 |
 |
Hoy en día, la mayoría de la gente piensa que todo el planeta ya ha sido explorado, cartografiado y documentado. Se dice que estamos en la era de la globalización y que en cualquier parte del mundo a donde se viaje se estará como en la propia casa.
La verdad es muy diferente de lo que los medios de comunicación muestran.
Aún hoy hay muchas zonas de la Tierra que se conocen poco y otras donde, increíblemente, ningún hombre (excepto indígenas no contactados) ha puesto el pie.
Por ejemplo, en Suramérica, algunas zonas de frontera entre Brasil y Perú; en el Perú, el Río Alto Purús, el Río Yaco, la zona intangible del Parque Nacional del Manu y en Bolivia la zona del Parque Nacional del Madidi son prácticamente desconocidas desde un punto de vista arqueológico.
Algunas de estas áreas remotas son como “cofres que nunca se han abierto”, los cuales podrían encerrar evidencias arqueológicas e históricas muy importantes, y que quizás podrían completar nuestro conocimiento del pasado precolombino.
Por ejemplo, en la Amazonía peruana se relata desde hace mucho tiempo la leyenda del Paititi, la ciudad perdida de los Incas. Esta ciudadela fantástica, que según el relato incaico fue fundada por el héroe cultural Inkarri, estaría situada en las selvas del Perú a diez días de camino del Cusco, y allí estaría guardado parte del tesoro de los Incas, además de antiguos conocimientos que podrían develar el misterio del origen del hombre americano.
Uno de los más incansables exploradores e investigadores del Paititi es el estadounidense Gregory Deyermenjian (nacido en Boston en 1949), miembro activo del “The Explorers Club” de Nueva York, quien desde 1984 está recorriendo las selvas y las montañas del Perú con el fin de develar el misterio de la ubicación del Paititi.
Conocí a Gregory Deyermenjian en el Cusco y me impactaron de inmediato su forma serena de relacionarse con los demás y su buena y respetuosa relación con los nativos del Perú y con la Madre Tierra.
Gregory Deyermenjan es un explorador e investigador interesado en hallar, documentar e interpretar todos los restos arqueológicos incaicos o amazónicos que encuentra durante sus exploraciones.
He aquí el testo integral de la entrevista:
Yuri Leveratto: Gregory, empezaste tus exploraciones en Perú en 1984. ¿Cuál fue la razón inicial que te impulsó a recorrer zonas remotas de la sierra y de la selva de este hermoso país?
Gregory Deyermenjian: Pues, Yuri, fue un proceso, una evolución, creo. En mi caminata del “Inca Trail” en 1980 me di cuenta de cómo Hiram Bingham pensó que ese sitio había sido el famoso y misterioso Vilcabamba; el próximo paso fue ir a ese Vilcabamba, a Espíritu Pampa, en 1981. Durante ese viaje empecé a oír hablar de otro lugar escondido, más al este, el “Paititi”, y desde ese momento supe que tendría que investigar ese tema hasta su término. Antes de eso, desde joven, siempre deseé ver algo del “Más Allá,” de cosas y lugares por fuera de nuestro actual conocimiento. Lo más emocionante para mí, desde hace muchas décadas, fueron las palabras “UNEXPLORED” en los mapas o, aún hoy en día, “DATOS INSUFICIENTES.” Y para el deseo de explorar con la posibilidad de abrir nuevos horizontes, ¿qué mejor lugar que las sierras y selvas del Perú?
Yuri Leveratto: Me he dado cuenta de que el Doctor Carlos Neuenschwander Landa fue muy importante para ti. ¿Puedes decirnos algo al respecto?
Gregory Deyermenjian: El Dr. Carlos Neuenschwander Landa fue un hombre especial: excepcionalmente cumplido, ilustrado, un profesional en los campos de la medicina y la psiquiatría y, a la vez, apasionado de la investigación de la realidad de la leyenda del Paititi. Fue incansable en llevar a cabo sus muchas expediciones a pie, con mulas, con vehículo todoterreno y con helicóptero. Estuvo abierto a recibir como hermanos, como compañeros de la causa, a otros exploradores como yo y mis consocios Paulino Mamani y Marcos Rozas, desde el momento en que nos presentamos; y escribió libros e informes muy valiosos para compartir los datos que había recogido sobre sus muchos arduos viajes y exploraciones. Su primer libro “PANTIACOLLO” tiene el valor de un clásico en el campo de la literatura de exploración; y fue un verdadero “Hombre del Renacimiento,” dado que escribió y publicó también una novela.
Muchas de nuestras exploraciones, especialmente nuestro afán de seguir hasta su término, en algún lugar desconocido, el “Camino de Piedra” de la Cordillera de Paucartambo hasta el interior de la vasta Meseta de Pantiacolla, han sido inspiradas por su gran ánimo y por el énfasis que siempre nos transmitió acerca de la importancia de ese camino en aquellas zonas.
Yuri Leveratto: He notado que en la mayoría de tus expediciones participa siempre un grupo de personas de tu confianza, me refiero a los exploradores peruanos Paulino Mamani y Goyo Toledo. ¿Puedes decirnos cómo los conociste y por qué estas personas son tan importantes para ti?
Gregory Deyermenjian: Número uno en importancia en el campo de la exploración es el personal. He tenido mucha suerte de haber tenido como socios en la investigación “Paititi” (la exploración conformada con el fin de encontrar y documentar lo que yace perdido en los lugares más remotos y difíciles de las cordilleras y las selvas de las provincias de Calca, La Convención en la región de Cusco y Manu en la región de Madre de Dios, en el sureste del Perú), a los individuos más cumplidos y capaces de todos en todas las artes, quienes además tienen las actitudes necesarias para llevar a cabo este tipo de búsquedas.
En el año 1984 fui a Pukyopata, a una chacra (finca) campesina en las alturas del Río Mapacho, para hablar con el Sr. Don Tomás Toledo, con el fin de alquilar sus servicios y sus mulas para una expedición. Esa misma tarde tuve suerte porque se presentó allí el hijo de Don Tomás, Goyo, quien acababa de venir desde su estancia casi permanente con los Machiguenga, los indígenas de la selva alta de Mameria, para visitar a su padre en las muy distantes alturas, algo que Goyo hacía sólo una vez cada año u dos. Goyo llevó con él a "Raimundo", un Machiguenga de Mameria. De todos modos, no utilicé las mulas ni los servicios de Don Tomás ese año, decidiendo, en cambio, usar los caballos, mulas y servicios de la familia Mamani.
De manera que fuimos en carro por Calca hasta Amparaes, en la cuenca del Río Yanatile, para encontrarnos con los Mamani y empezar la expedición con sus animales. Había allí un hombre joven, de muy amigable disposición, quien quiso venir con nosotros. Él me dijo que tenía 25 años de edad (aunque mucho tiempo después me enteré de que realmente, en el año 1984, Paulino sólo tenía 18). Entonces salimos de Amparaes con Paulino, sus hermanos Guillermo y Torribio, y con sus animales de carga. Semanas después, en la selva alta de Mameria, nos encontramos en presencia del hombre más influyente de la zona, el mismo Goyo que yo había conocido por primera vez un mes atrás, en la choza y chacra de su padre, Don Tomás Toledo. Desde ese momento, se formaron lazos entre nosotros, en calidad de hermanos que han compartido exóticas experiencias juntos: Paulino, Goyo, y yo. En las expediciones de los años 1984-1989, Goyo fue el capitán de la marcha principal, pero la siguiente ocasión en la que hicimos expediciones juntos, nosotros tres, fue en el 2004, y si bien Goyo era todavía sumamente fuerte y capaz, Paulino se había desarrollado óptimamente, y es él quien ha sido capitán de la marcha desde 1991 hasta la actualidad.
Desde 1986 hasta 1989 tuve la suerte de tener en mis expediciones a una combinación de miembros de "élite": Goyo, Paulino, Gavino Toledo (hermano menor de Goyo), y un Machiguenga llamado “Ángel”.
Y en los noventas el grupo fue más pequeño, pero todavía excelente para mí, compuesto por Paulino y su hermano menor, Ignacio Mamani. Y durante el 2004, 2006 y 2008, Paulino y yo hemos sido ayudados por sus sobrinos Alberto, Saúl César y Raúl, todos muy capaces.
Por cierto, no hay nada más importante que la calidad de los compañeros de la expedición, porque si hay incluso un sólo miembro que no esté con el suficiente ánimo, determinación, honestidad y fuerza física, mental y emocional, ésta va a fracasar, o peor, se va a poner en riesgo la seguridad de todos.
Yuri Leveratto: En tu primeras expediciones, en 1984, 1985 y 1986, documentaste el sitio arqueológico de Mameria. ¿Puedes explicarnos brevemente cuáles fueron tus conclusiones al respecto?
Gregory Deyermenjian: Fuimos a Mameria en el 84 y 85, dos veces en el 86 y luego en el 89. En mi concepto, fue un asentamiento Inca, el cual proveía a los Incas de Cusco, sobre todo, de coca. Fue un sitio relativamente grande, compuesto, en su mayor parte, no sólo de andenes y grupos de edificios, sino también de plataformas ceremoniales encima de muchos cerros, un horno lleno de ceniza de fuegos del pasado para fabricar cerámicas, un montón de piezas y fragmentos de cerámica, además de muchos objetos de metal, de la aleación tumbaga (unión de oro y cobre). Encontramos allí, en lugar de arbustos de coca, árboles de coca, como si las plantas del pasado, de la época Inca, se hubieran desarrollado sin control durante los últimos 500 años.
El extenso sitio pudo haber servido a algún otro lugar más importante, pero eso no está comprobado. En mi concepto, fue parte del vasto territorio de Kallanka o "Callanga" en el Inkario, como un jardín de coca para los Incas. Mameria está relacionado con el posible "Paititi peruano" porque muy cerca a su sureste está la legendaria cumbre de "Apu Catinti", un lugar muy frecuentemente asociado con la leyenda del Paititi, y porque queda debajo de la Cordillera de Paucartambo, donde se encuentra el "Camino de Piedra" de Inkarrí en su gran viaje desde Q´ero hacia Paititi en la Meseta de Pantiacolla, al norte.
Yuri Leveratto: Gregory, tú exploraste la meseta de Toporake en 1989. ¿Por qué te dirigiste allí, y cuáles fueron las evidencias arqueológicas encontradas en esa zona remota y sumamente fría?
Gregory Deyermenjian: La Meseta de Toporake queda al noroeste de Mameria. Queda en las alturas, en una llanura fría y húmeda. El Camino de Piedra va desde las cumbres de la cadena o Cordillera de Paucartambo hasta Toporake, donde un nexo de senderos desde el oeste se une con el Camino de Piedra y, desde ese punto, una sola vía sigue al norte y al noroeste, en dirección de la Meseta de Pantiacolla, el mismo altiplano que cumple un gran papel en la leyenda de Inkarrí, quien se retiró allí, en la Pantiacolla, en su ciudad, u oasis del "Paititi". Además, en la Meseta de Toporake hay una buena cantidad de edificios con paredes bajas, pero cada uno de los cuales cubre mucho espacio, como si fueran, en mi concepto, "cuarteles generales" militares; y como si este conglomerado hubiera sido un puesto de vigilancia, sirviendo de portal a la Meseta de Pantiacolla y a todos los sitios ubicados allí.
Yuri Leveratto: En 1991 viajaste a los petroglifos de Pusharo y los documentaste muy minuciosamente. Sabemos que estos petroglifos, descubiertos por el Padre Vicente de Cenitagoya en 1921, fueron estudiados muy a fondo por el doctor Carlos Neuenschwander Landa. ¿Cuáles son tus conclusiones al respecto? ¿Piensas, particularmente, que son glifos de origen amazónico o andino? Y, ¿qué opinas de la fecha en la cual fueron tallados?
Gregory Deyermenjian: En realidad, fue un recolector de goma silvestre quien reportó por primera vez la existencia de los grabados río arriba en 1909 y, 12 años después, el Padre de Cenitagoya fue al sitio de Pusharo con otros dos religiosos. Para ellos, los glifos transmitían historias de la Biblia. En el concepto del Dr. Neuenschwander, los glifos fueron "ideogramas", cada uno con su significado cuyo sentido, actualmente, está por fuera de nuestro alcance. En mi concepto, los glifos están inspirados en visiones que tuvieron los chamanes e indígenas de épocas pasadas mientras que estaban bajo la influencia de plantas alucinógenas como la brugmansia (la cual vi creciendo al borde del río, cerca de allí) y la ayahuasca. Así que, en mi opinión, el sitio y sus petroglifos no proveen un mapa de la tierra ni del cielo, ni una "escritura", sino un sentido chamánico de importancia espiritual para los nativos de la zona en épocas pasadas. Algunas de las figuras se pueden ver en las paredes de las malocas/chozas de los Barasana y de otros grupos de las selvas del este de Colombia y del noroeste del Brasil, y siempre están asociadas con protección chamánica para personas que pasan por "pongos" (puntos donde el río se estrecha) y otros lugares poderosos o peligrosos especialmente cerca de los ríos. Acerca de su origen, veo elementos amazónicos, del tipo selvático/brasilero.
Yuri Leveratto: En 1993 exploraste las mesetas de Toporake y Pantiacolla. ¿Puedes describirnos el “camino de piedra” que ustedes recorrieron? ¿Cuáles otras evidencias arqueológicas encontraron?
Gregory Deyermenjian: Este “camino” es muy tortuoso y hay mucho barro y precipicios peligrosos.
Nuestro propósito fue el de llegar a Toporake y empezar desde ese punto nuestra exploración del único camino que sale de Toporake en dirección a la Meseta de Pantiacolla, al norte.
Había varios muros de contención a lo largo del “camino de piedra”. Nosotros, o bien, Paulino, Germán Condori (nativo del valle de Lacco por donde pasamos), un arriero originario también del valle de Lacco, que se llama Gumercindo, y yo, seguimos el camino siempre al norte. Después de entrar en las partes más lejanas y más difíciles para las mulas, nos despedimos de Gumercindo y seguimos nosotros tres. La meseta estuvo siempre húmeda, y casi todos los días soportamos lluvia y granizo (era el mes de octubre, relativamente tarde en la estación de las expediciones).
El camino aparecía y desaparecía repetidas veces. Llegamos hasta un punto donde vimos un muro de contención, un poco antes de un lugar donde el camino se sumergió precipitadamente en un bosque de nubes bajas, en el cual nos adentramos durante un rato sin nuestro equipaje, para explorar un poco. Después de media hora supusimos que el camino aquí podía continuar para siempre, y regresamos a las alturas.
Nos dimos cuenta de que habíamos gastado tanto tiempo, tanta energía y tanta comida en nuestra ida, que tuvimos que regresar; y que en el futuro necesitaríamos los servicios de un helicóptero para llegar a la zona de exploración y tener, de esa manera, suficiente tiempo y recursos para explorar eficazmente.
Yuri Leveratto: En 1994 y 1995 recorriste el Río Callanga, ya en la cuenca del Madre de Dios. ¿Por qué volviste a explorar la selva después de haber estado interesado en el camino de piedra durante varios años?
Gregory Deyermenjian: Hay que recordar que las selvas de Mameria y de Callanga tienen su relación con el "camino de piedra" arriba en la Cordillera de Paucartambo porque a ambas zonas puede accederse desde él, aunque con mucha dificultad, por senderos que se bifurcan de la vía principal para entonces empezar el descenso al este, antes de desaparecer en la profundidad de la selva del precipitado bosque de nubes.
Sin embargo, es verdad que desde hace muchos años hemos considerado que nuestra meta principal es la de seguir e investigar en su totalidad el “camino de piedra” troncal, cada vez más al norte; pero, como ya he mencionado, nos dimos cuenta, en 1993 en la Meseta de Pantiacolla, de que necesitaríamos los servicios de un helicóptero, por lo menos para la ida (desde el Cusco hasta al menos la parte sur de la zona de exploración), con el fin de contar con suficiente tiempo, recursos y energía para entonces llevar a cabo la exploración extendida que merece esa zona.
Fue por eso, por no haber conseguido suficientes fondos para alquilar helicóptero y tripulación, que en 1994 y 1995 decidimos explorar otras zonas menos distantes a vuelo de pájaro (aunque se requirió mucha energía y sufrimiento para realizarlas), relacionadas ambas con el “camino de piedra” arriba al oeste y con la leyenda del Paititi: la zona de Callanga (en el 94), y la de su misteriosa cumbre, "Llactapata" (en 1995). Además, nuestro consocio durante los años 90, el Dr. Carlos Neuenschwander, nos pidió en el 94 que investigáramos la selva donde el Río Yungaria desagua en el Callanga (formando el verdadero Río PiñiPiñi), donde él creía haber visto andenes grandes, desde un helicóptero, muchos años antes.
Yuri Leveratto: En 1996 fuiste el primero (sin considerar a los nativos) en llegar a las “pirámides de Pantiacolla” o Paratoari (a donde yo pude viajar en el 2009), y en documentarlas. ¿Qué nos puedes decir sobre esta exploración?
Gregory Deyemenjian: El año 1996 fue otro año sin helicóptero, y de ahí que pensáramos: "¿cuál otro sitio merece una exploración científica y una documentación minuciosa que podamos llevar a cabo, un sitio relacionado de alguna manera con "Paititi" y que hasta ahora sea muy poco conocido?" Y me di cuenta de que ese lugar debía ser las “Pirámides de Pantiacolla” o de Paratoari.
Se trataba de un viaje no muy largo, de más bien poca duración, aunque muy lleno de sufrimientos e incomodidades, puesto que implicaba recorrer a pie muchos ríos, corrientes y pantanos, con mucho lodo, en selva más baja, y dentro de un zona de un calor intensamente sofocante día y noche, con muchos más insectos molestos de los que habíamos encontrado en años anteriores en la selva alta.
Además, dentro de la zona de las “Pirámides” había una capa de vegetación tan espesa y difícil de penetrar, que al principio estábamos allí, encima de unas de esas formaciones, aún sin habernos enterado de dónde estábamos, preguntándonos en voz alta: "¡¿dónde estarán esas pirámides?!”.
Pasamos sólo unos días en esa área porque a nosotros, desde cerca, nos parecía obvio que sí, que las formaciones eran maravillosas, pero que se trataban de maravillas de la naturaleza, no de los seres humanos.
Yuri Leveratto: En 1999 volviste al “camino de piedra”, esta vez con un helicóptero. En esta expedición, tu grupo llegó a las cabeceras del Río Timpia. ¿Puedes describirnos el difícil descenso por el estrecho valle de este río?
Gregory Deyermenjian: Ese año llegamos a la Meseta de Pantiacolla en helicóptero, gracias a los recursos provistos por el cineasta alemán Heinz von Matthey. Arribamos a una zona de puna rota con varios barrancos. Después de unos días durante los cuales exploramos esa zona alta, al suroeste de donde habíamos llegado a pie en 1993, Paulino Mamani, su hermano menor Ignacio y yo nos despedimos de nuestros compañeros, quienes partieron en helicóptero hacia el Cusco, y empezamos nuestra caminata al noroeste, en dirección de las cabeceras del Río Timpia.
Esa misma tarde llegamos al mismo muro de contención que habíamos encontrado en 1993 Paulino, Germán Condori y yo. Desde ese punto empezamos un precipitado descenso para salir de las alturas; en unos pocos segundos bajamos desde la zona alta, metiéndonos en el bosque de nubes de las cabeceras más altas del río Timpia.
Así empezó un viaje en el cual estábamos metidos en la “cárcel” del estrecho valle. Comenzamos siguiendo todavía el camino incaico que recorre el lado izquierdo del valle, pero poco tiempo después nos dimos cuenta de que el transcurrir de los últimos 500 años había hecho el paso por el sendero casi imposible, a causa de la acumulación, durante siglos, de piedras, huecos y troncos de árboles caídos a causa de un sinnúmero de temblores de tierra, tormentas y lluvias. Bajamos al río pequeño, abajo, y empezamos a saltar de piedra en piedra para descender por el río, pues, aunque era una manera muy difícil de viajar, era increíblemente menos difícil que la de tratar de transitar directamente el camino en la ladera de arriba.
Esas cabeceras más altas del Río Timpia empezaron a expandirse poco a poco, en su descenso sin fin, en medio del angosto valle y con laderas a cada lado muy inclinadas, y todo cubierto con una capa de la vegetación del bosque de nubes. Todos los días los pasamos en sombra, sin ver al sol. Repetidas veces tuvimos que subir la ladera para evitar los pongos, malos pasos en las paredes del valle, compuestos por hojas de piedra que bajan directamente al agua para bloquear el paso por el río y hacer desaparecer totalmente una de sus orillas. En esos momentos continuamos con mucho esfuerzo y, a veces, necesitábamos usar soga para pasar por el bosque de nubes hasta un poco más río abajo donde pudiéramos bajar nuevamente al río, al otro lado del pongo. Esa parte del viaje, subiendo y bajando ese lado precipitoso del valle encima del río, fue la parte más peligrosa a causa de las piedras que nuestro pasaje por allí hacían caer cerca de nosotros.
Otras veces subimos a la ladera para asegurarnos de que el camino de piedra todavía continuara, recorriendo con nosotros el mismo valle. De vez en cuando encontrábamos otros muros de contención.
Todo, en este ambiente del angosto valle dentro de bosques de nubes, fue siempre oscuro, húmedo y frío; no helado, como en las alturas, sino suficientemente frío para un estado constante de incomodidad y, nuestro alcance fue, a causa de la topografía, tan lento (comparado con nuestra velocidad normal, que es relativamente rápida), que nos dimos cuenta después de casi una semana de que, según nuestro mapa y los puntos adquiridos por GPS, para bajar desde esa zona de bosque de nubes hasta un área más baja, donde proseguía el camino, podríamos demorar semanas y semanas, si no meses. Nos dimos cuenta de que tendríamos que regresar. Antes de iniciar nuestro retorno, subimos para localizar algunas pampitas, pequeñas áreas planas, donde se pudiera aterrizar con un helicóptero en el futuro.
La subida también estuvo llena de escaladas y bajadas con soga, para pasar por esos pongos, pero, después de sólo dos días de una caminata diaria bien larga, salimos del bosque de nubes y alcanzamos las alturas, las llanuras de arriba.
Yuri Leveratto: En este mismo viaje descubriste el lago de Angel, situado en una zona sumamente fría y alta. ¿Puedes describirnos las evidencias arqueológicas halladas durante este viaje? Además, me describiste un monolito triangular encontrado en una cueva cercana al lago Ángel. ¿Puedes decir algo más al respecto? ¿Crees que fue tallado por humanos?
Gregory Deyermenjian: Después de haber subido al valle de las cabeceras más altas del Río Timpía, y de haber caminado al sur, Paulino, Ignacio Mamani y yo nos encontramos por casualidad, allí en las altas llanuras, con un grupo de vaqueros que había subido desde el valle del Río Yavero, muy abajo al sur, para cuidar y darle ronda a sus ganados, que viven en las alturas. Inmediatamente, Paulino empezó a trabajar con ellos, recogiendo su ganado y otras tareas, que son algunas de sus muchas especialidades, y pasamos ese día y la noche con ellos, en su campamento, comiendo abundante carne de res.
Paulino les había dado tan buena impresión que uno de ellos quiso contarle algo: le refirió que al noroeste se encontraba un lago encantado, con forma de número 8, con varios restos antiguos al lado, el cual fue custodiado por la Pachamama, pues quien se empezara a acercar al lago se enfrentaría a lluvias, granizo, viento, nieve y tormentas; en suma, a todas las dificultades climatológicas, con el fin de impedir su llegada.
Esto nos recordó lo que el Machiguenga "Ángel" nos había relatado, unos años antes, sobre la migración de él y de sus paisanos Machiguengas, quienes habían escapado de su estado de casi-esclavitud cerca del Río Yavero, huyendo a la zona de un extraño lago con forma de "8", donde casi murieron de frío y hambre, y donde había restos de piedra. Aunque yo estaba totalmente agotado por el muy arduo viaje que ya habíamos efectuado, supimos que teníamos que hacerlo. Y así, empezamos nuestra marcha al noroeste. Soportamos tormentas de nieve, lluvia y granizo cada tarde, con un frío más intenso cada noche. Pero, por fin, con el mapa de fotos aéreas, el GPS y, sobre todo, los instintos de Paulino, arribamos a un lago exactamente igual al descrito por Ángel.
Pasamos un tiempo acampando cerca al lago. Esa región estaba helada y llena de bichos como pulgas. Todo estaba húmedo, pero valía la pena, y había varias plataformas bajas para la adoración del Sol construidas por quienes vivían allí en épocas antiguas. En una cueva arriba del lago encontramos un monolito de piedra, casi de un color azul, de tamaño triangular. No pude explicarlo y parece extraño, pero ahí estaba.
Parecía que el sendero que nos había conducido a este lago, al cual nombramos "Lago de Ángel", seguiría más al noreste y norte. Tomamos nuestros datos sobre todo, como siempre, y emprendimos nuestro viaje al sur, primero al campamento de esos vaqueros, y luego bajando sin fin con ellos a sus lejanas chacras, en la zona sub-tropical, inmediatamente arriba del Río Yavero, pasando por las ruinas extensivas de "Miraflores", en la zona del Río Chunchosmayo.
En este viaje nos dimos cuenta de la importancia del Lago de Ángel y de toda aquella zona.
Yuri Leveratto: En el 2006 regresaste a la selva baja, pero esta vez al Río Taperachi. Me parece que en esa ocasión se encontraron pocas evidencias arqueológicas, pero, ¿me puedes describir las extremas dificultades de este viaje? Creo recordar que dijiste que el Taperachi es el río más difícil del mundo: ¿es verdad?
Gregory Deyermenjian: Lo que hallamos encima del Río Taperachi fueron los indicios concretos de los intentos de los Incas en establecer su agricultura en esa zona sub-tropical. Nos acercamos a la región alta por las selvas al este del Rio Urubamba, al sur del Río Yoyato. De esa manera, sabíamos que las primeras ruinas que encontraríamos serían las más lejanas al oeste de las alturas de la zona del Último Punto (donde llegamos en 2004), y Lago de Ángel. Vimos paredes, edificios muy rústicos y andenes de las selvas al lado sur del Río Taperachi.
Ese Taperachi, siendo un afluente del Río Ticumpinea, y con sus cabeceras más altas cayendo desde la zona inmediatamente al oeste del Último Punto, es un río cien por ciento lleno de correntadas: no hay ni un metro de aguas tranquilas. Tuvimos que caminar por las riberas, que eran estrechas y repletas de troncos y piedras resbalosas, y ascendiendo frecuentemente al monte para evitar los numerosos pongos donde las paredes de piedra caen directamente al agua del río. Durante casi todo este recorrido del río fuimos importunados por unas abejas muy agresivas que aparecían cada mañana antes de las seis y que no se retiraban hasta un poco antes de la noche. Aún durante nuestro regreso, después de haber alcanzado el punto más alto entre el Taperachi y el Ticumpinea, tuvimos más problemas que durante cualquier otra expedición a causa de la presencia de víboras, los "marionetos". Además, una noche, nuestra carpa, en medio de un bosque de nubes, casi se incendia con nosotros adentro. Menos mal que, por lo general, nunca tengo un sueño profundo, porque, gracias a eso, me di cuenta de que había algo extraño fuera de la carpa, que resultó ser las llamas del fuego del campamento acercándose a la carpa por sus sogas. Entonces salimos de la carpa corriendo, justo a tiempo, evitando un desastre terrible, aunque Paulino se quemó las manos extinguiendo el fuego.
Cuando por fin alcanzamos la carretera de Quebrada Honda, yo había perdido casi 20 libras de peso, incluso habiendo empezado la expedición estando delgado y aun habiendo tenido, como siempre, buenas comidas abundantes en calorías.
Yuri Leveratto: En la mayoría de tus exploraciones has tenido contactos con los indígenas Matsiguenkas. En general, se sabe que son pacíficos, aunque poco amigables y tímidos. ¿Qué nos puedes decir sobre su estilo de vida?
Gregory Deyermenjian: En mi concepto, basado en mis experiencias, además de mis estudios, los Machiguengas, por lo general, tienen unas características variadas. Algo de su psicología se formó en los años de la "Época del Caucho", el "Rubber Boom", la época de abusos terribles contra todo el pueblo indígena selvático. Aun hoy en día se transmite de generación en generación una desconfianza en la gente del mundo exterior y la necesidad de mantenerse en lugares cada vez más lejanos de la "civilización". De ahí que, aunque los Machis son por lo general pacíficos, desconfíen mucho, y con justa razón, de los extraños, hasta el momento en que los conocen bien. Por eso, cuando viajamos por territorios donde viven grupos nómadas de Machiguenga, lo hacemos siempre con un Machiguenga para mostrar de antemano nuestras buenas intenciones a quienes, por casualidad, encontramos en el camino.
Los Machis se interesan, ante todo, en las cosas útiles para sostenerse en zonas donde la vida es muy difícil y peligrosa. Por ejemplo, en su comida, principalmente su yuca, que constituye el 90% de su dieta, y en sus relaciones amigables y placenteras entre esposos, amigos y parientes. Por esta razón, aunque hay varios rumores y leyendas que afirman que los Machis guardan los secretos del Paititi, en mi opinión, ellos no se interesarían en unas piedras frías que no les son útiles.
Son pacíficos hasta cierto punto y, por eso, especialmente en un ambiente tan aislado, sienten miedo y disgusto especialmente de cualquier persona que es ruidosa, agresiva, violenta; su reacción sería mudarse de casa para evitar problemas o, de una manera u otra, eliminar a tal persona.
A causa de su tan complejo ambiente, especialmente en la selva alta a donde nosotros vamos, han desarrollado una extraña psicología cuando hay una persona en peligro: consideran algo así como que esa persona hubiera causado su propia desgracia y, según ellos, la vida funciona de tal manera que cada quien tiene la responsabilidad de sobrevivir y no puede contar con nadie más para salvarse.
De manera que, aunque he recibido mucha simpatía, amabilidad y favores de parte de los Machiguengas, todo por lo cual estoy muy agradecido, también recuerdo aquella vez cuando casi me estaba ahogando en el Río Palotoa, frente a los Petroglifos de Pusharo, en 1991, y vi cómo el Machi que estaba más cerca, "Alejandro", estaba riéndose desde la orilla, sin intenciones de ayudarme, como si asistiera a una gran comedia.
Pero, en resumen, la parte de las expediciones más rica para mí es siempre el regreso, cuando podemos visitar y pasar tiempo con esa gente, con su delicada dignidad, en sus asentamientos localizados en nuestra ruta.
Yuri Leveratto: Durante los días que hemos pasado en el Cusco, he percibido que la arqueología es muy importante para ti, pero, al mismo tiempo, he tenido la impresión de que la búsqueda del Paititi, contrariamente a algunos “aventureros”, no ha vuelto a significar una obsesión. ¿Qué nos puedes comentar al respecto?
Gregory Deyermenjian: Para mí, la exploración, y específicamente la búsqueda de las respuestas acerca de la existencia, forma y ubicación del "Paititi" en la selva peruana, son de muchísima importancia, pero yo sé que el mundo es grande, que algún día saldremos de este mundo y que, mientras tanto, el tesoro más grande entre cualquiera que se descubra en la selva es el de mi familia: mi esposa, mis hijos, y mis amigos.
Yuri Leveratto: Tengo la intuición de que has logrado obtener una serenidad interior. ¿Tal vez ya encontraste el verdadero Paititi, me refiero a la tranquilidad a la cual todos aspiramos?
Gregory Deyermenjian: La verdad es que mi vida está llena de más dificultades y preocupaciones que nunca, quizás más que de lo que se pueda imaginar. No obstante, gracias a Dios, tengo buena salud y mucha fe, además de la habilidad de poder someterme todavía a condiciones difíciles. Asimismo, sé que todo el mundo tiene sus batallas y desafíos; y tengo la suerte de poder entrar en otro mundo extraordinario, aun si en él abundan otros sufrimientos, el mundo de las expediciones fuera de tierras conocidas que aun hoy se indican como DATOS INSUFICIENTES o UNEXPLORED…
YURI LEVERATTO
Copyright 2010
Esta entrevista se puede reproducir indicando el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com
Fotos: Copyright Gregory Deyermenjian
Si quieres comentar este articulo pulsa aqui |