus planteamientos básicos ha buscado la recuperación de la tierra para el campesino desposeído.
Yuri Leveratto: Desde que te conozco he apreciado tus libros, tu pasión por la historia y tus esfuerzos para valorar el pasado, sea pre-colombino o relativo a la independencia de España. ¿Qué tan importante es la Historia para las nuevas generaciones?
Emilio Arenas: Vivo en un país joven al que en mi niñez vi celebrar su sesquicentenario de independencia. Esta guerra constituye el mito fundacional colombiano. Pero Colombia es una nación de regiones a las que desde la capital, Bogotá, les han institucionalizado una “historia nacional”. Para el caso de Santander, uno de los pueblos constituyentes de Colombia, esto es especialmente grave; fue el que mayores aportes hizo al proceso de independencia y la Constitución de la Republica, y paradójicamente se reafirma en las investigaciones comparativas como el de menor porcentaje de pasado indígena.
Una historia nacional sesgada es una realidad mutilada, y así nos encontramos en esa historia oficial. No podemos expresar las experiencias que las generaciones anteriores quisieron transmitirnos con su sacrificio. En Santander están los puntos clave de la historia nacional.
Yuri Leveratto: Hoy en día, en Suramérica, está creciendo el poder de empresas multinacionales que controlan sectores fundamentales para el bienestar de la población como el agua, la electricidad y el gas. ¿Qué opinas sobre la evolución de esta situación?
Emilio Arenas: En un país donde abunda el agua, como es por excelencia Colombia, la noción de vender el líquido es nueva: el campesino nuestro cree que quien la vende o la niega será castigado por Dios. Tanto ha sido así, que quienes establecieron el acueducto de Bucaramanga, 80 años atrás, se cuidaron de decir que la venderían: dijeron que cobrarían únicamente por llevarla hasta los hogares. Pero desde el año 2000 el gobierno comenzó a asegurar que por el crecimiento del número de habitantes del área metropolitana de Bucaramanga (Bucaramanga, Floridablanca, Piedecuesta y Girón), en tres años el agua escasearía y vendría inevitablemente su racionamiento. Consideraron por tanto urgente utilizar “nuevos abastecimientos”, y hacer un embalse de 35.000.000 de metros cúbicos al oriente de Piedecuesta, en la base de los páramos de donde esta aflora, y cuyos costos calcularon en centenares de millones de dólares. Esta suma, inmensa para el acueducto municipal, ofreció cubrirla la empresa española Aguas de Barcelona, oferta que fue presentada como confianza de los inversionistas extranjeros en el país, y privilegio que deberíamos agradecer. Pero la obra no fue autorizada localmente, y durante la espera para lograrlo en Bogotá, los cálculos oficiales del crecimiento poblacional en que se justificaba el proyecto fueron desmentidos por el censo del año 2005, resultado anticipado por los ambientalistas opositores al proyecto. Finalmente nos quedamos sin saber si a los socios españoles les había otorgado el gobierno la concesión de aguas. Dos ministros del Medio Ambiente interrogados al respecto, no supieron dar respuesta.
Yuri Leveratto: Los pueblos de Suramérica han demostrado, por ejemplo en las protestas de Cochabamba del 2000 en contra de la privatización del agua, o en las protestas de Bucaramanga del 2011 en contra de la empresa Greystar, estar unidos en contra de los excesos del capitalismo, pero otras veces han aceptado la situación sin poner resistencia. ¿Qué le falta a los pueblos suramericanos para empezar un nuevo camino y liberarse para siempre de explotaciones injustas?
Emilio Arenas: Tanto en las audiencias públicas ordenadas por la ley en el caso del “proyecto de nuevos abastecimientos”, en Bucaramanga, como en las audiencias respectivas para el megaproyecto minero de la Greystar en esos mismos páramos, la respuesta popular fue la oposición; pero en el segundo caso se llegó además a una movilización que superó los 40.000 participantes, que un conocido periodista de la capital, en una entrevista al ex primer ministro británico Tony Blair, no dudó en llamar “alzamiento popular”. En los dos casos estuvieron presentes organizaciones nuevas, que antes no habían metido fuerzas en esta clase de luchas: las organizaciones no gubernamentales ambientalistas. El debate fue ante todo un pulso con los sectores tradicionales de la clase dirigente, a los que las o.n.g. opusieron conocimiento. No cabe duda también que en los dos casos, y en especial en el último, afloró de nuevo la tradición de lucha del pueblo santandereano, pero también se debe considerar que se estaba ya bajo el impacto de los cambios climáticos producidos por la contaminación. La bandera de lucha fue el agua, amenazada letalmente por la utilización masiva de cianuro. La población no dudó: prefirió el agua de los páramos, la más pura del planeta, al oro que comenzaron a buscar los españoles hace cuatrocientos cincuenta años y del que se dice es de lo más grandes yacimientos auríferos existentes.
Yuri Leveratto: En una de nuestras charlas me hablaste del “derecho al decrecimiento”. ¿Puedes explicar este concepto, considerando también los problemas de desempleo que podrían derivarse si se pusiera en práctica esta teoría? ¿Crees que el concepto de decrecimiento sea aplicable en Suramérica?
Emilio Arenas: Treinta años atrás vi una película de un productor alemán intitulada “El tambor de hojalata”. Si mal no recuerdo, el personaje central era un niño de nombre “Oscar”, quien sencillamente se negó a crecer porque repudió la opción que se le ofrecía: el mundo de los adultos. Tiempo después, al cuestionar un ideal básico en la educación, el éxito y el afán por obtenerlo, me pregunté si también en los objetivos sociales la actitud de “Oscar” no sería aplicable. Sencillamente se trata del derecho a rechazar el destino que nuestros gobernantes consideran deseable y la mayor parte de la gente inevitable: el crecimiento.
Nuestra experiencia nos dice que la opción contraria puede resultar válida, pues la precedente generación habitó un mundo posible y quizá con mayor calidad de vida. Con seguridad resultará quien argumente que deseamos volver a las cavernas; no vivimos en ellas y podemos contestar que su argumento es una exageración deliberada. Muchos de los resultados del desarrollo no fueron buenos: Todo ocurrió en un lapso de tiempo muy corto para advertirlo: fue durante la segunda mitad del siglo XX en que nuestras sociedades tomaron el camino equivocado: el camino que los vencedores de la recién concluida guerra mundial señalaron.
Yuri Leveratto: En el mundo industrializado se ha llegado a niveles muy altos de renta per cápita y consumo. Se han construido redes de autopistas que se han llenado de vehículos contaminantes. La producción de cemento y la contaminación de aire, agua y suelo han crecido a niveles alarmantes causando daños al medio ambiente y provocando un aumento de enfermedades en la población. Los países de nueva industrialización como los del BRIC (Brasil, Rusia, India y China), y otros como por ejemplo Colombia, están siguiendo la misma dirección, pero está claro que si estos países llegaran a niveles de consumo iguales a los de Europa o Norte América, se desencadenaría un colapso económico. ¿Hay una alternativa a este concepto de desarrollo forzado?
Emilio Arenas: Se utiliza contra nosotros una especie de terror: el de no llegar a ser país desarrollado. Esta es la condenación moderna; el equivalente a perder el paraíso representado por las naciones avanzadas. Así fue siempre: inicialmente debíamos ser como los españoles, después hablar francés, luego imitar a los ingleses y finalmente ingresar al “sueño americano”. Se argumenta en esto tantas cosas buenas, que la sola ausencia de las malas ya es sospechoso. Pongo de ejemplo algo: cien años atrás, con la llegada del primer automotor a mi ciudad natal, Bucaramanga, algunos afirmaron que ese invento llevaría a la ruina y al desempleo a muchos, y otros dijeron que abriría espacios nunca vistos a la producción y al comercio. Se cumplió lo segundo, pero en solo noventa años pasamos de una apacible urbe de veinticinco mil habitantes a una metrópolis de un millón, con unos problemas sociales y urbanísticos absolutamente inimaginables. Nos convertimos en el proceso en la ciudad que reparaba el parque automotor nacional y por donde cruzaban las vías principales; llegamos a concentrar en ella a la mitad de la población total del departamento de Santander. En otras palabras, comenzamos el siglo XX en Colombia con tres de cada cuatro habitantes en el campo, en una población nacional de cuatro millones de habitantes y lo terminamos con tres de cuatro en las ciudades, en una población total diez veces mayor. El balance está a la vista: a la larga ¿Quién tuvo razón?
Yuri Leveratto: En Europa hay grupos de personas que sueñan con un mundo donde cada ciudadano pueda producir su electricidad con panel solar o fotovoltaico en el techo de su casa y pueda cultivar hortalizas y frutas en su parcelita, evitando así viajes costosos y contaminantes para transportar energía y alimentos. ¿Piensas que estas teorías sean aplicables en Suramérica?
Emilio Arenas: Miremos de nuevo a nuestro entorno inmediato: Bucaramanga. Las tierras de la planicie del valle del Río Magdalena, decenas de millares de kilómetros cuadrados, cubiertas hasta hace medio siglo por selvas vírgenes, están convertidas hoy en su mayor parte en praderas y cultivos de palma africana. En una porción considerable fueron adquiridas por organizaciones ligadas al narcotráfico, que invirtió en ella recursos exorbitantes; como tales son propiedades sujetas por la ley a la extinción de dominio. Parte de los antiguos habitantes del valle de Magdalena, viven hoy en los cordones de miseria del Área Metropolitana de Bucaramanga; si se impide
que se repita con esas tierras lo ocurrido en 1863 cuando los liberales extinguieron la propiedad de la iglesia sobre los bienes territoriales, podría darse en ellas, como caso único en el mundo, una reforma agraria que aliviaría la angustiosa situación urbana al retirar de esta ciudad a decenas de millares de familias y en la que pueda plantearse cualquier utopías imaginable; todo ello sin afectar el mundo legal del desarrollo capitalista ligado a los tratados futuros de libre comercio. El campo está abierto de nuevo para enfrentar las distintas concepciones del conocimiento, y en él se debe oponer al tradicional concepto del desarrollo, el que contiene nuestra experiencia conservacionista.
YURI LEVERATTO
Copyright 2011
Esta entrevista se puede reproducir en internet indicando el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com
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