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A partir de 1954, el médico arequipeño Carlos Neuenschwander Landa llevó a cabo varias riesgosas expediciones con el fin de encontrar las ruinas del Pantiacollo que, según él, era una fortaleza construida en épocas remotas en el confín de la selva baja con la sierra.
Esta fortificación, que otros exploradores han reconocido como el legendario Paititi, supuestamente sirvió de fortaleza para controlar la entrada de belicosos pueblos andinos a la selva, pero también, y al mismo tiempo, como lugar de intercambio entre los productos andinos (quinua, maca, camélidos andinos) y amazónicos (coca, plantas medicinales, oro, aves exóticas, etc.)
En 1958, Neuenschwander efectuó una importante expedición durante la cual describió y documentó detalladamente la fortaleza de Hualla, y luego exploró parte del “camino de piedra”, un antiguo sendero ubicado en la divisoria entre el valle del Yavero (cuenca del Río Urubamba) y el valle del Nistron (cuenta del Río Madre de Dios). En los alrededores del camino de piedra tuvo la posibilidad de admirar y describir el petroglifo que después fue llamado “Demarcación”, el cual ilustra esbeltas llamas, e identificó la denominada “laguna negra”, uno de los lugares mencionados por Angelino Borda, un peruano que en años anteriores había sido prisionero de un grupo de Matsiguenkas.
El “camino de piedra” continuaba indefinidamente hacia la misteriosa “meseta de Pantiacolla”, sitio que varias veces Neuenschwander señaló como el objetivo de sus expediciones.
Neuenschwander pronto se dio cuenta de que para continuar exitosamente sus exploraciones tendría que realizar vuelos en helicóptero y, por tanto, intentó contactar a las autoridades del Estado, con el fin de pedir la autorización de utilizar uno.
Después de pasar muchas semanas exponiendo sus proyectos de exploración a los dirigentes del Ministerio de la Aeronáutica, finalmente llegó la anhelada noticia: el departamento del Estado había puesto un helicóptero a disposición de Neuenschwander para que efectuara sus exploraciones; sólo faltaba esperar el momento oportuno, o bien, las condiciones meteorológicas óptimas, para iniciarlas.
En 1961 Neuenschwander se reunió en Cusco con Ernesto Von Wedemeyer, Alberto Rojas, Don Francisco Ojeda y Angelino Borda. Después de pocos días, durante los cuales organizaron los últimos preparativos para la expedición, viajaron a Quillabamba donde, como se había convenido, encontrarían listo un helicóptero.
Luego de varios días de espera, finalmente llegó a Quillabamba un helicóptero de la fuerza aérea del Perú, de marca Allouette, piloteado por el mayor Oswaldo Cabrera. El destino era Chancamayo, en el valle del Río Yanatile.
Dado que dentro del helicóptero había espacio sólo para cuatro personas y un poco de equipaje, se decidió que el grupo se dividiría y que una de sus partes llegaría a Chancamayo por tierra.
La razón por la cual Neuenschwander eligió Chancamayo como cuartel general de la expedición fue porque aquel pueblo es el lugar accesible vía tierra más cercano al valle del Chuncosmayo (afluente del Paucartambo/Yavero).
El Río Chuncosmayo era importante, puesto que Angelino Borda había sido prisionero de un grupo de indígenas Matsiguenkas en una zona cercana a sus fuentes hacía 45 años. Cuando Borda logró escapar, se refugió entre las ruinas de una ciudad de piedra y luego recorrió el valle del Chuncosmayo para regresar a la llamada civilización.
Si las indicaciones de Borda eran correctas, entonces los exploradores, guiados por Carlos Neuenschwander, volarían recorriendo el estrecho valle del Chuncosmayo y, una vez que llegaran a la divisoria, explorarían la zona.
Después de algunos días de tiempo inclemente, pudieron despegar al fin con toda seguridad: el cielo estaba terso y el aire fresco.
En el helicóptero se montaron el mayor Cabrera, Neuenschwander y Angelino Borda. En pocos minutos, el vehículo voló atravesando el cañón del Río Paucartambo y se metió en el estrecho valle del Chuncosmayo, recorriéndolo. Luego de pocos minutos de vuelo, se encontraba ya en la divisoria. Angelino Borda intentaba reconocer los lugares donde había sido prisionero y Carlos Neuenschwander escrutaba el territorio en busca de cualquier indicio que pudiera señalarle el camino correcto hacia la ciudad perdida.
De repente, Borda reconoció un pequeño lago y una chullpa (urna funeraria de piedra), y recordó haber pasado por aquel lugar mientras escapaba del cautiverio en el cual los Matsiguenkas lo habían tenido. Además, se dio cuenta de que al otro lado de la divisoria salían torrentes que formaban el Río Yuracmayo (afluente del Nistron, perteneciente a la cuenca del Madre de Dios).
Justo cuando el anciano Borda estaba reconociendo otros importantes signos del camino transitado para huir de su encierro, comenzó a salir de la selva alta una neblina espesísima que obligó al mayor Cabrera a ir hacia la divisoria. Una vez que pasaron la cordillera se dieron cuenta de que en pocos minutos el cielo se había llenado de nubes bajas y amenazantes, y que, por tanto, sería prudente regresar inmediatamente a la base de Chancamayo.
Por desgracia, durante el arriesgado vuelo de regreso, el anciano Borda sufrió un fuerte malestar, quizá causado por los repentinos cambios de presión y temperatura.
Una vez que llegaron a la base, Carlos Neuenschwander lo revisó y le recomendó absoluto reposo. Estaba claro que Borda no podría participar en ulteriores vuelos de exploración.
Después de cinco días de tiempo inclemente, al fin el sol brillaba de nuevo en un cielo azul. Subieron al helicóptero el mayor Cabrera, Ernesto Von Wedemeyer, Alberto Rojas y Carlos Neuenschwander.
Al despegar, el mayor Cabrera se dio cuenta de que era imposible atravesar el valle del Chuncosmayo, porque repentinamente se formó una densísima neblina.
Por consiguiente, se dirigió al valle del Río Yavero, volando hacia noreste. En pocos instantes, los exploradores se encontraron exactamente sobre el estrechísimo cañón del Río Timpia y luego se dirigieron hacia el noreste intentando evitar el macizo de Toporake, que en pocos minutos se había cubierto por completo de nubes amenazantes.
Delante de ellos había inmensos valles boscosos, inclinados ligeramente hacia el este, hacia el Madre de Dios.
A un cierto punto, el helicóptero se encontró volando en un vasto altiplano que hasta ahora había permanecido completamente inexplorado: era la legendaria meseta de Pantiacolla.
Al transcurrir algunos minutos, vieron en las lejanías varias columnas de humo y luego algunas cabañas. De lejos se podían incluso reconocer algunos indígenas que se afanaban en esconderse dentro de sus chozas. ¿Era aquel el lugar donde Angelino Borda había sido prisionero? Si así era, la ciudad perdida debía encontrarse cerca. Justo cuando se retomó la exploración aérea y se estaban dirigiendo hacia las fuentes del Yuracmayo, el mayor Cabrera recibió un mensaje de radio importante: un cercano pariente suyo había sufrido un accidente aéreo.
Tuvieron que regresar de inmediato a la base de Chancamayo, y en los días siguientes, visto que las condiciones atmosféricas habían empeorado, decidieron dar por terminada la expedición aérea.
Al año siguiente, Carlos Neuenschwander llevó a cabo la documentación arqueológica de la fortaleza de Trinchera, de las ruinas de Pushca y del cementerio incaico de Ocosiri, todos sitios arqueológicos situados en la región de Puno.
En 1964, Neuenschwander empezó a organizar dos expediciones en busca de ruinas aún no descubiertas: las de Vilcabamba, el legendario lugar donde se escondieron los cuatro Incas rebeldes hasta la captura de Túpac Amaru I, en 1572, y las del Pantiacollo (llamado también Paititi), donde probablemente se refugiaron quienes lograron escapar del asedio de los españoles en Vilcabamba.
El grupo de 1964 estaba compuesto por Carlos Neuenschwander, el mayor Carreón, Pepe Parodi, Adolfo Schmidt, José Mercado, Manuel Mujica Gallo (quien contribuyó con 50.000 soles), y podía contar con el apoyo del coronel de la FAP Rolando Gilardi.
La doble expedición estaba organizada de la siguiente manera: de una parte, se procedería a explorar desde lo alto de la meseta de Vilcabamba, efectuando un reconocimiento de las fuentes del Mantalo, afluente del Urubamba, mientras que, contemporáneamente, Don Francisco Ojeda Farfán y Angelino Borda remontarían el valle del Chuncosmayo con el objetivo de llegar a la laguna negra, para luego continuar con la exploración de la meseta de Pantiacolla.
El 4 de julio de 1964, finalmente pudo darse inicio a las operaciones: el primer vuelo en helicóptero, en el cual participaron el teniente FAP Mario Muniz, el técnico Valverde y Carlos Neuenschwander, tuvo como destino la meseta de Pantiacolla, pero a causa de nubes bajas y vegetación densa e intrincadísima fue imposible reconocer el camino de piedra u otros restos antiguos de piedra. Inicialmente el helicóptero aterrizó cerca al Río Madre de Dios; luego volvió a volar encima del Nistron hasta reconocer, en un momento de ausencia de nubes, la famosa laguna negra de Borda.
En los días siguientes hubo otros dos vuelos: uno tuvo lugar del Río Rinconadero (un afluente del Palotoa) hasta el Manu Chico (un afluente del Alto Manu), y otro en el valle del Shinkibeni, donde, en la cordillera que separa este valle del valle Nistron, se identificó una extraña montaña de cinco puntas.
Al volar sobre aquella legendaria montaña, Carlos Neuenschwander recordó la versión del anciano Celestino, tal como escribió en su libro Paititi en la bruma de la historia (1983):
El camino pasa por unos peñones que se juntan, y con sogas puedes pasar como por una oroya… y así vas caminando. Al cabo de quince días, después de haber pasado tres ríos más, verás cerca ya cerros muy altos; uno de ellos tiene cinco puntas, mas aquí notaras una cascada muy alta y abajo una laguna cuadrada. Allí, cerca de esa laguna, en sus alrededores, vas a encontrar muchas casas antiguas hechas de piedra, con puras calles y gradas; es muy grande, uno se puede perder y hay muchas víboras…la laguna no es natural, dicen que la hicieron los Incas y sus paredes son también de piedra…Esa ciudad es la más grande de todas y nosotros la llamamos Pantiacolla.
Neuenschwander se precipitó a la cabina de pilotaje y pidió al piloto que regresara para poder inspeccionar más de cerca la famosa montaña de cinco puntas, pero el teniente Mario Muniz le respondió que el combustible alcanzaba apenas para regresar a Cusco y que no era prudente volver atrás porque estaba subiendo una nube amenazante de la selva.
Después de cinco días de tiempo inclemente, lluvia y nubes bajas, finalmente Carlos Neuenschwander emprendió otro vuelo con destino a las fuentes del Chuncosmayo para buscar la expedición terrestre. Una vez que llegaron al macizo de Toporake, Neuenschwander entrevió una columna de humo a lo lejos: eran los hombres de la expedición terrestre que no habían encontrado nada y que estaban fatigados, hambrientos y en precarias condiciones físicas. Carlos Neuenschwander decidió ponerle fin a la expedición.
No obstante, el coriáceo médico arequipeño no se había dado por vencido: tenía proyectadas otras expediciones de la meseta de Pantiacolla y de los inmensos valles de los afluentes del Urubamba y del Madre de Dios.
YURI LEVERATTO
Copyright 2011
Se puede reproducir este artículo indicando claramente el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com
Bibliografía:
Neuenschwander, Landa, Paititi en la bruma de la historia, 1983.
Fotos: 1 & 7 Clara Miccinelli, Napoles, Italia: Dibujos originales del Paititi de Blas Valera
Otras fotos : Copyright Gregory Deyermenjian
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