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Carlos Neuenschwander Landa (Arequipa, 1914-2003) había pasado mucho tiempo de su juventud en la selva del Carabaya, en el Río Inambari. Había recorrido numerosas veces el altiplano andino y sus cimas majestuosas lo habían fascinado. Había estado largo tiempo en Cusco, la antigua capital de los Incas, y los maravillosos sitios arqueológicos de Macchu Picchu y Sacsayhuamán lo habían deslumbrado. Se había preguntado una y otra vez si aquellas construcciones imponentes habían sido edificadas por los Incas o por una cultura megalítica anterior.
Un día escuchó un cuento, una historia verdadera que describía una ciudad perdida, escondida en la selva, la cual había sido hallada, por pura casualidad, por algunos hombres que buscaban a un fugitivo.
En el campamento Cahuide, propiedad del buscador de caucho Felipe García, trabajaban un campesino llamado Borda y sus dos hijos, Angelino y Rosita, además de un indígena Matsiguenka, cuyo nombre era Huahija, y otro nativo perteneciente a la etnia de los Mashcos. Ambos autóctonos se sentían atraídos por Rosita y, durante un enfrentamiento, Huahija mató al indígena Mashco y escapó en la selva. Entonces el capitán Felipe García encargó al único gendarme del campamento, Farfán, capturar al prófugo.
Farfán se hizo ayudar, para su difícil búsqueda, de dos nativos llamados Celestino y Gregorio.
He aquí el relato original extraído del primer libro de Carlos Neuenschwander Landa, Pantiacollo, (1963):
Evidentemente que Huhija había tomado sus precauciones para despistar a los que los siguieran, pues era muy difícil hallar sus huellas. Por lo menos eso se le parecía al gendarme, que desorientado, no hacía más que seguir los dos salvajes. Para ellos sin embargo, la pista le resultaba clarísima: la encontraban en las hojas desgajadas, en las ramitas dobladas y en cien otros detalles que pasaban desapercibidos para el blanco. Así fueron remontando el curso del Yavero, durante tres días. Al fin encontraron los restos de un camino empedrado primorosamente de lajas, que terminaba justamente al borde del río. Siguiendo su dirección cruzaron el Yavero, en una pequeña balsa que improvisaron y luego de buscar un momento, lo reencontraron en la margen derecha. El camino desaparecía a trechos pero las huellas de Huahija, que en estos tramos borrosos no había podido dejar de marcar, los conducía a hallarlo una y otra vez. La ascensión fue muy penosa. Las laderas se hacían cada vez mas empinadas y los tres hombres se veían obligados a salvar los profundos precipicios trepando como propios monos. Farfán se sentía desfallecer, pero en su carácter de jefe de grupo, tenía que sobreponerse a su fatiga…Por fin al atardecer llegaron a lo que parecía ser la última cumbre pues la vegetación era mucho menos alta y un viento fresco denunciaba que estaban a gran altura sobre el fondo del valle. Los salvajes se detuvieron y el cabo aprovechó para tenderse en el suelo sudoroso y exhausto. Los machiguenkas se alejaron de él momentáneamente y desaparecieron de su vista, descendiendo hacia la vertiente opuesta. Transcurrida una media hora cuando el cabo se empezaba a inquietar, silenciosamente, emergieron de entre la maleza.
-No podemos seguir mi cabo- afirmó Celestino-porqué las huellas de Huahija se pierden en la ciudad sagrada, y nosotros no nos atrevemos a entrar en ella.
-Que ciudad sagrada ni no sagrada-exclamó Farfán-a nosotros nos han enviado a capturar al asesino y tenemos que agarrarlo vivo o muerto. Y en un titánico esfuerzo, se puso en pie y ordenó: ¡Adelante!
Celestino y Gregorio sumisamente volvieron sobre sus pasos y fueron guiando a Farfán por el camino empedrado que ahora seguía un rumbo descendiente. Pero apenas habían caminado diez minutos cuando se encontraron frente a unos enormes muros de piedra talladas, que al gendarme le recordaron, inmediatamente, las que había visto tantas veces en Sacsayhuamán, Quenco y todas las ruinas cercanas al Cusco. Las grandes piedras estaban esculpidas en sus superficies. Un tanto atónito, empezó a recorrerlos buscando alguna puerta que le permitiera mirar a su interior. Al fin la halló y penetró por ella. Su asombro aumentó al distinguir, entre el follaje de los árboles que habían crecido en las paredes, altos torreones, callejas tortuosas, espacios abiertos como plazas y en fin, la imagen borrosa de una gran ciudad. Junto con su asombro creció el temor, pues observó, nervioso, gran numero de víboras que se escurrían entre sus pies y se ocultaban en las grietas de los muros…
Las sombras de la noche se desparramaban rápidamente y con la creciente neblina que ascendía de los valles, ya no se distinguía casi nada. Los torreones y muros fueron adquiriendo un aspecto fantasmal y el soldado se sintió realmente asustado. Emprendió pues el regreso y tropezando y dando tumbos, al fin ganó la cumbre y llegando a ella, ordenó a los salvajes que fabricaran un tambo para pasar la noche. Durante toda ella soñó con “gentiles” y “aparecidos” que lo asaltaban y trataban de lanzarlo a los abismos. De allí que cuando los primeros celajes de la aurora empezaron a ribetear de oro el domo ondulante de las nubes bajas, él ya estaba en pie. Celestino había recogido agua de una vertiente cercana en un tacho y en una fuente que extrajo de entre los restos de un pequeño muro vecino. Eran tan bellos que Farfán, pese a su rudeza, resolvió llevarlos consigo para obsequiarlos al capitán y también como testimonio de la versión que se proponía dar a su regreso a Cahuide.
Los tres hombres regresaron al campamento luego de dos semanas y, aunque en los meses siguientes se organizaron expediciones para encontrar de nuevo la ciudad perdida, todas fracasaron.
Carlos Neuenschwander Landa quedó encantado cuando escuchó por primera vez esta narración. Pensó que, si bien el capitán Felipe García había intentado hallar la ciudad perdida sin éxito, él mismo podría hacerlo disponiendo no sólo de medios más modernos, sino también de más tiempo y de recursos financieros. ¿Quizá era la ciudad perdida con la que se tropezaron el gendarme Farfán y los nativos Celestino y Gregorio el legendario Paititi o era, en cambio, una fortaleza en la selva a la cual Neuenschwander denominó posteriormente Pantiacollo?
En todo caso, Carlos Neuenschwander lo había decidido: tenía que ir a buscar la ciudad de piedra. Lo que no sabía era que aquella decisión cambiaría su vida para siempre.
Pese a que no cesó de ejercitar su profesión de médico por el resto de sus días, no abandonó nunca la idea de buscar el Paititi, inspirado como estaba en el tal “llamado del guacamayo”.
En 1954, Neuenschwander se encontró con su viejo amigo Alberto Appiani, quien le comentó que algunos nativos le habían informado de la existencia de un camino de piedra que del bajo Yavero se dirigía a la cordillera de Paucartambo, y de otro que de la cordillera descendía hacia el Río Nistron, ya en la cuenca del Madre de Dios. Los dos amigos decidieron emprender una primera expedición, más allá del Río Nistron, con el objetivo de llegar al Río Palotoa (a veces denominado Río Pantacolla), afluente del Río Madre de Dios, ya que varios rumores daban por cierta la presencia de algunas ruinas en aquella zona.
Después de haber caminado durante varios días, los dos investigadores llegaron a las orillas del Río Palotoa, guiados por algunos nativos Huachipaeris.
Carlos Neuenschwander se dio cuenta de que las cabeceras del Palotoa estaban muy lejos y que para alcanzarlas se necesitaría organizar una expedición de meses de duración, con muchos otros recursos.
Por consiguiente, se limitó a recorrer el Río Palotoa a lo largo de la corriente, para regresar luego a Pilcopata y Paucartambo.
En los meses ulteriores, Neuenschwander y Appiani intentaron contactar a Farfán y a Celestino a fin de escuchar en primera persona el relato de la ciudad perdida.
El viaje para ir a conocer a Celestino no fue fácil.
Carlos Neuenschwander tuvo que llegar primero a Quelluno y, después de una caminata de varios días, arribó al Río Yavero, en la zona del viejo campamento Cahuide, donde vivía aún Celestino, quien ya era un anciano.
El viejo nativo, hablando en un español mediocre, le confirmó que a unos cuatro días de caminata remontando el río debía encontrarse el camino de piedra.
Le dijo incluso que un nativo Matsiguenkas, llamado Topeka, podría guiarlo. Luego Neuenschwander regresó a Cusco.
Entretanto, Appiani, por su lado, había buscado al gendarme Farfán y lo había encontrado, pero ya era un viejo consumido por el alcohol y las enfermedades, y no había podido proporcionarle información adicional.
En los meses sucesivos, Neuenschwander y Appiani conocieron a Agustín Ocampo, un anciano aventurero que había acompañado años antes a un viajero italiano de apellido Lorenzi a la zona de Lacco con el fin de encontrar el Paititi. Ocampo declaró que el italiano había visto las ruinas de la ciudad perdida a lo lejos, pero como el grupo fue atacado por un enorme oso, se decidió no continuar la expedición, dado que los guías nativos consideraron el ataque del animal como un mal presagio del destino y se negaron a continuar. Posteriormente Ocampo no pudo dedicarse a buscar solo las ruinas que se habían observado a lo lejos porque perdió una mano pescando en un río a causa de la explosión de un petardo.
Ahora se ofrecía a Neuenschwander como guía a cambio de la mitad de las riquezas que se descubrieran en la expedición.
La versión de Ocampo coincidía con la de Farfán y Celestino, de manera que Neuenschwander y Appiani resolvieron organizar una segunda expedición, justamente en la zona del Río Yavero, donde podrían encontrar el camino de piedra recorrido por el fugitivo Huahija.
En la expedición, que tuvo lugar en 1955, participaron, además de Neuenschwander, Ocampo, el sargento de la guardia civil Carlos Ojeda y Max Landa, como también varios cargadores.
Por desgracia, la empresa falló, ya que se había calculado mal la cantidad de provisiones llevadas y, además, el camino resultó ser increíblemente largo. De otra parte, la falta de agua en los ríos, en especial en el valle de Lacco, indujo a los aventureros a regresar sobre sus propios pasos para evitar que toda la expedición se transformara en una tragedia.
La siguiente expedición se llevó a cabo en 1958 en colaboración con Justo Paliza, un pintoresco personaje que se sabía al derecho y al revés todos los relatos de las legendarias ciudades perdidas en la selva del Perú, y con Ernesto Von Wedemeyer, un experto cazador.
Apenas llegaron a Hualla, un pequeño pueblo situado en el Río Paucartambo (que más abajo es llamado Yavero), los investigadores se dedicaron primero a documentar y a estudiar la denominada “fortaleza de Hualla”, un fuerte preincaico que tenía probablemente la función de controlar el acceso al alto valle. Carlos Neuenschwander Landa fue, por tanto, el primer investigador que divulgó la existencia de esta fortaleza olvidada, muy importante para estudiar a quienes la habitaron.
A continuación, los participantes de la expedición arribaron a Larapata, una propiedad territorial de colonos dedicados a la agricultura y la ganadería. En aquel lugar pudieron obtener dos guías y varias mulas, de gran valor para evitar inútiles fatigas. Justo antes de partir, Agustín Ocampo llegó a Larapata, pues habiéndose enterado de la expedición, había decidido participar en ella.
Si bien Neuenschwander sabía que Ocampo y Paliza no simpatizaban, decidió dejar que el viejo aventurero se les uniera. El primer día fue muy arduo, pues se encontraron ante una cuesta interminable, bajo el sol ardiente, de aproximadamente veinticinco kilómetros, hasta el sitio de Collatambo. Acamparon a la altura de 4500 metros sobre el nivel del mar y pasaron una noche extremadamente fría, con una temperatura de -4 grados centígrados.
Al día siguiente, el 20 de julio de 1958, los investigadores continuaron caminando en dirección de la legendaria meseta de Pantiacolla. Los guías les indicaron que se encontraban justo en la divisoria de la cuenca del Yavero y la del Madre de Dios, en las fuentes del Río Chuncosmayo, afluente del Yavero.
De repente, a una distancia de alrededor de dos kilómetros, pudieron vislumbrar una laguna, que fue luego bautizada la “laguna negra”.
Al acercarse a la laguna, una fuerte granizada sorprendió a los exploradores, los cuales decidieron entrar en una amplia caverna para resguardarse. Además de reconocer algunos petroglifos que representaban a esbeltas llamas, encontraron una frase escrita en castellano: “Por aquí pasó Miguel González en 17…”
¿Quién pudo haber sido aquel Miguel González que había estado precisamente en aquella caverna en el siglo XVIII? ¿Un buscador de oro? ¿Uno de los primeros aventureros que exploró la meseta de Pantiacolla en busca del Paititi?
Cuando finalizó la fuerte granizada, los investigadores salieron de nuevo al aire libre y recorrieron las orillas fangosas de la “laguna negra”. Después de haber andado otros cientos de metros, Neuenschwander se dio cuenta de que un “camino de piedra” se desanudaba en las cercanías. Era justamente un sendero empedrado construido quién sabe por quién en el remoto pasado.
La emoción de los exploradores fue incontenible: por fin habían hallado el famoso “camino de piedra” (¿construido tal vez por el héroe cultural Inkarri?) que los conduciría a las ruinas del mítico Pantiacollo que, según la visión de Neuenschwander, no era más que una de las tantas fortalezas escondidas en el altiplano, correspondiente quizá al mítico Paititi.
Después de varias horas de camino, los aventureros llegaron a otra laguna que Ocampo reconoció afirmando que ya había pasado por allí en su expedición con el italiano Lorenzi. Los guías dijeron que aquel lugar se llamaba Suchococha.
En los alrededores de la laguna, Neuenschwander, en compañía tan sólo de uno de los pastores alemanes de Von Wedemeyer, descubrió un conjunto de muros en ruinas.
En los días sucesivos, los investigadores continuaron su camino en dirección noroeste, hacia la meseta de Pantiacolla. No obstante, se dieron cuenta de que el sendero de piedra continuaba indefinidamente, y dado que sus provisiones estaban por acabarse, de ningún modo era posible continuar avanzando. Además, los guías empezaron a sostener que adentrarse en la legendaria meseta de Pantiacolla era sumamente peligroso, puesto que toda aquella zona era “diabólica y estaba poseída por espíritus malignos”.
Entonces Neuenschwander decidió que era prudente poner fin a la expedición, la cual ya había sido, en parte, un éxito, dado que no sólo se había documentado la fortaleza de Hualla, sino que también se había descubierto el “camino de piedra”. Sin saberlo, los exploradores habían llegado a la meseta de Toporake, lugar donde se originan varios torrentes: el Chuncosmayo hacia el valle del Yavero y el Callanga y el Mameria hacia el valle del Nistron-PiñiPiñi.
Al regresar a Cusco, Neuenschwander se dio cuenta de que para llegar caminando a la meseta de Pantiacolla se necesitarían al menos 45 días, además de considerables recursos económicos. Por esta razón, empezó a pensar que quizá era posible llegar allí desde otra zona, por ejemplo, remontando el Río Manu y uno de sus afluentes.
De manera que pocos meses después organizó otra expedición, esta vez en plena selva pluvial tropical, justamente en el legendario Río Manu, el afluente del Madre de Dios recorrido por Fizcarrald en su mítico viaje a fines del siglo XIX.
Precisamente más allá de la desembocadura del Manu en el Madre de Dios inicia la selva más grandiosa y primitiva que se puede imaginar, donde aún hoy hay abundancia de jaguares, caimanes, tapires y otros animales amazónicos.
Carlos Neuenschwander Landa, junto con otros componentes de la expedición, se detuvo en la desembocadura del Río Pinquen en el Manu, donde avistó restos de campamentos de nativos Amarakaeris, indígenas nómadas belicosos y violentos con los que era mejor no tropezarse. Se resolvió a continuar, llegando luego a las bocas del Río Cumerjali (Río Providencia) y Secajali, cuyas cabeceras están situadas justamente en la meseta de Pantiacolla.
Observando precisamente el caudal de aquellos afluentes, Neuenschwander razonó que remontarlos con el propósito de llegar a la meseta de Pantiacolla sería un viaje larguísimo de quizá meses de duración. Por otro lado, los exploradores notaron, aparte de muchísimas huellas frescas de jaguares, también otros vestigios de campamentos de los violentos Amarakaeris y, por consiguiente, se decidió que proceder remontando el Cumerjali sería una empresa sin posibilidad de éxito, la cual implicaría muchísimos riesgos, muchos más que el “recorrido andino” para llegar a la meseta de Pantiacolla.
Al regresar a Cusco, Neuenschwander contactó a su viejo amigo Manuel Mujica Gallo, quien era una persona muy influyente, interesada en las investigaciones del médico arequipeño, y quien, aprovechando sus contactos, logró obtener de la compañía aérea Faucett la posibilidad de utilizar un aeroplano para un vuelo de exploración en la meseta de Pantiacolla.
Transcurría el año 1961. Fue la primera vez que Carlos Neuenschwander Landa voló sobre la zona de exploración y, aunque la visual estuvo constantemente obstruida por espesas nubes, logró reconocer el cañón del Río Paucartambo, parte de la meseta, el Río Nistron, el Río Palotoa y luego el Río Manu.
En una segunda serie de vuelos de exploración, Neuenschwander logró reconocer el Río Yavero, el Río Ticumpinea y las fuentes del Manu, además del camino de piedra, identificado a veces entre las nubes.
Neuenschwander se dio cuenta, sin embargo, de que el mejor medio para explorar desde lo alto los inmensos valles inexplorados de las regiones de Cusco y Madre de Dios sería un helicóptero, precisamente por sus características técnicas.
Durante un viaje a Lima, el médico arequipeño pudo obtener una entrevista con el presidente del Perú, el doctor Prado, a quien expuso sus teorías sobre la posibilidad de descubrir restos arqueológicos importantes en la meseta de Pantiacolla y la necesidad de tener a disposición un helicóptero de la fuerza aérea para efectuar varios vuelos de exploración.
El presidente escuchó con atención al médico arequipeño y prometió ayudarlo.
Durante aquellos días en la capital del Perú, Neuenschwander intentó también reunir los fondos para las ulteriores expediciones, tanto contactando a viejos amigos como exponiendo sus proyectos a los más importantes periódicos nacionales, a los cuales proporcionaría luego las noticias exclusivas de sus eventuales descubrimientos. Después de innumerables expectativas, obstáculos burocráticos y salas de espera, finalmente llegó la anhelada noticia: el ministerio de la aeronáutica había concedido un helicóptero para poner a disposición de Neuenschwander para las exploraciones en la meseta de Pantiacolla; sólo era cuestión de esperar el momento en el que el vehículo aéreo estuviera disponible en Quillabamba.
Cuando Neuenschwander regresó a Cusco conoció a Francisco Ojeda Farfán, quien se había puesto en contacto con él por correo. Ojeda Farfán afirmó conocer a un hombre que había sido prisionero de violentos Machiguenkas durante dos años hacía unos 45 años, y que había estado también en la ciudad perdida. Este hombre se hacía llamar Angelino Borda.
Rápidamente se constituyó una sociedad entre los tres hombres, quienes se prometieron organizar lo más pronto posible otras expediciones con el fin de intentar arrojar luz sobre el misterio de la ciudad en ruinas visitada por Farfán, Celestino y Gregorio muchos años atrás.
Carlos Neuenschwander Landa se encontraba sólo al comienzo de una larguísima serie de extraordinarias aventuras que lo llevarían a buscar hasta el fin de sus días los restos del Paititi o, como él decía, del Pantiacollo.
YURI LEVERATTO
Copyright 2010
Se puede reproducir este artículo indicando claramente el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com
Bibliografía: Carlos Neuenschwander Landa, Pantiacollo, Organización Peruana del Libro, Lima, (1963).
Fotos de la fortaleza de Hualla y del camino de piedra: Copyright Gregory Deyermenjian
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