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la civilización Muisca
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la civilización Muisca

Antes de aterrizar en el aeropuerto El Dorado de Santafé de Bogotá se ven inmensos prados verdes cultivados y enormes llanuras utilizadas para la cría de bovinos. Este departamento colombiano, llamado Cundinamarca, es el corazón del país.
Santafé de Bogotá ocupa la parte más importante de este departamento, y es la casa de ocho millones de personas. Situada a 2600 metros de altitud sobre el nivel del mar, es la cuarta capital más alta del mundo, después de La Paz, San Francisco de Quito y Sucre.
El nombre Cundinamarca deriva del español comarca del cóndor (provincia del cóndor).
Los primeros habitantes de esta región fueron los descendientes de pueblos de origen mongólico que atravesaron las llanuras de Beringia hace unos 40 milenios. En la zona se encontraron restos óseos de Homo Sapiens que vivieron en el octavo milenio antes de Cristo.
En el primer siglo de la era cristiana, pueblos de origen centro-americano, que hablaban una lengua llamada chibcha, atravesaron el istmo de Panamá. Algunos de ellos se instalaron en el macizo montañoso hoy conocido como Sierra Nevada de Santa Marta, dando origen a la etnia Tayrona, otros continuaron hacia una meseta de clima frío y seco situada a aproximadamente mil kilómetros más al sur, y dieron origen a los Muiscas.
El reino de los Muiscas era rico en recursos naturales como la sal en la zona de Zipaquirá y las esmeraldas en las localidades de Muzo y Somondoco. En la base de la economía estaba la agricultura: se cultivaban maíz, papas, tomates, fríjoles y fruta, como aguacate y guayaba. Los Muiscas se dedicaron también a la artesanía, produciendo óptimos vasos de cerámica y valiosos tejidos, además de espléndidas creaciones de orfebrería.
Las joyas Muiscas están actualmente exhibidas en el Museo del Oro de Santa Fe de Bogotá.
Estas obras de arte, en las cuales se representa la figura humana con estilo geométrico y lineal, describen a todos los miembros de la sociedad Muisca: sacerdotes, guerreros y comerciantes.
En las tierras de los Muiscas no existía la propiedad privada. Cada unidad familiar tenía su pedazo de tierra, pero no era de su propiedad exclusiva, aunque sí temporal.
En el siglo XVI, la población de los Muiscas alcanzó las 600.000 unidades. En la base de esta sociedad estaba el clan o el grupo de familias. Cada clan se caracterizaba por haber adoptado un símbolo totémico que a menudo representaba un animal sagrado, que no podía ser ni comido ni matado. Estos clanes estaban caracterizados por la exogamia o bien la prohibición, para los miembros del clan, de casarse con alguien que perteneciera al mismo grupo. En las clases altas se practicaba la poligamia y la residencia de la pareja casada debía ser patrilocal, es decir que la pareja con los hijos debía residir en el clan del marido.
A la llegada de los conquistadores españoles, en el reino Muisca había excesos de producción agrícola que eran entregados a los jefes del clan y a los jefes de las tribus en forma de tributo. Los jefes de las tribus se llamaban Caciques o Uzaque. Arriba de los jefes de las tribus estaban las dos máximas autoridades Muiscas: el Zipa y el Zaque.
En el 1536 el Zipa Tisquesusa gobernaba la confederación de Bacatá (de donde deriva el nombre de Bogotá). Este reino comprendía las tribus de Zipaquirá, Guatavita, Suba, Simijaca, Guachetá, Ubaté, Chocontá, Nemocon, Ubaque, Ubaté, Fusagasugá, Pacho, Caqueza, Teusaquillo, Tosca y Pasca.
El Zaque Quemuenchatocha, quien residía en Tunja, mandaba las tribus de Tibaná, Turmequé, Tuta, Ramiriquí y Somondoco.
En el derecho, los Muiscas habían alcanzado un alto grado de desarrollo. Seguían reglas morales y leyes muy severas. Con su código, Nemequene, uno de los Zipa de Bacatá volvió público un conjunto de normas, que castigaba el hurto, el homicidio y el adulterio.
El máximo sacerdote de los Muiscas residía en Sogamoso, y se dedicaba a la adoración del Sol.
Gran importancia tenía también el Cacique de Guatavita, lago situado a unos 60 kilómetros de Bogotá, en donde se efectuaba la ceremonia sagrada conocida por los españoles con el término del indio dorado.
La religión de los Muiscas era politeísta, o bien eran adorados varios Dioses que representaban las varias fuerzas de la naturaleza. Los Dioses principales eran Xué, el Sol, Chía o Huitaca, la Luna, Bachué, madre de la humanidad, Chuchaviva, arcoíris, y Bochica, el Dios civilizador.
En el lago de Guatavita se efectuaba la ceremonia sagrada en la cual al Cacique se le esparcía polvo de oro, y se le sumergía en las aguas del lago. Además, él tiraba joyas de oro en el espejo de agua con el fin de congraciarse con las divinidades y fertilizar la tierra.
El primer occidental que supo de esta ceremonia fue Sebastián de Belalcazar, uno de los lugartenientes de Francisco Pizarro. El andaluz, rudo aventurero que estaba explorando el actual sur de Colombia, al escuchar la descripción del rito de Guatavita pensó que si aquel Cacique podía permitirse tirar oro en el lago, debía ser enormemente rico y disponer de ciudades enteras pavimentadas de oro y llenas de piedras preciosas.
Pensó en llegar a la meseta, pero su marcha no se llevó a cabo al instante. Inicialmente, Sebastián de Belalcazar decidió asegurarse una vía hacia el mar, para poder viajar a España para reclamar como suyas las tierras por él descubiertas. En su viaje fundó las ciudades de Santiago de Cali, Popayán y Santiago de Guayaquil. Se prometió de nuevo, sin embargo, intentar sucesivamente conquistar la meseta en donde estaba el lago de Guatavita.
Al mismo tiempo, al andaluz Gonzalo Jiménez de Quesada, le fue encargado, por el gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo, emprender un viaje de exploración hacia el sur para descubrir si era posible llegar hasta Perú.
Jiménez de Quesada partió de Santa Marta en abril del 1536, al mando de un ejército de 800 españoles y alguna centena de ayudantes indígenas. Las tropas procedían paralelamente al Río Magdalena. La avanzada a través del territorio desconocido le costó la vida a cientos de hombres y duró unos once meses.
La mayoría de los españoles murió a causa de la malaria, pero también a causa de ataques de indígenas y de animales feroces. Muchos ayudantes desertaron y retrocedieron hacia la costa.
En el 1537, los sobrevivientes, ahora reducidos a no más de doscientos hombres, vieron la inmensa meseta que se alza al lado oriental del Río Magdalena.
Jiménez de Quesada pensó en llegar hasta ella con la esperanza de encontrar alimento y refugio. Rápidamente los españoles se dieron cuenta de que la zona estaba habitada por una curiosa etnia que se alimentaba de maíz, papas y yuca (manioca), alimentos desconocidos en Europa. A su llegada a la meseta, los extranjeros fueron acogidos amigablemente por los Muiscas, que les ofrecieron mujeres, alimentos, tejidos de algodón y simples joyas de oro.
En ese momento Jiménez de Quesada se dio cuenta de que estaba en presencia de una civilización avanzada que hacía gran uso de joyas de oro.
Los Muiscas se dieron cuenta de que los invasores no se limitarían a recibir sólo uno que otro don, sino que pretendían conquistar el territorio entero para apoderarse de todo su oro.
El Zipa Tisquesusa decidió que debía reaccionar a aquella invasión y reunió a miles de indígenas prontos a combatir. Hubo un enfrentamiento feroz.
Los españoles, aunque eran inferiores en número, salieron victoriosos puesto que podían contar con sus espadas de hierro, arcabuces, ballestas y con la ventaja de los caballos, animales desconocidos en el Nuevo Mundo.
Los Muiscas se sometieron y el Zipa Tisquesusa fue asesinado. Su sucesor fue Sagipa, quien posterioremente fue condenado a muerte.
El Zaque de Tunja, Quemuenchatocha, esperó a los invasores sentado en el trono, creyendo que, una vez cercanos, los aniquilaría con su mirada. Al darse cuenta de que su creencia no se cumplió, murió de tristeza y de frustración.
Su heredero, Aquiminzaque, fue injustamente decapitado por el hermano de Jiménez de Quesada, Hernán Pérez, acusado de insubordinación. El despiadado Hernán Pérez de Quesada hizo matar a otros jefes indígenas. Todo el reino Muisca fue conquistado en pocas semanas. Pero la furia destructora de los hermanos Quesada todavía no se había visto plenamente.
El lago de Guatavita fue explorado por meses, y se encontraron modestas cantidades de oro, pero no la fabulosa ciudad pavimentada con el metal amarillo de la cual se fabulaba.
En agosto del 1538, Jiménez de Quesada fundó un pueblo, que fue llamado Santa Fe. Después de pocas semanas llegó desde el sur Sebastián de Belalcazar, mientras que desde el noroeste legaron tropas dirigidas por Nicolás de Federman, un aventurero alemán pagado por la potente familia de banqueros Wesler, que le había hecho préstamos al rey Carlos V.
En marzo del 1539, los tres comandantes europeos oficializaron el acto de fundación del pueblo de Santa Fe, que en honor a su nombre originario, fue llamado Santafé de Bogotá.
Cuando comenzaron a discutir sobre quién debía ser reconocido como gobernador de la región, decidieron viajar a España, para ceñirse a la decisión de la Corona.
Hernán Pérez de Quesada se quedó en Santafé de Bogotá, como jefe de facto del territorio.
Nada fue como antes. Desde que los españoles tomaron posesión de aquel territorio, las jerarquías de los Caciques fueron sustituidas por las duras órdenes de los capitanes e hidalgos españoles. La religión de los Muiscas fue despreciada, burlada y olvidada, mientras que el calendario lunar fue reemplazado por el católico y los días fueron consagrados a los santos. Los nombres de los ríos, de las aldeas y de las montañas fueron españolizados, y la lengua chibcha, considerada inútil, fue dejada de lado. Todo cambiaba a una velocidad desconcertante para los Muiscas, habituados al lento pasar del tiempo. Algunos de ellos desearon la muerte, vista como la única salida de un mundo que no era más el de ellos.
Los extranjeros, al contrario, estaban tan empeñados en buscar la gran vena aurífera que no se contentaron con haber saqueado todo el territorio, sino que intentaron repetidamente vaciar el lago de Guatavita que, según ellos, escondía enormes tesoros.
Con el tiempo, la población Muisca se redujo, sobretodo porque los indígenas, no teniendo suficientes anticuerpos para combatir los virus y las bacterias transportadas inconscientemente por los europeos, perecieron rápidamente.
En el 1542 fue constituida la Real Audiencia de Santa Fe, que tenía autoridad sobre otros territorios de la actual Colombia. Alonso Luis de Lugo fue nombrado gobernador del Virreinato de Nueva Granada, como había sido denominado por Jiménez de Quesada.
Aunque las leyes españolas declararon que los indígenas debían ser considerados vasallos del emperador, y por tanto considerados hombres libres, en la práctica esta libertad fue anulada por instituciones como la encomienda.
Según este sistema, un clan o grupo de familias indígenas se sometía a la autoridad de un encomendero, quien debía protegerlos y evangelizarlos. Naturalmente, los indígenas trabajaban la tierra para su jefe, y además estaban obligados a pagar un injusto tributo.
En los siglos sucesivos la población Muisca se redujo ulteriormente, hasta casi desaparecer.
En la actualidad hay unos 1800 indígenas Muiscas que viven en el departamento de Cundinamarca, principalmente en los pueblos de Cota, Chía, Tocancipá, Gachancipá y Tenjo. Están intentando recuperar su idioma y sus tradiciones culturales.
El chibcha no es, sin embargo, una lengua extinta, puesto que los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta, los descendientes de los Tayrona, los Kogui y los Arhuakos, aún la utilizan.

YURI LEVERATTO
2008 Copyright

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