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Los orígenes del capitalismo inglés
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Los orígenes del capitalismo inglés

A mediados del siglo XVI, el reino de España se extendía sobre gran parte de las tierras del Nuevo Mundo.
El rey emperador Carlos V era el soberano indiscutible de inmensos territorios, casi completamente desconocidos. Salvo la región que le correspondía a Portugal, que en aquel tiempo se limitaba a la parte de Brasil que se encuentra al este del meridiano de 46 grados, todo Suramérica y, teóricamente, también todo Norteamérica, estaban bajo el dominio de Castilla.
Sin embargo, la economía del reino de España estaba basada en la explotación total de las minas y plantaciones, y no en la producción de bienes y servicios con un mayor valor agregado.
En 1550, cuando se empezó a explotar la gran mina de plata dePotosí, en la actual Bolivia, un enorme flujo de plata fue enviado a España.
Del Nuevo Mundo se importaban otros metales preciosos, como el oro, y los productos de las plantaciones: café, cacao, azúcar, algodón y tabaco.
En aquel período, los ingleses no dominaban aún la economía global, porque sobre todo los portugueses (pocos años después también los holandeses) controlaban las rutas marítimas del hemisferio oriental.
La plata era el principal medio de intercambio del planeta, y asumía un valor distinto según el área del mundo, dependiendo de su escasez.
En América tenía poco valor, ya que había en grandes cantidades; en Europa valía más, mientras que en Oriente alcanzaba niveles máximos, puesto que escaseaba.
Los portugueses, que dominaban las rutas marítimas que conducían a la India y a la actual Indonesia, podían sacar provecho de esta situación, dado que, con relativamente poca cantidad de plata, podían obtener gran abundancia de especias, que revendían luego en Europa, lucrándose considerablemente.
No obstante, el comercio trilateral era lo que producía más: en África, a cambio de armas, bebidas alcohólicas y cachivaches, se obtenía oro y marfil.
Los portugueses intercambiaban oro por plata, con la que adquirían especias en Asia, las cuales a su vez eran revendidas en Europa para comprar alcohol y armas.
A fines del siglo XVI, hubo un cambio económico muy importante en el comercio entre Europa y África, puesto que, al aumentar el precio del oro, los gobernantes africanos se dieron cuenta de que había otro tipo de “mercancía” que podía interesar a los europeos: los seres humanos, para ser vendidos como esclavos.
En efecto, en América los españoles necesitaban mano de obra para las minas, pero, más que nada, para trabajar en los campos.
La mentalidad española de aquella época veía el trabajo como algo degradante y tampoco la transformación de las materias primas en productos terminados (ejemplo: la caña de azúcar en ron) era algo que los conquistadores ibéricos se interesaran en hacer, pues preferían llevar una vida de comodidad y de placeres, limitándose a exportar las materias primas.
Hay que decir que eran los gobernantes africanos, y no los mercaderes europeos de esclavos, quienes efectuaban directamente los saqueos.
Es verdad que el comercio de esclavos inició desde 1501, pero fue a partir del mercader inglés John Hawkins que asumió dimensiones relevantes.
En su primer viaje, en 1555, se dirigió a las costas de la actual Sierra Leona, donde capturó 300 africanos aproximadamente, a los que revendió luego con enorme provecho en Santo Domingo. El inglés sostenía que sacando a los negros de sus tierras los salvaba de los sacrificios paganos y les daba la posibilidad de acogerse a la fe cristiana.
En 1564, este despreciable comercio, patrocinado por la Corona inglesa, creció.
Hawkins alquiló el gran galeón de 700 toneladas llamado Jesus of Lübeck, el cual utilizó con otras tres carabelas en su segundo viaje a África. Esta vez los navíos negreros se atiborraron hasta más no poder de “mercancía humana”.
Las condiciones de los prisioneros durante la larga travesía eran horribles. Muchos de ellos morían antes de llegar a América, mientras que otros se suicidaban.
John Hawkins hizo escala en Borburata, Venezuela, y en Riohacha, en la península de La Guajira, en la actual Colombia, donde vendió su carga humana. Los gobernadores españoles intentaron impedir el tráfico del inglés (ya que querían que fuera gestionado por sus hombres) exigiendo impuestos, pero Hawkins amenazó con quemar los puertos de Suramérica. A continuación viajó a la Florida y regresó a Inglaterra en 1566.
En 1567, Hawkins, en compañía del pirata Drake, organizó el tercer viaje a África. Esta vez, sin embargo, estando en el Mar Caribe y disponiéndose a vender su carga humana, la flota inglesa fue atacada por fuerzas españolas superiores, en la batalla de San Juan de Ulúa (1568).
La trata de negros africanos, que se llevaba a cabo en régimen de piratería, sin acuerdos entre los gobiernos de Inglaterra y de España, fue tolerada por la reina Isabel I, quien necesitaba fondos.
A fines del siglo XVI, los ingleses ya dominaban el comercio trilateral entre Europa, África y América. En África vendían alcohol y armas, y obtenían los esclavos que intercambiaban por café, tabaco, azúcar de caña, algodón y cacao en Suramérica y en México.
Ya a principios del siglo XVII, en Inglaterra, estas materias primas se usaban para producir cigarrillos, ron, ropa, etc. Por consiguiente, los ingleses eran capaces de crear valor agregado y de lucrarse con el comercio, volviendo a invertir el capital inmediatamente para obtener más esclavos y más materias primas.
La mayoría de la plata y del oro de las minas americanas era, en cambio, enviada a España y servía para cubrir los inmensos costos de las guerras sostenidas por sus soberanos (primero Carlos V y luego Felipe II).
Por lo general, eran los banqueros genoveses quienes le anticipaban a la Corona española el oro que necesitaba para el pago de las tropas, a cambio de las garantías que ésta les ofrecía en cargas de plata provenientes del Nuevo Mundo.
En lo que respecta al dominio de los mares, una fecha clave fue 1588, cuando la Armada Invencible española fue derrotada. No obstante, Inglaterra no podía contar todavía con territorios propios para explotar como hacía, sobre todo, España, que se repuso rápidamente de aquella amarga pérdida.
Hubo varios intentos de colonización inglesa en el Nuevo Mundo, pero los resultados no fueron los esperados.
En 1584, el aventurero inglés Walter Raleigh fundó la colonia de Roanoke, en Virginia, pero el asentamiento fue abandonado muy pronto.
También su tentativa de ocupar tierras venezolanas en 1617, cuando sembró el terror saqueando las orillas del Orinoco en busca de El Dorado, terminó en un fracaso total.
Algunos historiadores describen a este controversial personaje como poeta, historiador, inventor y fundador del imperio inglés, mientras que otros lo pintan sólo como un vil asesino y pirata sin escrúpulos.
Entretanto, sin embargo, el poder de los ingleses estaba creciendo a nivel mundial. Si no disponían todavía de un territorio en ultramar, al menos eran cada vez más capaces de gestionar un lucroso tráfico comercial que les permitía acumular inmensas ganancias, las cuales volvían a invertir de inmediato.
En 1600, todavía en el reino de Isabel I, se fundó en Londres la Compañía Británica de las Indias Orientales, entidad privada que tuvo el monopolio del tráfico con el subcontinente indio hasta la fecha de su disolución, en 1858.
Inicialmente, los ingleses fundaron una de sus bases comerciales en las cercanías de Surat en 1608. Luego, se construyó otra fortaleza comercial en Machilipatnam, cerca de Bengala.
Los holandeses y, sobre todo, los portugueses, que dominaban las rutas de Asia suroriental desde hacía un siglo, no vieron con buenos ojos estas bases comerciales de los ingleses, pero la victoria en la batalla naval de Swally (1612) permitió a los británicos imponer su propio dominio en algunos puertos asiáticos, pudiendo contar con el apoyo de los gobernantes locales.
En 1615, el soberano inglés Jacobo I le encargó al compatriota y aventurero Thomas Roe, quien cuatro años antes se había destacado en una misteriosa expedición en el Río Amazonas y había remontado el Río Negro en busca de la legendaria ciudad de oro Manoa, negociar directamente con el emperador Moghul Jahanjir (quien regía gran parte de la India y del actual Pakistán), con el fin de obtener el monopolio del comercio con la India para los decenios futuros.
Thomas Roe regresó a la patria con un contrato particularmente favorable para la Compañía Británica de las Indias Orientales, que le permitía no sólo continuar comerciando en India, sino que además le otorgaba el monopolio del tráfico futuro en los puertos donde se había establecido.
Se crearon ulteriores fábricas para la transformación de varias materias primas: seda, algodón, té, colorante índigo.
Se establecieron bases en Madrás (1639), Bombay (1668) y Calcuta (1690). Ya en 1647, la Compañía podía contar con 23 fortalezas en el subcontinente indio donde trabajaban cientos de personas.
Mientras tanto, durante el siglo XVII, los ingleses habían adquirido finalmente varios territorios en el Nuevo Mundo. Primero se establecieron bases en las islas caribeñas de Santa Lucía (1605), Granada (1609), San Kitts (1624), Barbados (1627) y Nevis (1628). Estas islas eran útiles sobre todo para el cultivo de la caña de azúcar, que servía para producir ron. También Jamaica fue colonizada, en 1655, mientras que las Bermudas lo fueron en 1666.
De 1634 a 1663 hubo varias olas migratorias inglesas a los territorios de la actual costa oriental de los Estados Unidos, muchas de las cuales se dieron a causa de persecuciones religiosas.
Cuando, en 1664, las naves inglesas ocuparon las propiedades holandesas de Nueva Holanda y la ciudad de New Amsterdam (llamada luego New York), las colonias inglesas en Norteamérica se extendían desde Terranova (que pertenece actualmente a Canadá) hasta Georgia, el confín de la Florida, que permanecía siendo formalmente española.
En la segunda mitad del siglo XVII, el imperio inglés era ya una potencia mundial: mientras que en Oriente, China se había cerrado en sí misma y era incapaz de desenvolverse como actor del comercio global, y en Europa y América, España y Portugal demostraban su debilidad económica, tanto porque no eran capaces de crear valor agregado, transformando las materias primas en bienes listos para venderse, como porque no controlaban el comercio ni el tráfico marítimo, Inglaterra dominaba ya los mares del planeta y el comercio con numerosos países (entre los cuales, India), además de poseer varias colonias en el Nuevo Mundo.
Uno de los personajes claves del capitalismo inglés, que dio un ulterior impulso al creciente peso económico mundial del imperio británico fue el comerciante William Paterson (1658-1719). Muy joven había viajado al Nuevo Mundo y se había dado cuenta de que el istmo de Panamá era importantísimo para el tráfico marítimo mundial. Fue el primero en concebir la realización de un canal, 210 años antes de su construcción. Particularmente, estaba interesado en la zona del Darién (perteneciente hoy a Colombia), y tuvo la idea de construir un canal en la región del Río Atrato. Era un visionario, precursor de una grandiosa obra, que fue llevada a cabo sólo dos siglos después, más al norte, en el istmo de Panamá.
Cuando regresó a Inglaterra, intentó persuadir al rey Jacobo II de emprender la conquista del Darién, pero su propuesta fue rechazada. No obstante, ya era un hombre riquísimo, que había construido su fortuna estableciendo un lucroso comercio entre las islas caribeñas y la madre patria.
En 1694, Patterson fundó el Banco de Inglaterra, institución que tuvo una esencial importancia en la expansión y en la consolidación global del poder económico inglés.
Patterson puso como garantía para su banco un total de 750.000 libras esterlinas en oro, y, al mismo tiempo, obtuvo del soberano la autorización para poder estampar papel moneda por un valor correspondiente. Prácticamente, Patterson dobló de un solo golpe el capital del nuevo banco y emitió un préstamo al Estado por un valor total de 1,2 millones de libras esterlinas.
El Banco de Inglaterra, que recibía un interés del ocho por ciento del Estado, prestaba también dinero a particulares, convirtiéndose, de esta manera, en el primer banco privado “estatal” del mundo, cuyo papel moneda estaba garantizado por el Estado.
En los años siguientes, además de patrocinar la fundación del Banco de Escocia, Patterson logró convencer al gobierno escocés de emprender una expedición para conquistar el Darién.
La empresa falló trágicamente, ya que, además de no poder llevar a cabo su sueño de conectar los dos océanos, perdió a su mujer y a su hijo a causa de una enfermedad tropical.
Es curioso notar que el hombre que erigió la institución más poderosa del imperio, que aún existe después de 316 años, fracasó en una empresa sin posibilidad de éxito en las costas tropicales colombianas.
A principios del siglo XVIII, el capitalismo inglés se había globalizado.
Con la creación del Banco de Inglaterra, institución privada con autorización del soberano tanto para acuñar moneda en cantidades superiores a las reservas áureas atesoradas, como para prestarla a particulares y a Estados extranjeros, puso en marcha un mecanismo que consolidó ulteriormente el dominio de Inglaterra en el planeta.
Los dueños del Banco de Inglaterra, además de influenciar los acontecimientos políticos, militares y comerciales de los siglos sucesivos, fueron capaces de estimular el desarrollo de unas naciones más que de otras, incentivando su expansión económica con préstamos específicos, volviéndolas, de esta manera, débiles y dependientes.
Fue un cambio crucial: la soberanía de la moneda había pasado del Estado a los particulares, que de entonces en adelante tenían el poder no sólo de emitir papel moneda, sino también de prestarlo a los diferentes sujetos económicos.
En los siglos siguientes, el capitalismo inglés adquirió cada vez más importancia, y también los territorios del imperio crecieron en desmesura.
En 1920, 226 años después de la fundación del Banco de Inglaterra, el imperio se extendía sobre unos 36 millones de kilómetros cuadrados donde vivían aproximadamente 500 millones de personas, más de un cuarto de la población mundial de ese entonces.
Fue el más grande imperio de todos los tiempos: el mongol de Gengis Kan no alcanzaba los 35 millones de kilómetros cuadrados y su economía no era comparable ni siquiera lejanamente con la inglesa.
En la actualidad, si bien Gran Bretaña conserva todavía muchas propiedades en ultramar, su poder ya no se basa en la extensión territorial, sino en la fuerza financiera. En efecto, el Banco de Inglaterra es todavía el encargado de acuñar la libra esterlina y, extrañamente, obtiene también un porcentaje de ganancia en la emisión del euro, que el Reino Unido no ha adoptado.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

Este articulo se puede reproducir indicando el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com 

Fotos:
Principal: Tabula Geodorica Itinerum a varijs in Cataium, Kircher, 1667
Foto n1: William Patterson
Foto n2: Novi Belgi, Seuter, 1735
Foto n3: Tierra Nueva di Ruscelli, 1561
Foto n4: Anglia regnum, 1680 

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