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Santa María la Antigua del Darién, la primera ciudad fundada por los Europeos en tierra firme americana
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Santa María la Antigua del Darién, la primera ciudad fundada por los Europeos en tierra firme americana

El destino de las ciudades es, a veces, muy curioso. Algunas prosperan, principalmente gracias a su ventajosa ubicación geográfica o porque flujos comerciales las favorecen.
Otras, en cambio, entran en declive y son abandonadas, para caer luego totalmente en el olvido, sin permanecer en lo absoluto en la memoria de las generaciones sucesivas.
Uno de los aventureros españoles más importantes del siglo XVI fue Vasco Núñez de Balboa, quien tuvo el mérito de llegar de primero al Océano Pacífico, demostrando, así, que la tierra firme americana era separada de la asiática. Sin embargo, Balboa fue también el fundador y el alcalde de la primera ciudad construida por los europeos en tierra firme americana: Santa María la Antigua del Darién.
El Darién es una región ístmica entre las actuales repúblicas de Colombia y Panamá. Por un lado, está el Océano Pacífico, mientras que por el otro, está el golfo de Urabá, perteneciente al Mar Caribe, donde desemboca el Río Atrato.
En el litoral oriental del golfo de Urabá, el capitán Alonso de Ojeda construyó, en enero de 1510, un fuerte llamado San Sebastián de Urabá.
La aldea fue prontamente atacada por las poblaciones vecinas porque Ojeda no había sabido, una vez más, llevar adecuadamente las relaciones con los habitantes locales, ya que trataba de apropiarse de las riquezas auríferas y se desinteresaba por completo tanto de los lugares en sí como de sus pobladores.
El inquieto Ojeda, al ver que este pueblo no aportaba ninguna ventaja en especial, decidió regresar a Santo Domingo. Le confió el mando durante cincuenta días a un tal Francisco Pizarro, un valiente soldado que ignoraba en aquellos años el futuro al que estaba destinado.
Entretanto, Vasco Núñez de Balboa, después de haber explorado, en 1500, la actual costa caribeña colombiana, había pasado algunos años en Santo Domingo y se había endeudado.
Con el fin de huir de sus acreedores, se embarcó clandestinamente en un barco que, dirigido por Martín Fernández de Enciso, salía de Santo Domingo para prestar auxilio al pueblo de San Sebastián de Urabá.
Se escondió en un barril con su perro Leoncico. Cuando Fernández de Enciso lo halló, quiso lanzarlo al mar, pero, percatándose de su experiencia como marinero y piloto, consideró más inteligente conservarlo con vida. Cuando la expedición llegó a San Sebastián de Urabá, Francisco Pizarro, encargado del puesto militar, se alistaba para partir, pues ya habían trascurrido los cincuenta días de presidio que le habían sido impuestos.
Los indígenas atacaban regularmente el pueblo. Entonces se pensó, según propuesta del mismo Balboa, fundarla de nuevo al oeste del golfo de Urabá, en la región denominada Darién, donde la tierra era más fértil y donde se creía que los indígenas eran más mansos, lo cual no resultó ser cierto.
En el Darién había un valeroso cacique llamado Cemaco que estaba al mando de un grupo de quinientos combatientes armados de lanzas y flechas envenenadas. Rápidamente resolvió luchar. Los españoles tenían miedo, dado que los indígenas eran numerosos, e hicieron promesas a la virgen de la Antigua, venerada en Sevilla. Fue una batalla cruenta, y los enfrentamientos fueron violentísimos.
Los españoles resultaron victoriosos, aunque sufrieron ciento cincuenta y siete bajas durante las batallas. Los indígenas fueron diezmados, pues más de cuatrocientos perdieron la vida. No obstante, el cacique Cemaco logró escapar y se retiró al interior.
Posteriormente, los españoles saquearon las aldeas vecinas y mataron otros nativos, dejando con vida sólo a mujeres y niños; el botín era considerable, consistía sobre todo en objetos de oro y piedras preciosas. Entonces Vasco Núñez de Balboa, cumpliendo con su promesa a la virgen, fundó en agradecimiento la aldea de Santa María la Antigua del Darién.
El primer alcalde fue Fernández de Enciso, pero su gobierno duró muy poco, ya que los colonos lo veían como un avaro déspota que quería quedarse con las magníficas ganancias que dejaba el intercambio de cachivaches por oro y piedras preciosas con los indígenas.
Vasco Núñez de Balboa se aprovechó de la situación de descontento de los colonos y, aliándose con ellos, derrocó a Enciso y logró ser elegido alcalde junto con Martín Samudio.
Con el tiempo, gracias a su carisma, obtuvo la admiración de la tropa y fue nombrado alcalde de Santa María.
Durante su gobierno, Balboa estableció relaciones amigables con los indígenas, ganándose su respeto. Incentivó la agricultura, sembrando maíz y mandioca, e inició la ganadería porcina.
Se construyó la iglesia y la ciudad prosperó, alcanzando, entre colonos españoles e indígenas, una población de aproximadamente quinientos habitantes. En 1513, Santa María la Antigua era ya sede episcopal y capital de Castilla de Oro, nombre con el que se denominaba al actual territorio colombiano.
Crecía entonces el carisma de Vasco Núñez de Balboa, y la mayoría de los soldados estaban de su parte.
Para Balboa, la tierra pertenecía a quien la conquistaba arriesgando la propia vida, y luego la ocupaba y la trabajaba. La suya fue una de las más antiguas versiones del principio que 300 años más tarde orientaría a los movimientos revolucionarios americanos contra el poder opresivo del imperio español.
Bastó un sólo golpe para que Balboa asumiera el título de gobernador de Veragua; luego puso en prisión a Nicuesa, echándolo del continente por vía marítima en una barca en pésimas condiciones, junto con diecisiete de sus seguidores. Enciso fue encarcelado, sus bienes fueron confiscados y fue enviado de vuelta a España para ser juzgado por la Corona.
Mientras tanto, Balboa decidió inspeccionar el interior de Veragua avanzando a pie y a caballo. Exploró los ríos, se enfrentó con los nativos y comenzó también él a dejarse poseer por la ambición y el desespero de encontrar la vena aurífera, la gran mina o la fabulosa ciudad de oro sobre la que se fantaseaba. Durante sus expediciones logró apropiarse de mucho oro, casi siempre arrebatándolo por la fuerza a los indígenas, que luego eran masacrados.
En los primeros meses de 1512, Balboa llegó al valle del cacique Careta, el cual no se resistió, sino que, por el contrario, estableció una relación pacífica con los españoles. Su objetivo era conseguir la confianza de Balboa para lograr derrotar al cacique Ponca, su rival.
Las posesiones de Ponca fueron tomadas, con lo que se logró juntar un botín apreciable. Balboa prosiguió hacia un territorio feraz y salvaje, regido por el cacique Comagre, quien también se mostró pacífico, tanto que luego fue bautizado junto a Careta en una ceremonia oficial.
Fue en la tierra de Comagre donde Balboa escuchó hablar por primera vez de la existencia de otro mar más allá de las montañas. Se tocó del tema porque el hijo de Comagre, Paquiaco, viendo a los españoles tan ansiosos de encontrar oro, dijo:

Si son tan ansiosos y ávidos de oro que abandonaron su tierra lejana para venir a crear problemas sobre la nuestra, les mostraré una tierra donde podrán encontrar todo el oro que quieran. Es Birú, una tierra donde hay más oro que tierra.

Balboa tomó en consideración la noticia que le dio Paquiaco, y en 1513 decidió regresar a Santa María la Antigua para organizar el viaje. Necesitaba más hombres y medios suficientes para poner en marcha una empresa así de importante. En su mente no abrigaba tan sólo la idea del descubrimiento del nuevo mar, la mítica travesía hacia las Indias que lo haría famoso en España, sino que también pensaba en Birú, aquella ciudad fabulosa e inaccesible donde descubriría la legendaria urbe de oro.
La expedición partió el 1 de septiembre de 1513. Había 190 españoles, unos quince indígenas y también quince perros adiestrados para el ataque. Navegando en un pequeño velero, llegaron a las tierras del cacique Careta y de ahí, con miles de indígenas, se dirigieron a los territorios del jefe Ponca, quien se había preparado para atacar de nuevo. Balboa decidió responderle con la fuerza, y el cacique fue vencido y sometido. Muchos de sus hombres se aliaron con los españoles y se unieron a la expedición.
Emprendieron de nuevo el camino y continuaron avanzando por la selva.
El 24 de septiembre de 1513, llegaron a las tierras del cacique Torecha, donde se dio otra feroz batalla y el mismo Balboa se lanzó a pelear.
El cacique fue derrotado, pero los españoles sufrieron a su vez grandes pérdidas, de manera tal que muchos de ellos decidieron regresar a Santa María.
Los pocos que siguieron a Vasco Núñez de Balboa caminaron durante todo el 25 de septiembre de 1513 por la cordillera del Río Chucunaque, guiados por un indígena, hasta llegar finalmente a la cima de la cordillera, desde donde se veía, a lo lejos, el nuevo mar.
El capellán de la expedición, Andrés de Vera, entonó el Te Deum Laudamus. Pasado el momento épico del descubrimiento, los exploradores prosiguieron hacia el mar, al cual arribaron después de tres días de camino. Balboa se sumergió en aquellas aguas desconocidas, luego levantó las manos; en una tenía una espada, en la otra el escudo de la virgen.
Tomó posesión del nuevo mar en nombre de los soberanos de Castilla, ante la presencia de un notario del rey; lo bautizó Mar del Sur. Siete años más tarde, Fernando de Magallanes lo llamó Océano Pacífico.
En los meses siguientes, continuó recorriendo territorios vecinos porque tenía presente lo que le había dicho Paquiaco sobre el oro de una tierra llamada Birú, situada justamente en el Mar del Sur. No conocía las distancias y pensaba que se trataba de una tierra cercana. Saqueó sin escrúpulos Coquera (en la actual costa pacífica panameña), recolectando un magnífico botín de oro y perlas.
Luego, siguió navegando en piragua hasta unas islas vecinas dominadas por el poderoso cacique Terarequi. No se enfrentó con este cacique porque había adquirido ya experiencia en cómo tratar a los indígenas del lugar, ganándose su confianza; regresó al continente cargado de perlas y piedras preciosas. El archipiélago fue llamado “de las perlas”, nombre que aún conserva.
En noviembre de 1513, Balboa resolvió volver a Santa María la Antigua, pero recorriendo una ruta diferente. Atravesó los territorios de Teoca, Bononaima y Chiorizo. Durante el viaje de regreso, hubo nuevos enfrentamientos con los indígenas, saqueo de oro y riquezas, pero Balboa trató de castigar el comportamiento violento de sus huestes, a pesar de la obvia desilusión de no haber hallado a Birú. Llegaron a Santa María la Antigua en enero de 1514.
Le ordenó a Pedro de Arbolancha navegar a España para comunicar la noticia del nuevo mar, y envió al rey la quinta parte del botín, tal como lo establecían las leyes del imperio.
Mientras tanto, los reyes habían nombrado a Pedro Arias de Ávila nuevo gobernador de Veragua y Castilla de Oro, que correspondía a la costa al norte de Veragua, el actual territorio de Costa Rica y Honduras.
Cuando Arbolancha llegó a España, la noticia del descubrimiento del nuevo mar suscitó gran impacto. El nuevo gobernador, conocido mejor como Pedrarias Dávila, partió con la flota más grande que jamás se organizó para América, compuesta por diecisiete naves y mil quinientos hombres.
En esta expedición participaron también Fernando de Enciso, quien guardaba venganza contra Balboa; varios capitanes e hijos de hidalgos españoles, entre los cuales Hernando de Soto; religiosos y varias mujeres, entre ellas Isabel de Bobadilla, esposa de Pedrarias.
Había, además, muchos soldados que habían tomado parte de la guerra en Italia, pero varios murieron a su llegada a Santa María del Darién, a causa de la malaria o debido a infecciones intestinales.
A la llegada de la nueva expedición, Balboa recibió con respeto al nuevo gobernador y se sometió a su autoridad. Comprendió que no podía enfrentarse a Pedrarias, y tenía el presentimiento de que Fernández de Enciso tramaba algo contra él. Se convenció entonces de que lo mejor era partir de nuevo y continuar la búsqueda del reino perdido de Birú.
Se fue con un pequeño grupo de hombres hacia el interior, por el río Atrato hacia arriba, pero fue atacado por huestes de indígenas belicosos, que lo obligaron a refugiarse en Santa María.
De pronto, pareció que la fortuna le sonreía de nuevo, ya que los reyes de España le reconocieron el título de adelantado del Mar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba. A Pedrarias le asignaron la costa del Mar Caribe, mientras que a Balboa la costa del Mar del Sur. Con el objetivo de ganarse un aliado, Pedrarias le ofreció a Balboa como esposa a su hija María de Peñalosa, a quien mandó llamar de España para contraer matrimonio.
Después del matrimonio, Balboa partió hacia el Mar del Sur y, en 1517, en la aldea de Acla, inició la construcción de cuatro carabelas, con la ayuda de indígenas y esclavos africanos. Su intención era navegar hasta Birú, ya que nunca pudo olvidar ni las palabras ni la expresión de Paquiaco.
Poco después de su partida, recibió una amistosa carta de Pedrarias en la que le pedía regresar a Acla para discutir algunas cosas importantes. El carácter serio y tranquilo de la carta lo engañó, y decidió regresar. En el camino de vuelta fue hecho prisionero por algunos hombres al mando de Francisco Pizarro, los cuales, por orden del gobernador, lo acusaron de traición al proponerse crear un gobierno propio en las costas del Mar del Sur.
La sentencia, emitida por el gobernador con el aval de Espinoza, alcalde de Acla, que debía ejecutarse inmediatamente, era la pena de muerte por decapitación.
Durante este período, la situación en Santa María la Antigua había empeorado rápidamente. Los europeos eran muy numerosos y los cultivos de maíz y mandioca no bastaban para alimentar a todos los colonos.
Además de eso, las relaciones con los indígenas habían vuelto a agrietarse. Pedrarias Dávila no logró ganar su confianza y se dieron las primeras escaramuzas por el control de algunas tierras. Tan sólo unos pocos meses después, la condición general de los colonos estaba dañándose peligrosamente: muchos de ellos pasaban hambre y otros se enfermaban de malaria y enfermedades intestinales.
Con el beneplácito de Pedrarias Dávila y del obispo Juan de Quevedo, se empezó a cazar a los indígenas, los cuales fueron esclavizados y obligados a trabajar arduamente en los campos.
Este período de declive duró hasta 1519, cuando Pedrarias Dávila se dio cuenta de que sería más provechoso fundar una ciudad en la zona donde el istmo de Panamá era más estrecho. Los rumores sobre un reino riquísimo situado en el Mar del Sur (Birú) le sugirieron la posibilidad de enriquecerse desvergonzadamente, y entonces decidió transferir a muchos colonos y a la mayoría de animales y bienes (carros, armamentos, provisiones) a la nueva ciudad de Panamá, que fue también proclamada nueva capital de Castilla de Oro.
Santa María la Antigua del Darién sobrevivió por otros cuatro años. En aquel tiempo fue nombrado alcalde Gonzalo Fernández de Oviedo, pero los incesantes ataques de los indígenas aterrorizaron a la población, que lentamente se fue convenciendo de mudarse a Panamá.
En 1524, los pocos residentes de Santa María la Antigua decidieron abandonarla del todo y, pocos meses después, fue completamente destruida y quemada por los indígenas. Durante los siglos siguientes, la zona del Darién fue escenario de constantes enfrentamientos entre indígenas Cuna y Emberá, además de ser declarada “zona prohibida” por la Corona española, dado que tropas de piratas holandeses, ingleses y escoceses habían intentado conquistarla repetidas veces.
La selva cubrió por completo el área donde había sido fundada Santa María la Antigua y nadie, durante varios siglos, fue capaz de ubicar sus restos.
Pocos años después de 1950, el antropólogo colombiano Graciliano Arcila Vélez logró identificar las ruinas de la iglesia de Santa María la Antigua.
Este descubrimiento fue confirmado en 1957 durante una expedición financiada por el rey Leopoldo III de Bélgica y dirigida por el arqueólogo colombo-austríaco Gerardo Reichel Dolmatoff.
Los vestigios se encontraban cerca a Tanela, un corregimiento del municipio de Unguía, en el departamento colombiano del Chocó. En los años siguientes hubo ulteriores trabajos de excavación y estudio, llevados a cabo por Paolo Vignolo y Virgilio Becerra, de la Universidad Nacional de Colombia, departamento de Historia y Antropología.
La recuperación total del sitio arqueológico de Santa María la Antigua podría ser un buen incentivo para el turismo en la zona del Darién colombiano, donde se encuentran las bellísimas playas de Capurganá.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

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