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Padre Carlo Crespi, el verdadero descubridor del tesoro de la Cueva de los Tayos (+ Video)
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Padre Carlo Crespi, el verdadero descubridor del tesoro de la Cueva de los Tayos (+ Video)

En la región amazónica ecuatoriana llamada Morona Santiago existe una caverna muy profunda, llamada Cueva de los Tayos.
La caverna, que se encuentra a una altura de 800 metros sobre el nivel del mar, se llama Tayos, del nombre de característicos pájaros semiciegos que viven en sus profundidades. Los indígenas Shuar o Jíbaros (que tenían la costumbre de reducir el cráneo de los enemigos muertos en batalla), que viven en las cercanías de la gruta, solían alimentarse de esas aves.
La noticia más antigua de la caverna se remonta a 1860, cuando el general Víctor Proano envió una breve descripción de la gruta al Presidente del Ecuador de entonces, García Moreno.
No obstante, sólo en 1969 un investigador húngaro de nacionalidad argentina, de nombre Juan Moricz, exploró a fondo la caverna, encontrando muchas láminas de oro que contenían incisiones arcaicas parecidas a jeroglíficos, estatuas antiguas de estilo medioriental y otros numerosos objetos de oro, plata y bronze: cetros, yelmos, discos y placas.
El investigador húngaro llevó a cabo también una extraña tentativa de oficializar su descubrimiento, registrando sus hallazgos en la oficina de un notario de Guayaquil, el día 21 de julio de 1969, pero su solicitud fue rechazada.
En 1972, el escritor sueco Erik von Daniken difundió en todo el mundo el hallazgo del investigador húngaro.
Cuando la noticia del extraño descubrimiento de Moricz se divulgó por el planeta, muchos estudiosos y esotéricos decidieron explorar la caverna en expediciones privadas.
Una de las primeras y más arriesgadas expediciones fue la conducida en 1976 por el investigador escocés Stanley Hall, en la cual participó el astronauta estadounidense Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la luna en 1969.
Se narra que el astronauta refirió que los tres días que permaneció en el interior de la gruta fueron incluso más significativos que su legendario viaje a la luna.
En la empresa participó el espeleólogo argentino Julio Goyen Aguado, amigo íntimo de Juan Moricz, de quien había recibido referencias sobre la exacta localización de las placas y láminas de oro talladas.
Parece que Goyen Aguado, bajo indicación de Moricz, quien no participó en la expedición, despistó a Stanley Hall, impidiéndoles a los anglosajones apropiarse de los antiguos hallazgos de oro.
Otras versiones de la historia sugieren, en cambio, que los anglosajones saquearon parte del tesoro, llevándoselo ilegalmente de Ecuador.
Según otros investigadores, quien verdaderamente descubrió los inmensos tesoros arqueológicos de la Cueva de los Tayos no fue el húngaro Moricz, sino más bien el sacerdote salesiano Carlos Crespi (1891-1982), nativo de Milán.
Crespi habría indicado a Moricz cómo entrar en la caverna y cómo encontrar el camino correcto en el laberinto sin fondo que se encuentra en sus profundidades.
Carlos Crespi, quien llegó a la selva amazónica ecuatoriana en el lejano 1927, supo ganarse pronto la confianza de los autóctonos Jíbaro e hizo que le entregaran, en el curso de los decenios, cientos de fabulosos pedazos arqueológicos que se remontan a una época desconocida, muchos de ellos de oro o laminados en oro, por lo general magistralmente tallados con arcaicos jeroglíficos que nadie ha sabido descifrar hasta hoy.
A partir de 1960, Crespi obtuvo del Vaticano la autorización de abrir un museo en la ciudad de Cuenca, donde estaba ubicada su misión salesiana. En 1962 hubo un incendio y parte de los hallazgos se perdieron para siempre.
Crespi estaba convencido de que las láminas y las placas de oro que él encontró y estudió señalaban sin lugar a dudas que el mundo antiguo medioriental anterior al diluvio universal estaba en contacto con las civilizaciones que se habían desarrollado en el Nuevo Mundo a partir de hace sesenta milenios. (mira mi intrevista a la arqueologa Niede Guidon).
Según el Padre Crespi, los arcaicos signos jeroglíficos incisos o grabados quizá con moldes, no eran otra cosa que la lengua madre de la humanidad, idioma que se hablaba antes del diluvio (ver mi artículo sobre el idioma nostrático).
Las conclusiones de Crespi eran extrañamente similares a las de otros investigadores del mismo período, como el esotérico peruano Daniel Ruzo (estudioso de Marcahuasi), el médium estadounidense G. H. Williamson, el arqueólogo italiano Constantino Cattoi o el investigador italo-brasilero Gabriel D’Annunzio Baraldi (quien documentó a fondo la Pedra do Ingá).
A fines de los años 70 del siglo pasado, Gabriel D’Annunzio Baraldi visitó frecuentemente Cuenca, donde conoció tanto a Carlo Crespi como a Juan Moricz.
En aquella ocasión, Carlo Crespi le reveló al italo-brasilero que la Cueva de los Tayos no tenía fondo y que las miles de ramificaciones subterráneas no eran naturales, sino construidas por el hombre en el pasado. Según Crespi, la mayoría de los hallazgos que los indígenas le daban provenían de una gran pirámide subterránea, situada en una localidad secreta. El religioso italiano confesó luego a Baraldi que, por miedo a futuros saqueos, ordenó a los indígenas cubrir totalmente de tierra dicha pirámide, de manera que nadie pudiera encontrarla nunca más.
 

 

 Según Baraldi, los arcaicos jeroglíficos incisos en las láminas de oro de la Cueva de los Tayos recordaban el antiguo alfabeto de los Hititas, que según él habían viajado y colonizado parcialmente a Suramérica dieciocho siglos antes de Cristo. Baraldi notó que en muchas placas y láminas de oro había varios signos recurrentes: el sol, la pirámide, la serpiente, el elefante. Particularmente, Baraldi interpretó la placa donde estaba incisa una pirámide con un sol en su cima como una gigantesca erupción volcánica que ocurrió en épocas remotas.
Cuando Carlo Crespi falleció, en enero de 1980, su fantasmagórica colección de arte antediluviana fue sellada para siempre, y nadie pudo admirarla nunca más. Hay muchos rumores sobre la suerte de los valiosísimos hallazgos recogidos pacientemente durante largos decenios por el religioso milanés.
Hay quienes dicen que simplemente fueron enviados en secreto a Roma y que yacen todavía en algún rincón del Vaticano.
Otras fuentes pretenden probar que el Banco Central del Ecuador compró, el 9 de julio de 1980, por la suma de 10.667.210 $, aproximadamente 5000 piezas arqueológicas de oro y plata. El responsable del museo del Banco Central del Ecuador, Ernesto Dávila Trujillo, desmintió categóricamente que la entidad del Estado haya comprado la colección privada del Padre Crespi.
Prescindiendo de la localización física actual de los hallazgos arqueológicos del Padre Crespi, quedan las fotografías y los numerosos testimonios de muchos estudiosos que prueban su veracidad.
Casi parece que alguien quiso ocultar las fantásticas piezas arqueológicas coleccionadas y estudiadas por el religioso milanés. ¿Por qué?
Con seguridad, la prueba de que pueblos antediluvianos y otros sucesivos al diluvio, pero netamente mediorientales, hayan visitado la cuenca del Río Amazonas en tiempos tan remotos y que hayan dejado una tal cantidad de maravillosos hallazgos es una verdad que podría ser incómoda. Muchos historiadores convencionales han descrito al Padre Crespi como un impostor o simplemente un visionario que mostró como auténticas láminas de oro que eran sencillamente falsificaciones o copias de otras creaciones artísticas mediorientales.
Mi opinión sobre los enormes tesoros de la Cueva de los Tayos es que son auténticos y que provienen del Medio Oriente.
Sin embargo, hay que distinguir entre algunos hallazgos en los que fueron tallados aparentes jeroglíficos y otros que son representaciones de arte sumerio, asirio, egipcio e hitita.
Estoy convencido de que antes del diluvio, los pueblos que vivían en la tierra firme correspondiente a la actual plataforma continental del continente africano (posteriormente sumergida) tenían frecuentes intercambios con los pueblos que, ya desde hacía sesenta milenios antes de Cristo, vivían en el actual Brasil. La Pedra do Ingá, estudiada a fondo por Baraldi y descrita por mí en enero del 2010, testimonia que pueblos antiquísimos describieron un evento para ellos muy importante (¿quizá el diluvio universal?) utilizando un arcaico método de escritura (¿una forma de escritura nostrática?) después de haber llegado al actual Brasil a causa de un acontecimiento fortuito.
Además, es útil recordar también el arcaico alfabeto inciso en la estatuilla (proveniente del interior del Brasil), de basalto negro que le dio el escritor Rider Haggard al explorador Percy Fawcett. Dicho alfabeto es muy similar a los signos incisos en las láminas de oro de la Cueva de los Tayos.
En este sentido se pueden reconocer y describir algunas inscripciones arcaicas de los hallazgos de la Cueva de los Tayos como pertenecientes al idioma nostrático.
En cuanto a los otros hallazgos, de clara procedencia medio-oriental post-diluviana, me parece correcto considerarlos como restos de varias expediciones ocasionales que fueron llevadas a cabo a partir del tercer milenio antes de Cristo por los sumerios y sucesivamente por los egipcios, fenicios y cartagineses.
Estas conclusiones mías no están solamente apoyadas en el hecho de que se hayan encontrado restos de hoja de coca en las momias egipcias, sino sobre todo en los recientes descubrimientos en el altiplano andino, como la Fuente Magna y el monolito de Pokotia.
Queda el misterio de por qué todo aquel inmenso tesoro fue reunido en la Cueva de los Tayos y en los laberintos que se encuentran en sus profundidades.
En mi opinión, es posible que restringidos grupos de antediluvianos, sobrevivientes de la gigantesca catástrofe, una vez que desembarcaron en Suramérica, hayan querido salvar sus preciosísimas reliquias escondiéndolas luego en una gruta que consideraron segura.
En lo que concierne, por otro lado, a los pueblos medio-orientales post-diluvianos, refiriéndome particularmente a los sumerios, egipcios, fenicios y cartagineses, es posible que todo grupo viajara con especiales insignias de su estirpe y origen, que en el curso de los años se perdieron en los Andes (como es el caso de la Fuente Magna). A continuación, los antepasados de los indígenas Suhar aglomeraron esas reliquias en la Cueva de los Tayos, considerándolas objetos sagrados que debían ser reunidos obligatoriamente en un lugar considerado mágico por su tradición.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

Se puede reproducir este artículo indicando claramente el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com

Se agradece el investigador Claudio Cacchi para el envio de material fotografico relacionado al argumento.

Para profundizar: El misterio de la biblioteca metalica del Padre Carlo Crespi

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