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Nómadas de la estepa
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Nómadas de la estepa

A finales de octubre del 2002 estaba en Pekín, y buscaba la forma de obtener la visa de Rusia, la cual me permitiría atravesar Siberia con el famoso tren. Sin embargo, después de haber obtenido fácilmente la visa de Mongolia, recibí un tajante rechazo de parte de la embajada rusa de Pekín. ¿Motivo? No hubo motivo alguno, ni explicaciones, simplemente un rotundo no.
Y ahora, ¿qué hacer? ¿El sueño de la transiberiana, la ferrovía más larga del mundo, se desvanecería así? ¿Tendría que regresar a Europa en avión? No, después de varios meses de “nomadismo” a través de Indonesia, Indochina y China, el tan suspirado viaje, no podía terminar así, en avión.
Y entonces me decidí, continuaría por Mongolia, por la mítica Ulán Bator y allí después buscaría la manera de obtener la visa rusa.
Y así lo hice: a la mañana siguiente fui a la estación de Pekín hacia las 5.30 y me “metí” en un compartimiento atiborrado de mongoles que regresaban a su tierra.
El viaje duró veinticuatro horas, pero ya por la tarde el largo convoy del “transmongolica” abandonó el territorio chino para entrar en Mongolia. El árido desierto de Gobi nos envolvió en todo su frío.
Al día siguiente, por la mañana, llegamos a Ulán Bator, una ciudad muy particular, sobretodo porque en su periferia, pero también en algunas zonas centrales, hay varios campamentos de “ger”, que es la típica tienda circular en donde viven los mongoles, llamada “yurta” en ruso, y además, por la arquitectura de estilo soviético de algunos edificios, por ejemplo, del Parlamento.
En la ciudad se ven muchos mongoles vestidos con su tradicional hábito de lana, llamado “del”, que tiene en cuenta tanto al frío intenso como al viento.
La temperatura era extraordinariamente baja: ¡veinte grados bajo cero!
Me hospedé en un pequeño hotel, el “Sansar”, en donde una jovencita mongola me recibió con té caliente.
En Mongolia se utilizan los cubiertos para comer, y no los palillos como en China, y también la comida hace recordar más el este de Europa que China. Por ejemplo, se come un buenísimo gulash.
A la mañana siguiente, a una buena hora, me presenté en la embajada rusa, pero también aquí me dijeron que la visa rusa tendría que volverla a pedir directamente desde mi país, y que no sería posible entrar en Siberia.
Justamente afuera de la embajada, sin embargo, me encontré a una mujer muy ocupada y llena de documentos, a quien pregunté si era así de difícil entrar en Rusia como turista. Ella me dijo que no era tan difícil, y que ella podría presentar los documentos para mí.
Y así me fié de aquella señora, quien en realidad se ocupaba de despachar los asuntos de la embajada. Me dijo, sin embargo, que para obtener la visa debería esperar ocho días.
Y así tranquilicé mi corazón, y decidí hacer una pequeña gira por Mongolia rural, fuera de la ciudad.
Me inscribí a una agencia que, con una Land Rover, me acompañó a unos cien kilómetros de Ulán Bator, en el hermoso centro de la tundra mongola, en una aldea de “nómadas de la estepa.”
La camioneta avanzaba segura en la nieve, cosa para mí del todo insólita.
El plan era el siguiente: tendría que dormir en la “yurta” con ellos, y los dos días sucesivos los pasaría montando en caballo por la nieve, para luego regresar a Ulán Bator después de cuatro días.
Había un pequeño problema: la familia que me hospedaría no modulaba ni siquiera una palabra en inglés, y como yo no conocía tampoco ni una palabra en mongol, sino que sólo decía alguna frase en chino, no había otro modo para comunicarnos sino era solamente con los viejos y lindos “gestos.”
Y así fue: por cuatro días gesticulé a más no poder, un poco como hacía en China, pero con el agravante de que estaba en el hermoso centro de la estepa a veinte o veinticinco grados bajo cero.
Entre yo y la “familia”, sin embargo, se estableció una buena relación, también porque había traído conmigo un óptimo vino “Chianti”, comprado en Ulán Bator, gracias a la globalización.
La familia de mongoles estaba conformada por la madre, un hijo de unos veinte años, al que apodé “mi jinete”, porque me llevaba en caballo con él, y el niño pequeño. La economía de ellos estaba basada en la ganadería, y es por esta razón que los mongoles se mudan en la estepa estacionalmente, en búsqueda de nuevos pastos.
Dentro de la yurta no hay nevera, puesto que el refrigerador natural no es otra cosa que una casa de madera situada afuera, en donde se mantiene la carne, ¡a temperatura ambiente!
Por otro lado, noté con estupor que no faltaba la televisión, un viejo aparato de estilo de los años setentas, mantenido junto con rollos de adhesivo y alimentado por un generador diesel que estaba situado afuera de la yurta, muy lejos.
En el centro de la yurta había una gran estufa de leña que servía para calentar y cocinar.
La primera noche la pasamos así, comiendo una carne buenísima a las brasas y viendo televisión, increíblemente un programa ruso estaba transmitiendo una película con “Fantozzi”!
En ruso, naturalmente.
Al día siguiente hubo una cabalgata en la nieve.
Primero que todo, se llevó a cabo la operación “vestimenta”. La señora consideró que mi chaqueta de piel, aunque era pesada, no era apropiada para afrontar veinte grados bajo cero en caballo y así, me propuso “meterme dentro de un gabán”, me dio entonces una enorme capa, que casi parecía un colchón mongol, con el que me abrigué para obtener mejor protección al viento. Luego, además de gorrito de lana y guantes, me dieron botas de pelo de yak, pesadísimas, tanto, que me parecía tener pelotas de plomo en los pies.
Entonces me “izaron” en el caballo, y junto con “mi jinete”, empezamos a cabalgar al paso hacia una localidad imprecisa, en el hermoso centro de la estepa nevada.
El cielo estaba terso y un sol pálido y débil resplandecía abajo en el horizonte.
Cabalgamos por unas dos horas, a menudo al paso pero otras veces al trote, y entonces llegamos a una aldea de otros nómadas.
Justo cuando llegamos, los hombres de la aldea estaban ocupados en descuerar una vaca, preparándose para el duro invierno que estaba por llegar.
Me hicieron entrar en una yurta, en donde algunas mujeres me ofrecieron arroz caliente y leche.
Fue una experiencia impactante, me parecía vivir en una escena del Medioevo.
Una vez recuperado del frío intenso, me puse el “gabán”, y me monté nuevamente en el caballo, para regresar a nuestra yurta.
El recorrido de regreso fue más variado, porque cabalgamos en una zona más difícil, a través de rocas y bosques completamente cubiertos de nieve.
Llegamos a nuestra yurta cuando ya se hacía de noche, justo a tiempo para un caldo estofado de carne, condimentado con una que otra verdura que venía quién sabe de dónde.
Al día siguiente hubo otra cabalgata y también una caminada en la estepa.
Entonces, al cuarto día, hacia las once de la mañana, fue a recogerme la Land Rover de la agencia de Ulán Bator.
Me despedí de la familia nómada y, después de una foto de recuerdo, dejé la estepa para regresar a la “civilización.”
Una vez que llegué a Ulán Bator regresé al hotel “Sansar.”
Los días sucesivos los pasé en la ciudad, visitando el principal templo budista de la capital y el museo nacional.
Entonces, una vez obtenida la visa rusa, compré el tiquete para la “transiberiana” y algunos bonos de hoteles situados en Rusia. El período en Mongolia llegaba a su fin y ahora tenía finalmente que afrontar un nuevo, larguísimo viaje: la transiberiana.

YURI LEVERATTO
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